martes 9 de febrero de 2010

Dos cuentos de informáticos desorientados



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1. El informático nihilista

Se devanó los sesos buscando el modo de arrastrar a la papelera de reciclaje la papelera de reciclaje.


2. El informático narcisista

Configuró el visor de la webcam de su netbook como fondo de escritorio.


viernes 5 de febrero de 2010

Lírica de la alergia


El otro día tuve que hacerme unas pruebas alérgicas tras las cuales, una vez quedó claro que mi organismo manifestaba cierto rechazo –nada grave- a los ácaros y el moho, recibí dos hojitas con instrucciones de “control ambiental” cuya oculta poesía ha vuelto a conmoverme esta mañana, mientras les echaba un segundo vistazo. Millás ha imaginado en ocasiones una narratología del prospecto; sirvan estas líneas como avance de una lírica de la alergia.

Al principio, las instrucciones se mantienen en un aparente tono prosaico al que, no obstante, se le podría sospechar una velada intención simbólica o metafórica (“airear bien la casa”, “ventilar espacios cerrados”, “sacudir mantas y almohadas”: toda una isotopía de la búsqueda, por más que desalentada, de la pureza); a continuación, ambos textos incurren en explícitos imperativos cuya implacable violencia, intensificada por el recurso a la anáfora (“suprimir alfombras y pieles de animales”, “suprimir los edredones de plumas”, “suprimir […] las plantas verdes”: toda una cosmovisión antinaturalista, por cierto), dota al texto de un aire apocalíptico y desgarrado que roza, por momentos, la distopía (“suprimir libros”) y, por otros, la crítica a la cultura posmoderna (“suprimir pósters […] así como juguetes de peluche o lana”; “evitar papeles pintados en las paredes”). Pero lo mejor está por llegar: al término de las instrucciones “anti moho”, el oculto poeta de estos párrafos levanta el vuelo para entonar sendos versículos cuya belleza y levedad evoca, sin duda, las maneras clásicas del haiku:

“Evitar pasear por bosques después de la lluvia”

“No recoger montones de hojas muertas que estén acumuladas desde varios días antes”

Imágenes ambas de la desolación (“bosque tras la lluvia”, “montones de hojas muertas”), el fin de los afanes (“evitar”, “no recoger”) y la futilidad de los destinos humanos (algo en lo que ahondan las marcas temporales connotadas negativamente: “después de”, “desde varios días”), que penetrarán, sin duda, en la memoria del lector menos sensible, y en ella perdurarán con la rotundidad y clarividencia de las mayores y mejores verdades poéticas.

miércoles 3 de febrero de 2010

titulares



Oigo de refilón en el telediario matinal que pronto, a saber por qué conjunción astral de competiciones nacionales y europeas, habrá fútbol... todos los días. Al menos, me consuelo, así tendrán algo objetivo de que hablar en la dichosa sección de deportes (todo un eufemismo: ocupa casi la mitad del programa), cuya articulación narrativa es un ejemplo infame de dilatación y morosidad pseudo-proustiana. La semana pasada, un codazo de un tipo de nombre compuesto y camiseta blanca, así como sus posibles consecuencias penales, ocupó más minutos que el terremoto de Haiti.

Así las cosas, me quedo con Buenafuente y su parodia informativa, "las cosas". El otro día, en los subtítulos, dos perlas: "televisión: Intereconomía se fusiona con Disney Channel". "Política: Zapatero dará su próximo discurso en 3D".

lunes 25 de enero de 2010

marienbad, año 5



Si lo logramos ésta, será la tercera semana seguida que Marienbad ensaya desde que, en agosto, nos viéramos por última vez –musicalmente hablando, al menos- para tocar en la Semana Negra. Bueno, todavía nos falta Joaquín, que sigue por las Américas, pero ya no le queda nada. Cuando vuelva con su guitarra nueva, made in USA, me encontrará también a mí con guitarra nueva y media docena de nuevas canciones para ensayar.

Parece mentira que algo tan frívolo como un instrumento pueda catalizar las ganas, hasta ahora imprecisas y puramente abstractas, de volver a los trastes. Pero así es. Ignoro si existe un fenómeno comparable –esto es, la renovación del ímpetu creativo por mera interposición de un nuevo arsenal técnico- en otros ámbitos: no lo creo, desde luego, en la escritura literaria. Sólo imagino, quizá, la alternativa de volver a escribir en papel y de puño y letra después de un par de lustros haciéndolo a ordenador. Pero ni siquiera: menudo engorro, a estas alturas, ponerse luego a mecanografiar…

Sea como fuere, volveremos a las andadas. Aunque la cosa no dé más que para otro falso LP del falso sello “absurdo afán discos”, y un bolo para amigos en el Savoy. Precisamente este 2010 se cumplen, ya, cinco años de un proyecto que en su día pareció impensable: cantar en cristiano. De hecho, este fin de semana tuve la peregrina idea de conmemorarlo editando en la web un recopilatorio de los muchos descartes que han quedado en el camino: los primeros, titubeantes esbozos, que aún cuelgan de cierto myspace; otras maquetas laboriosamente terminadas, pero luego despreciadas por motivos que he olvidado; y también un buen puñado de canciones sin terminar, en permanente in progress, que remataría pronto y mal para la ocasión. En total, ayer listé una treintena. La cosa tiene hasta posible título (“Interior día”), subtítulo 1 (“descartes 2005-2010”) y subtítulo 2 (“versos desde el velux”). Puro coleccionismo, en el improbable caso de que existiera alguien interesado en semejantes fruslerías, y sobre todo ganas, por mi parte, de limpiar el disco duro y la libreta de letras antes de ponerse manos a la obra con el nuevo material. Aquí donde me ven, siempre he sido un maniático del orden y un fanático del punto y aparte. Yo mismo me he recopilado decenas de veces (hasta el punto de que ya no escribo poemas, sino antologías de viejos poemas) y, por lo visto, sigo sin poder sustraerme a este vicio tontorrón.

Como decíamos ayer, plantear no es sinónimo sino parónimo, por desgracia, de plantar. Veremos, pues, en qué queda. Entretanto, y ya que no son horas de distorsionar, entretengo el insomnio y fumo de más. Hasta mañana.

viernes 22 de enero de 2010

Imaginar



Imaginar (Del lat. imagināri).

1. tr. Representar idealmente algo, inventarlo, crearlo en la imaginación. U. t. c. prnl.

2. tr. Presumir, sospechar. U. t. c. prnl.

3. tr. ant. Adornar con imágenes un sitio.

4. prnl. Creer o figurarse que se es algo.



Ayer, mientras comíamos, oímos en un programa de la tele que alguien decía de otro alguien que había nacido para… (para más infinitivo, como el "Nasío para matar" de El jueves). Más en broma que otra cosa, en parte porque suelo descreer bastante de los argumentos teleológicos y en parte porque ya intuía la respuesta, le reenvié la cosa a R. en forma de pregunta: “y tú –le dje, entre bocado y bocado-, para qué dirías que has nacido?”.

Fui un incauto, lo sé, porque la broma no tardó un minuto –el tiempo de su titubeo inicial y posterior tentativa, acorde, por cierto, con mis sospechas- en volverse contra mí. Y claro, no supe qué decir.

Cuidado: la cosa no pasó de juego, olvidé la majadería de inmediato y no volví a recordarla hasta que, horas después, mientras subía a casa de vuelta del dentista con una muela menos y un sanguinolento boquete en su lugar, la ventanilla del taxi me ofreció la respuesta. Pues comprendí que, si alguna vez tuviera que responder con cierta seriedad a semejante insensatez, no podría elegir en todo el diccionario otro infinitivo que “imaginar”. Porque en ello, en imaginar, he invertido más tiempo, humo y esfuerzos que en ninguna otra cosa; es el arte en que más diestro soy; la ocupación más frecuente de mis paseos, mis viajes en autobús, mis insomnios; el discurso habitual de mis monólogos interiores; la frecuencia que sintoniza hora tras día esta vana conciencia mía.

