martes 24 de noviembre de 2009

La lección del maestro


Siempre que me asomo a las novelas cortas o relatos largos de Henry James (últimamente: Los papeles de Aspern, y la antología de Valdemar El altar de los muertos y otros relatos, que incluye además del homónimo “La edad madura” o “La próxima vez”) me admira la genial capacidad del maestro para la articulación del tiempo y el tempo narrativo.

Es el suyo –vamos a improvisar un poco- un arte que, en ocasiones, me parece olvidado: el arte de conseguir que, de las prosaicas páginas impresas de un libro, emerja –como un delicado aroma o un secreto perfume- la dulzona sensación del irreparabile transcurso del tiempo, una fuerza tan delicada como irrefrenable en cuyo flujo, en cuyo remolino, quedan atrapados los personajes y, por feliz extensión, el lector. Contra lo que pudiera parecer, James describe poco: quiero decir que no abundan en él detallados recuentos de apariencias físicas, ambientes sociales, figuras o escenarios. James es un narrador del XIX, pero no es un narrador decimonónico. Lo suyo es, en todo caso, la descripción de los estados de ánimo, las sutilezas del trato social, las circunvoluciones de los afectos. Y, sobre todo, la descripción de los procesos temporales en que tienen lugar esos ciclos emocionales. Su devenir o duración, diríamos mejor, y sus mutaciones a lo largo de amplios paisajes cronológicos.

En este sentido, es sintomático su magistral uso de la escena, en sentido genettiano-narratológico: la deceleración del ritmo en un diálogo o un encontronazo visual jamás es anecdótica, o meramente ilustrativa: sirve, en cambio, de nudo o más bien de embudo que absorbe un ciclo previo y sienta las bases del tramo siguiente. Y en ese baile armónico de segmentos y tempos el relato se mece, de principio a fin, suavemente atosigado por la pasión –la pulsión- de contar, de contar en un sentido clásico -casi tradicional, por mucho arrobo sintáctico que haya de por medio- lo que debe ser contado antes de que el fin, siempre amenazante en la distancia corta de la nouvelle, acalle esa voz.

Decía antes que es el suyo, quizá, un arte olvidado. En cierta medida el relato moderno –entendámonos: lo que desde hace un siglo nos empeñamos en llamar moderno- surge de dos intervenciones complementarias sobre el tempo y el tiempo: la hipertrofia de la escena y la negación de la unidireccionalidad. Por un lado, la consideración del momento no como un engranaje necesariamente al servicio de la trama, sino como un núcleo espacio-temporal autosuficiente que exige o sugiere, al menos, un tratamiento demorado, cuando no obsesivo (hipertrofia en cuya ejecución tiene mucho que decir la progresiva obscenidad del narrrador que ejecuta teatralmente esa demora), y la ruptura de la retórica lineal para dar paso a la simultaneidad, la reiteratividad, la circularidad, el riff, el salto, el hueco, el vacío. Nada que objetar; más bien al contrario: si tuviera que colocarme, no tendría más remedio que pasar, fuera por voluntad o más bien por impericia, a este lado de la dicotomía. Pero eso no impide que, cada vez que lo leo, termine envidiando con nostalgia imposible el arte del maestro, y no caiga en el ensueño de imaginarme capaz de remedarlo. Casi nada...

lunes 23 de noviembre de 2009

Aparte en Naxos





TESEO.- La mujer en la playa y yo de vuelta a la capital... (aparte, divertido). Vaya, que estoy de Rodríguez.

sábado 14 de noviembre de 2009

Aparte bloody aparte





MEDEA (alzando los brazos).- ¡Sangre de mi sangre!

lunes 9 de noviembre de 2009

seis metáforas



Teniendo en cuenta que, de momento, sólo he publicado una novela, que sólo he logrado concluir otras dos, y que, para rematar, unas y otras superan por los pelos la talla mínima que las hace dignas de tal nombre (son todas “cortas”; en extensión, espero, y no en inteligencia); y teniendo en cuenta, además, que he fracasado en otros muchos proyectos de varia envergadura y ambición, lo cierto es que no parezco la persona más apropiada para pontificar sobre el asunto. Y, sin embargo, voy a hacerlo.

Existe un momento mágico, único en el azaroso proceso de escribir una novela. Me refiero a ese momento mágico, único, en que los diversos anzuelos que uno ha ido arrojando un poco al azar sobre las páginas de pronto parecen estremecerse al unísono con la promesa, todavía incierta, del éxito. Cuando, de pronto, todo parece dispuesto a encajar, y se inicia un violento movimiento interno ―una especie de rabioso agujero negro― que todo lo succiona y lo condena a un único fin: la ―digámoslo así― consecución del sentido, ese fantasma esquivo e impreciso que a lo largo de párrafos y párrafos se ha fatigado sin aparentes resultados, y que, de pronto ―es la tercera vez que lo digo: de pronto; es la tercera metáfora que utilizo―, adquiere volumen y perfil, espesor y cuerpo.

A ese milagro mágico, único, he asistido por cuarta vez este fin de semana. Hay un momento fatigoso, inerte, en la escritura de novelas: es cuando se suelen (cuando yo suelo) abandonar. Bastantes páginas más allá del rapto de ilusión que dictó su inicio, pero mucho antes de que su desarrollo haya dado algún fruto digno. Pero, cuando se logra derruir esa frontera invisible y dolorosa, y se pasa al otro lado ―cuarta, quinta metáfora― ya sólo queda armarse de paciencia, en la confianza de que, con un poquito de tesón y otro poquito de artesanía, saldremos con bien del asunto.

En la confianza de que ―sexta― hemos llegado. Vamos.

miércoles 4 de noviembre de 2009

La guerra de los mundos



Bueno, pues ya están aquí, recién llegados por correo mis "ejemplares de autor" de Mundos narrativos. Con portada festiva y primaveral, bien distinta del primer esbozo que me enviaron. Dimensiones considerables, rotundas. Más de trescientas notas al pie. Diez páginas de bibliografía primaria y secundaria. Exhaustivo índice onomástico. Prólogo cum loa y agradecimientos (del año 2006: faltan y sobran). The portrait of the artist as an angry young semiotician. No repetiré crónicas, mofas ni befas. Estoy orgulloso.





martes 3 de noviembre de 2009

Segundo aparte gregoriano





PADRE DE GREGOR, AL FINAL DEL RELATO (jocundo)-. Tariroriro, tariroriro... ya no puede caminar.



lunes 2 de noviembre de 2009

Blanco y negro






El blanco y negro queda muy bien en nuestro salón en penumbra: me refiero a ese momento único, a partir de las seis o seis y pico, cuando al otro lado del ventanal empieza a oscurecer irremediablemente –el maldito cambio horario tiene sus cosas- y sólo el parpadeo tembloroso y mágico del televisor se empeña en darle forma al mundo.

Ayer lo comprobamos otra vez, con La mujer del año (Woman of the year, 1942) de George Stevens, producida por J. L. Mankiewicz y protagonizada por la pareja de la década, Katherine Hepburn y Spencer Tracy. Y, de paso, volvimos a comprobar la tozuda vigencia de esa especie de dilema ético-estético que asoma, con no poca frecuencia, en el cine clásico: o dicho de otro modo, cómo un relato de una rara perfección técnica y narrativa puede actuar al servicio de un postulado moral deleznable.


En una de las secuencias más memorables, Sam (Tracy) acompaña a Tess (Hepburn) a su apartamento de la Quinta Avenida tras haber estado tomándose juntos unas copas. Durante el trayecto en taxi, la complicidad amorosa entre ambos queda perfectamente establecida (ella se recuesta en su regazo y murmulla, como un gato mimoso, mientras él le acaricia el pelo; luego se besan), y más aún cuando el coche se detiene y el taxista, solícito, le pregunta a Tracy “¿Quiere que le espere?”. Ella, tajante, se adelanta: “Dile que no: luego coges otro”.


Así las cosas –más claro el agua-, entran en el apartamento, también en penumbra, y una vez allí, en un cálido y silencioso contraluz, se besan con la laxa quietud de quien sabe de antemano el obvio guión que sus cuerpos están a punto de ejecutar. Pero, en un momento dado, cuando ella se escapa a la cocina con la excusa de traer un vaso de leche fría, él saca fuerzas de flaqueza –ejem- y se larga, dejándola literalmente plantada.

Como explicará a la mañana siguiente, palabra más palabra menos, “no hay ninguna mujer en el mundo a quien me hubiera costado más dejar sola anoche”. La proeza –la escena es de una irresistible, dulzona sensualidad- valdrá entonces para testimoniar cuánto respeta Sam a Tess, y cómo él ansía –leemos entre líneas- no una mera noche de placer, sino una respetable vida de amor: vaya, el matrimonio. El sombrero, olvidado la noche anterior en el apartamento, cobra así cierto valor de símbolo: he aquí un caballero...


Pero al espectador contemporáneo no le queda más remedio, me temo, que deplorar el hecho de que un imperativo moral semejante (muy blanco y negro él, también: o boda o nada) haya venido a provocar tan inmerecido coitus interruptus. Es una profunda injusticia no sólo ética sino estética que una escena así concluya asá y que, para colmo, como espectadores nos veamos forzados por la lógica imperativa del relato a ponernos del lado de Sam. Más aún porque lo anterior no viene a suponer sino el prólogo de la dilatada e incómoda complicidad moral que deberemos acatar de ahí en adelante hasta el cierre de la película, con la divertidísima y crudelísima escena en que Tess, la intelectual y resabiada Tess (“la mujer del año”: marisabidilla o bachillera, se hubiera dicho por estos pagos), es inmolada por todos los electrodomésticos de la cocina ante la irónica mirada de Sam.

Bueno, siempre queda un consuelo: la noche de bodas resultó catastrófica. Merecido se lo tenía…