16 oct 2011

El hambre y el hartazgo



—A todo ser humano —me dijo— se le reserva un peculiar instante de dicha: el del hallazgo de una fórmula, hasta entonces esquiva, con que cifrar determinado estado de ánimo. No estoy seguro —me dijo— de que los estados de ánimo hayan merecido la atención lingüística que sin duda merecen. Me refiero al hecho de su urgente, casi terapéutico, requerimiento de cierta estructura sintagmática que los atrape, los reduzca y permita de ahí en adelante su reconocimiento. Un ser humano —me dijo— sin catálogos de este cariz está condenado a una singular forma de soledad. Más aún si se tiene en cuenta que, por lo general, tales catálogos no son hereditarios, no admiten segundas manos, no toleran bien —me dijo— el reciclaje. Es una tarea a la que estamos condenados todos, sin excepción. Quien no la emprende, lo hace a riesgo de sucumbir más pronto o más tarde ante los embates del desconcierto. Quien sí, lo hace a condición de sufrir no pocas penalidades, frustraciones, vueltas atrás. Pero —me dijo— a todos se nos reserva, muy de vez en cuando, el placer, el escalofrío del hallazgo. Hallazgo o bien —me dijo— simple tropezón de bruces con la fórmula que se ansiaba, la etiqueta que se merodeaba como quien ronda una pieza en la espesura, y cuya repentina adquisición (fortuita, pero bendita fortuna) de pronto obra el milagro de salvaguardarlo de por vida de futuras zozobras al respecto. Obviamente, vendrán otras, y esas otras ocuparán el hueco de la anterior y ya descartada. El empeño es infinito, o bien eterno. Quien más atesora más adeuda —me dijo—. Pero eso es lo de menos. El triunfo, sí, aun efímero y pasajero, aun de pronta caducidad. Ese —me dijo—, ese triunfo, es lo que cuenta.
—¿Y has obtenido alguno últimamente? —le dije.
—Sí —me dijo—, así es —me dijo—. Ayer mismo.
—¿Me lo vas a contar? —le dije.
—No se puede contar —me dijo—, para ello necesitarías ser yo, o mejor dicho: haber sido yo. Y disponerte a seguir siendo yo. Ya te lo he dicho —me dijo.
—Vaya —le dije.
—Si me apuras —me dijo— puedo… darte el titular —me dijo—. Algo así como el lema, la fórmula en sí, la etiqueta. Claro que no la entenderás. Porque vacía de mí, por así decirlo, carece de sentido. Ya te lo he dicho —me dijo.
—Adelante —le dije—. Podemos probar.
—El hambre… el hambre y el hartazgo —me dijo—. El hambre y el hartazgo —me repitió.



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