Teniendo en cuenta que, de momento, sólo he publicado una novela, que sólo he logrado concluir otras dos, y que, para rematar, unas y otras superan por los pelos la talla mínima que las hace dignas de tal nombre (son todas “cortas”; en extensión, espero, y no en inteligencia); y teniendo en cuenta, además, que he fracasado en otros muchos proyectos de varia envergadura y ambición, lo cierto es que no parezco la persona más apropiada para pontificar sobre el asunto. Y, sin embargo, voy a hacerlo.
Existe un momento mágico, único en el azaroso proceso de escribir una novela. Me refiero a ese momento mágico, único, en que los diversos anzuelos que uno ha ido arrojando un poco al azar sobre las páginas de pronto parecen estremecerse al unísono con la promesa, todavía incierta, del éxito. Cuando, de pronto, todo parece dispuesto a encajar, y se inicia un violento movimiento interno ―una especie de rabioso agujero negro― que todo lo succiona y lo condena a un único fin: la ―digámoslo así― consecución del sentido, ese fantasma esquivo e impreciso que a lo largo de párrafos y párrafos se ha fatigado sin aparentes resultados, y que, de pronto ―es la tercera vez que lo digo: de pronto; es la tercera metáfora que utilizo―, adquiere volumen y perfil, espesor y cuerpo.
A ese milagro mágico, único, he asistido por cuarta vez este fin de semana. Hay un momento fatigoso, inerte, en la escritura de novelas: es cuando se suelen (cuando yo suelo) abandonar. Bastantes páginas más allá del rapto de ilusión que dictó su inicio, pero mucho antes de que su desarrollo haya dado algún fruto digno. Pero, cuando se logra derruir esa frontera invisible y dolorosa, y se pasa al otro lado ―cuarta, quinta metáfora― ya sólo queda armarse de paciencia, en la confianza de que, con un poquito de tesón y otro poquito de artesanía, saldremos con bien del asunto.
En la confianza de que ―sexta― hemos llegado. Vamos.
Existe un momento mágico, único en el azaroso proceso de escribir una novela. Me refiero a ese momento mágico, único, en que los diversos anzuelos que uno ha ido arrojando un poco al azar sobre las páginas de pronto parecen estremecerse al unísono con la promesa, todavía incierta, del éxito. Cuando, de pronto, todo parece dispuesto a encajar, y se inicia un violento movimiento interno ―una especie de rabioso agujero negro― que todo lo succiona y lo condena a un único fin: la ―digámoslo así― consecución del sentido, ese fantasma esquivo e impreciso que a lo largo de párrafos y párrafos se ha fatigado sin aparentes resultados, y que, de pronto ―es la tercera vez que lo digo: de pronto; es la tercera metáfora que utilizo―, adquiere volumen y perfil, espesor y cuerpo.
A ese milagro mágico, único, he asistido por cuarta vez este fin de semana. Hay un momento fatigoso, inerte, en la escritura de novelas: es cuando se suelen (cuando yo suelo) abandonar. Bastantes páginas más allá del rapto de ilusión que dictó su inicio, pero mucho antes de que su desarrollo haya dado algún fruto digno. Pero, cuando se logra derruir esa frontera invisible y dolorosa, y se pasa al otro lado ―cuarta, quinta metáfora― ya sólo queda armarse de paciencia, en la confianza de que, con un poquito de tesón y otro poquito de artesanía, saldremos con bien del asunto.
En la confianza de que ―sexta― hemos llegado. Vamos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario