28/11/2008

curiosidad

Es bien sabido que la teoría literaria moderna se sacó de la manga un sano prejuicio contra la figura del autor que, más allá de variopintos desmanes posteriores, cauterizó en lo posible la excesiva tendencia a considerar una obra como un mero apéndice de la psicología de su creador, otorgando el primer plano del interés crítico al texto, reconsiderado ahora (si no sacralizado) en su dimensión casi diríamos fisiológica.

Sin duda maleducado en esa tradición, siempre he sido reluctante a la mitomanía que suele generar en torno a sí la figura del escritor endiosado cuya vida y milagros adquieren un peso específico comparable al de su obra, y, en consonancia, siempre me he defendido interiormente (defendido, sí, porque a veces lo siento una acusadora mengua), más que como un exhaustivo lector de autores, como un modesto lector de libros. Si alguien me pidiera algún día (nadie lo quiera) una hipotética lista de mis influencias, predilecciones o cultos, creo que sería incapaz de ir más allá de una retahíla de evidencias improvisadas; pero quiero creer, en cambio, que no me resultaría tan arduo cambiar de categoría los nombres propios y endilgar, antes que un panteón de dioses tutelares, un inventario más o menos razonable de títulos.

Viva, por tanto, la contradicción, estos días en que, dejando a un lado proyectos de lectura caracterizados por el desdén biográfico, me decanto por varios libros que se me acumulan en la mesita cuyo único nexo común es, de hecho, la estricta contemporaneidad y relativa contigüidad de sus autores conmigo mismo. A las indudables dosis de buena literatura que todos me ofrecen se unía, en este caso (y contra todo postulado academicista), una innegable y no poco estimulante curiosidad por fisgar qué y cómo escriben ciertas personas que me cruzo a diario, o estaba a punto de cruzarme, o me gustaría volver a cruzar en breve.

Así, empecé la semana leyendo los versos, aún inéditos, de J. R. (un pudor creo que compartido nos impedirá revelar de momento identidades), para descubrir algo que ya sospechaba, esto es, que detrás de su máscara cotidiana se ha ocultado todo este tiempo una poderosa voz que sólo la excesiva modestia (o una injusta desconfianza en los propios dones) ha silenciado hasta ahora, aunque deseo de corazón que tales mordazas caigan en breve y la suerte le regale lo que el destino le reserva; con eso, y una primavera más, acaso se logre. Veremos.

Luego, por motivos más o menos profesionales, retomé la lectura de Miguel Barrero, de quien ya había degustado La vuelta a casa, pero sólo hojeado Espejo. Lo hice con Los últimos días de Michi Panero, recién salida del horno gracias al Premio Forner y con el buen gusto de DVD ediciones; y me sirvió para descubrir hasta qué punto etiquetas como “joven escritor” pueden resumir una verdadera estupidez, porque si algo fuera Barrero eso es, sin duda, un escritor plenamente maduro, un escritor en plena posesión de la sintaxis, el diccionario y, más importante aún, de una voz propia con la que parece haberse empeñado en la nada juvenil tarea de reescribir y reconsiderar la historia reciente de España en ese tríptico acaso involuntario (aunque esto igual es espejismo mío) que forman ya sus tres novelas.

Mientras que a Barrero no lo conocí en persona hasta ayer, reconozco que de nuevo fue la suya una lectura picada de la misma curiosidad (sería la inminencia) con la que, ahora, ando asomándome a los últimos relatos de Xandru Fernández (sus Entierros de xente famoso), con quien comparto centro de trabajo y algún que otro cigarrillo a su puerta (en la que a veces los fumadores parecemos formar parte de un improbable cuerpo de guardia que se relevara incesantemente en la tarea de prender y arrojar, prender y arrojar). Todavía recuerdo con bochorno mi primera conversación con él, recién llegado al instituto, cuando yo aún no sabía que el tal Xandru, mi nuevo jefe de estudios, también era el tal Xandru Fernández, el de la wikipedia. Y la recuerdo porque, así como de pasada, surgió el tema literario, y yo le pregunté, con toda mi ignorancia, si él escribía algo, y él sólo respondió, con toda su modestia, que sí, que algo. Bueno, el algo es un gran algo, desde luego, del que yo no he espigado hasta la fecha más que su faceta de cuentista, primero a través de la antología País cerrado, y ahora con estos Entierros, título de un espectacular relato homónimo que sólo es el aperitivo perfecto de lo que viene después. (Y, de paso, tenerlos en la mano no deja de recordarme que Xurde Fernández, mi compañero de antaño, también acaba de publicar en la misma editorial y colección su nueva -si no primera-novela, que de hecho anda presentando estos días, y me pica otra vez la curiosidad de volver a leerlo y admirarlo, como ya me pasara con Volver).


Espero no sonar muy complaciente con todos ellos, pues lo cierto es que estoy disfrutando de lo lindo con estas lecturas salpicadas a partes iguales de admiración y curiosidad; admiración por descubrir ahí al lado, en el vecino (menudo cuento de vecinos que es “Historia Natural” de X.F., por cierto), unos dones que a veces nos empeñamos en buscar en la esquina más vetusta de la biblioteca sin darnos cuenta de cómo florecen, silenciosamente, a nuestro alrededor; y curiosidad porque, línea a línea, no puedo apartar de la mente (pobre semiólogo contradictorio) el rostro, tono de voz, muecas, ademanes, maneras de los autores de esos textos; no puedo dejar de pensar en qué medida les pertenece tal o cual experiencia o pensamiento, de dónde demonios habrán sacado cierta perfecta metáfora o luminosa comparación, cómo se sentarán a escribir, si lo harán a mano o en pantalla, cuánto corrigen, qué parte del día dedican a sus afanes, si sufren o triunfan sobre sus propias ganas y miedos.

Y me siento felizmente acompañado cuando, más raramente, yo también me pongo a hacer lo propio.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Dos buenos escritores ambos, Miguel y Xandru.
Por cierto, enhorabuena por "La falsa memoria". Me ha gustado mucho.
Saludos cordiales:
JLP

Ismael Piñera Tarque dijo...

Esto de acuerdo. Y dos buenos tipos, hasta donde alcanzo.

Gracias por los ánimos, que siempre vienen bien.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Bueno, soy un anónimo relativo. Me llamo José Luis Piquero. En realidad nos conocemos.
Sí: dos buenos tipos y dos buenísimos escritores. Tres, contigo.
Saludos cordiales.
JLP

Anónimo dijo...

Ah, sorry. Leí "gracias por los anónimos". Un lapsus.
No son ánimos. Es que realmente me pareció una buena novela, que toca territorios de todos nosotros, de nuestras ansias y nuestros deseos y nuestro desconcierto. Es desasosegante: realmente no llega a saberse lo que el protagonista ha fabulado y lo que ha vivido. Se mantiene en un territorio de ambigüedad inquietante pero muy revelador. Tu escritura, por lo demás, está llena de poesía en prosa. Una novela sólida y muy dicente. De verdad, me ha gustado mucho y me ha inquietado.
Saludos cordiales:
JLP

Ismael Piñera Tarque dijo...

Bueno, siento que el lapsus te llevara a descifrar unas iniciales que yo ya creía haber reconocido (de verlas acaso en otros blogs, como los del propio Miguel o Xandru) y creía saber que se correspondían con alguien a quien, en efecto, puede decirse que conozco, aunque sea sobre todo por escrito.

De hecho, mi presunta prosa poética nunca será más que el afán de alguien que, por suerte que tuviera alguna vez, sabe bien que no llegará a ser el poeta en verso que le gustaría, y que tanto admira en autores como tú mismo.

El hecho de que, por fortuna, ahora puedas leer en mí algo que te interese e incumba, no deja de ser entonces una bonita manera de devolverte lo que antes yo recogí y aprendí (sobre el deseo y el desasosiego, sin ir más lejos) en tus poemas. Bienvenido sea.

Un abrazo.