Vaya, ya lo sé: ser imaginativo, o creativo, tiene buena prensa; pero que no se piense que estoy tirándome el pisto, ni mucho menos. Puestos a ello, tendría bastante que decir en contra del enfermizo arte de la hipótesis, que si bien puede dar para un par de poemas nostálgicos, también explica no pocas hipocondrías galopantes, entre otros males menores.

Y conste otra cosa: he dicho imaginar, pero eso no significa ni implica ejecutar, plasmar, objetivar, alumbrar. Yo he imaginado muchísimas cosas en mi vida: he imaginado cientos de canciones, varios grupos musicales completos, unas cuantas decenas de casas –un deporte contra el insomnio que recomiendo-, otras tantas novelas, estudios académicos, todas las películas que no he visto o los libros que no leeré jamás, miles de conversaciones imposibles, de mundos, en fin, dolorosamente posibles.

A primera vista, un caudaloso –si no desbordado- flujo imaginario podría parecer un bien apreciable; pero la cuenta efectiva de lo que he logrado vivir o hacer es, en comparación, tan exigua, que en realidad no ofrece ningún consuelo. Y, para colmo –quien lo probó lo sabe de sobra-, lo poco que se logra alzar con todo ello nunca alcanza la imponente estatura que se le atribuyó en el momento de su vislumbre. Basta un ejemplo: ayer, aún en el taxi, imaginé esta entrada que hoy escribo; era rotunda, sólida, brillante. Ahora, en cambio…

sábado 16 de enero de 2010

Frase sin réplica


Cuando entramos en su habitación del hospital, nos soltó a bocajarro una frase más propia de un personaje de Lampedusa que de una abuela casi nonagenaria, de escasísimas lecturas e impenetrable vida interior.
-Mi mundo ha terminado ya -dijo.
Y no tuve fuerzas para negárselo.

jueves 14 de enero de 2010

Cuatro párrafos



Datos: ahora que lo pienso, va para un mes que no tecleo un párrafo en este kiosco. Supongo que me tomé las vacaciones navideñas demasiado a pecho... Digo esto para no ahondar en lo que, realmente, temo; a saber: que se hayan agotado definitivamente las reservas de convicción que un día alentaron la perseverancia en este blog, y en otros tantos frentes.

Temores: lo temo, pero es cierto: me he cansado momentáneamente de escribir. Nada preocupante, desde luego. Soy consciente de haber actuado siempre, en ciertos aspectos de mi vida, al dictado de un caprichoso vaivén: si me pusiera pedante lo llamaría ciclos, pero mejor dejarlo en ventoleras. De pronto me apetece quitar todos los papeles de la mesa, dejar a medias lo que esté a medias, sin corregir lo que está sin corregir, guardarlo todo hasta nuevo aviso del ánimo y cambiar de aires. Comprarme una guitarra nueva, por ejemplo (ya lo he hecho). Desempolvar el software de grabación (estoy en ello, si logro zafarme del apestoso Vista). Ponerme a diseñar juegos de mesa (esto es literal y muy divertido -de hacer-: otro día lo cuento). Me pasó hace ya tiempo, y años después, cuando volví a ensuciarme las manos con lo que había abandonado en su momento, me llevé gratas sorpresas, aprendí algunas cosas, disfruté otras que el hastío había sepultado bajo capas de desprecio. Me vino bien, creo.

Aspectos colaterales: soy demasiado propenso a la obligatoriedad: llevo lustros poniéndome de deberes lo que empiezan siendo placeres. Ignoro cuándo puse en marcha ese insidioso mecanismo de tortura y hostigamiento, y tardo en reconocerlo, pero cuando lo descubro -una suerte de oculto proceso informático que deambula por debajo de las apariencias y los actos- no puedo evitar sentirme un poco gilipollas.



Sospechas: que los blogs tristes, o autoindagatorios, son un impúdico -y sesgado- coñazo en el que no me gustaría incurrir.