16 may 2009

Miedo a El Miedo







De un tiempo a esta parte coinciden en mi mesita o mi escritorio varias cosas (lecturas, obligaciones, afanes) que, de un modo u otro, siempre me acaban llevando al mismo punto. Lo puse por escrito el otro día, en la primera versión (luego expurgada) de mis notas para la presentación de Les vides incompletes de Xandru Fernández, pero lo cierto es que a esas alturas ya se trataba de un pensamiento viejo, a medias provocado, días atrás, por el inicio de la corrección de las galeradas de mi tesis (sigo en ello, aunque veo la luz), y por la conclusión de alguna lectura pendiente (las últimas páginas de Lord Jim, que, inexplicablemente, había abandonado meses atrás al albur de algún repentino cambio de humor). La lectura estos últimos días de El miedo, la novela de Chevalier sobre la Gran Guerra (anda por las mesas de novedades, editada por El Acantilado), de la que me gustaría decir algo digno cuando la acabe mañana o pasado, pero a la que todavía no sé cómo podría meter mano si no es a base de buenas dosis de bisturí, ha tenido el efecto de traerme una vez más a la mente ese pensamiento vagabundo.

Cuando, obligado (felizmente obligado) por las circunstancias, la semana pasada me empeñé en comprender el último poemario del jefe, lo resumí de esta manera: “Si algo persigue a la literatura es la tentación, si no el mito, del sentido, y, a gran escala, la pareja tentación de la unidad y la coherencia. Xandru Fernández dirá, en su turno, si el hechizo de tales aspiraciones lo ha perseguido al recopilar unos poemas sueltos en este libro y bajo este título (qué es un título, sino una invitación al sentido); mi lectura, desde luego, no ha podido evitarlo, acaso porque leer de un modo, digamos, “crítico”, no es sino una sutil forma de miedo. Miedo a la indiscutible singularidad de la obra, cuyo esencial concreción (la suma exacta de palabras que la conforman) siempre termina, en manos del lector crítico, disuelta en (o más bien reducida al) confortable universo de las abstracciones, cuyo hallazgo o formulación [p.e., “Lord Jim es la historia de una expiación”] procura una suerte de eficaz ansiolítico capaz de contener el desasosiego, el terror último que siempre anida tras lo desconocido o lo impenetrable.

Metáfora perfecta de la condición humana, condenada a discursear en vano sobre una realidad esencialmente incognoscible o inefable, el lector crítico persevera en la tarea de atrapar en su red de abstracciones y conceptos (cuando no meras etiquetas) la aplastante, rigurosa, intransigente singularidad de la obra. En la tarea de adjetivar y sustantivar desprecia datos y privilegia otros, los filtra en el cedazo de sus saberes, manías o intereses –sean legítimos o espurios- a fin de generar un zumo conceptual que resulte digestivo y, por ello mismo, nutriente: porque comprender es una forma de engordar. Aunque sea a base de reducir, a fuego más o menos lento, la inabarcable oferta del menú.”

Tras el expurgo, el párrafo (del que no puedo decir que me sienta especialmente orgulloso) quedo reducido a lo siguiente: “leer también exige ―como decía Proust del acto de recordar a alguien― seleccionar, privilegiar, despreciar; en una palabra: olvidar. Porque sólo al olvidar reducimos, sólo al reducir digerimos, y sólo si digerimos comprendemos, esto es, si suplantamos la inabarcable, terrorífica singularidad de una obra por su tembloroso reflejo en nuestras conciencias esquemáticas”.

Esa inevitable manía del puzzle completo (que por ejemplo me llevó, puedo confesarlo, a dejar de lado dos o tres poemas de Les vides incompletes que no acababan de encajar en mi discurso) es la que choca de frente con obras que, como El miedo, resultan en esencia irreductibles. Porque cualquier sintagma abstracto que viniera a sacarme de la manga (p.e., “El miedo es una historia sobre una experiencia humana límite, la guerra”), cualquier adjetivo cuya aplicación parecería evidente en tales circunstancias (léase “desoladora”, “estremecedora”, “desasosegante”, “terrible”…), cualquier comparación posible (por ejemplocontraponer su horror físico –hay muchos cuerpos, y trozos de cuerpos, en las páginas de Chevalier- al horror metafísico de Apocalipsis now), cualquier gesto, en fin, a favor de la comprensión bienintencionada de esas páginas (etiquetadas entonces de un modo u otro), no haría sino, en última instancia, traicionarlas. Pero el dilema reside en que, de lo contrario (de no afrontar El miedo, digerirla, y pasar a otra cosa), me vería obligado a aceptar una por una cada línea, cada anécdota, cada pasaje; y todavía no sé qué es peor.

Abandoné la lectura de 2666 de Bolaño después de dos agotadoras páginas dedicadas a catalogar toda forma imaginable de miedo. La última de todas era, precisamente, la fobofobia, esto es, “el miedo a los propios miedos […]. Si les tienes miedo a sus miedos su vida se puede convertir en una observación constante del miedo, y si éstos se activan, lo que se produce es un sistema que se alimenta a sí mismo, un rizo del que le resultaría difícil escapar” (pág. 479; el que lo probó lo sabe).

En fin: mejor la termino primero, y luego ya veremos qué hacer con tanto miedo.

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