17 abr 2010

Autoelogio en 1ª del plural




El estreno, ayer, de un nuevo proyecto, me ha llevado a darme cuenta de que nunca he escrito aquí sobre mis afanes docentes, esto es, sobre las cosas que, aparte de o al margen del temario obligado (las oraciones subordinadas adjetivas o la novela realista, pongamos por caso), de vez en cuando nos gusta poner en marcha en el instituto donde trabajo. Y si hablo en plural es porque, en efecto, se trata de actividades que, vengan de quien vengan, siempre acaban involucrando a un montón de gente genéticamente predispuesta al entusiasmo y la inquietud (no encuentro otra explicación), empezando por un equipo directivo al que se le puede proponer casi todo con la seguridad de ser no sólo escuchado sino, sobre todo, alentado, siguiendo por un porcentaje muy respetable del claustro que valora y respalda cuantas cosas se ponen en marcha a costa, con frecuencia, tanto de su tiempo laboral cuanto de su esfuerzo personal, y terminando por un puñado nada desdeñable de alumnos y alumnas que, por decirlo rápido, se apuntan a cualquier bombardeo por el solo placer (tampoco hay otra explicación) de hacer cosas y hacerlas bien.

Unos y otros son responsables, aun sin ellos saberlo (y por ello merecedores de un agradecimiento nunca manifestado), de haber descubierto en mí algo que no hubiera creído posible hace cinco o seis años, cuando aprobé casi accidentalmente unas oposiciones y me vi obligado a adoptar de un día para otro el rol de docente: las ganas de trabajar en lo que trabajo. Una suerte de vocación a posteriori, por llamarlo de algún modo.

Aun siendo juez y parte, no puedo evitar pensar con frecuencia que entre todos nos hemos autoimpuesto, aun involuntaria, tácita o inconscientemente, la tarea de tirar por los suelos cuantos mitos, tópicos y leyendas urbanas circulan sobre el carácter rutinario, grisáceo y amortajado no sólo de la enseñanza pública, sino de la humana condición funcionarial, cuyo sentido, valor social y coste económico siempre acaba saltando a la palestra en cuanto las crisis económicas entran por la otra puerta. Tampoco pretendo autoproclamarnos como excepción a la regla: bien cerca tengo la prueba irrefutable de que esa magia prende en muchos otros escenarios, y bajo muchas otras etiquetas. Dense un paseo por Internet, empiecen a abrir webs, blogs, periódicos, radios, bibliotecas escolares, descubran cuántos individuos talentosos, esforzados, cómplices, ganan día a día la batalla al desánimo burocrático o el corsé administrativo.

Ayer, en El País, se debatía sobre un concepto para muchos quizá extraño, cuando no utópico: la felicidad laboral. Yo puedo afirmar sin reparos que soy feliz en mi trabajo, y que estoy rodeado de personas que, por mucho que protesten los lunes, o bostecen los martes, o anhelen los viernes (humano, simplemente humano), también lo son, y se esfuerzan a diario por transmitir a un público difícil (pero jamás imposible) valores a veces tan trasnochados como la dignidad, el esfuerzo personal o la honradez intelectual. Un precepto ilustrado defendía que el fin de la educación no es sino, precisamente, la felicidad. Algo tan difícil de lograr por uno mismo, pero tan contagioso cuando se trata de un bien compartido y mimado entre muchos. En eso estamos.


2 comentarios:

Xandru Fernández dijo...

De acuerdo contigo al 100 por 100. Hasta tengo ganas de volver y todo...
Un abrazo.

Ismael Piñera Tarque dijo...

tampoco te pases, je je... tú estás haciendo, espero, un máster acelerado en otro tipo (de felicidad, quiere decirse), y cada cosa a su tiempo...

Otro abrazo!