1 may 2009

Días de escoba

Bueno, pues ya está. Encuadernada, metida en un sobre, enviada a un nuevo concurso. No sé cuándo me empeñé en que iría a parar allí, pero estos últimos días (el martes, aprovechando la huelga de enseñanza, estuve catorce horas encima de ella) casi me arrepiento de la decisión, y de la urgencia que exigía el inminente fin del plazo. Aunque en el fondo siempre ha sido así: como si sólo a fuerza de compromisos autoexigidos, y bajo la falaz coartada de una imposición ajena, lograra sacar adelante las cosas.

Pero, aunque ya me lo esperaba, ha sido verdaderamente arduo. Corregir lo propio es, básicamente, una forma de tortura: porque lo ajeno aún puede provocar ironía, pasmo, o mera indiferencia, pero aquello que uno ha firmado sólo da pábulo al horror que despierta el fantasma de la incompetencia, y el paralelo asombro que trae consigo advertir cómo las páginas que, por un momento, se creyeron al menos pasables (cuando no, durante el engañoso arrebato de su redacción, verdaderamente magníficas: menos mal que dura poco), son capaces de haberse resecado como una uva pasa, de haber perdido todo asomo de gracilidad, trastocando la esperanza primera en manifiesta repulsión.

“Escritor es aquel para quien escribir le resulta más difícil que a nadie”, leí una vez (será una cita famosa, pero ignoro la fuente). Si por lo general dudo mucho que haya hecho méritos dignos de semejante etiqueta (es una de esas palabras que queda demasiado grande, que nunca sienta bien, y que uno nunca se atreve a ponerse por miedo a parecer ridículo, presuntuoso, o directamente fatuo), siempre que corrijo algo acabo pensando que, salvo en el sentido de esta definición, jamás llegaré a merecerla.

Lo que no podía imaginar, allá cuando se me pasó por la cabeza dedicarme a esto, es que con el tiempo no sólo no menguaría la dificultad, sino que aumentaría exponencialmente. Puedo pensar que es una cuestión de madurez: cuanto más se ha leído y pensado, con mejor o peor fortuna, y cuanta menos fe se tiene en los dones que uno poseería así como por su cara bonita (esa fe adolescente, o satisfacción de haberse conocido, que la veintena insiste en alimentar en forma de una orgullosa convicción con respecto al propio talento), mayor es la impaciencia y el hastío que provoca la esencial mediocridad de nuestros aparentes logros.

También debería pensar que la autolectura evaluativa y correctora es, en términos generales, una perversión inaceptable del proceso por medio del cual un texto sugiere en su lector esa especial mecánica temporal de la ficción, dilatando su curiosidad por el desenvolvimiento de la trama (nula para el autor) y atrapándolo en la madeja del discurso. No: en la relectura el escritor se convierte, como mucho, en un barrendero de calles ajenas, o en un maniático jardinero que retoca hasta extenuarse cada detalle de un minúsculo huerto cuyo disfrute, en cambio, y pese a todo su esmero, le está vedado (como esos salones perfectos que, en las casas de antaño, nadie sino las visitas podían usar, y que el resto de la semana permanecían impolutamente cerrados).

Cabe imaginar, en todo caso, que ese jardinero tenaz haya disfrutado del proceso. Y que con el tiempo, cuando vuelva a contemplar el resultado (aun desde el otro lado de la verja), se sienta relativamente orgulloso de ella. Está por ver.

2 comentarios:

Miguel Barrero dijo...

Pues que haya suerte, compañero, y la "loteriatura" te sea propicia.

Ismael Piñera Tarque dijo...

Gracias, Miguel.