13 abr 2011

Los (des)enamoramientos

Hubo una época en que, más que leer las novelas de Javier Marías, las soñaba. Quiero decir que soñaba su prosa y su trama como si estas acaecieran no en el pasado perfecto de la página (donde todo ha sucedido) sino en el presente continuo de mi cabeza, donde eran dichas -en el tono propio de los susurros o las confidencias- por una voz a un tiempo extraña y familiar, cada vez distinta y cada vez, de todos modos, idéntica a sí misma.


Al menos desde Todas las almas, el propio Marías ha sido plenamente consciente de ese equívoco, y lo ha consentido (o explotado, según se mire) para bien propio y felicidad ajena en Negra espalda del tiempo o Tu rostro mañana (y algo también en Mañana en la batalla piensa en mí). Me refiero al equívoco, sancionado severamente por cualquier teoría literaria pero impertinentemente saboteado por no pocas prácticas lectoras (incluida la mía), que juguetea con la identidad “inter-mundos” (mundo de ficción, mundo real) de la voz narradora. Porque, admitámoslo: los narradores de Marías siempre han hecho pensar, aun en cursivas, en la persona Marías. Una ficción más, sí, una suerte de imagen fantasmal trabada a base de ciertas recurrencias, tics, manieras, que emerge de la lectura superpuesta de sus novelas mayores y últimas, pero una ficción –o un fantasma- necesaria, y por ende muy querida.


Ahora aparece Los enamoramientos, cuya enunciación se cede por vez primera a un personaje femenino y notoriamente más joven que la persona Marías, y ese sencillo y legítimo desplazamiento, tal que el gesto de un ilusionista hastiado, pone de pronto al descubierto toda la tramoya que hasta entonces sólo sospechábamos. Porque entonces leer a Marías no es leer a Marías, es otro (otra) quien se empeña en soñarnos esa historia por lo demás sombría e incómoda, y no podemos evitar un mohín algo pueril –como quien ha sido engañado sin mayores alevosía o insidia- al advertirlo.


Los enamoramientos puede que sea una novela estupenda, pero no funciona. Quiero decir que no funciona en ese plano exclusivamente subjetivo que hemos convertido ya –por muy errático que resulte- en queridísimo patrimonio, y por ello no provoca, o no con la misma intensidad, el ensimismamiento somnoliento y ligeramente febril (pero de pocas décimas, cuidado; nada –afortunadamente- dostoievskiano) de otros tiempos, otras lecturas. Quizá por eso me resisto a terminarla y, a cambio, me demoro en obtusas sutilezas que harían sonrojarse a cualquier lector mediano.

“Quien habla no es quien escribe, y quien escribe no es quien existe”, sentenció en célebre máxima Barthes. Tampoco quien lee es quien piensa, o no siempre. Y a saber cuál de los dos dicta estas líneas.

No hay comentarios: