14 oct 2011

Milán


No tengo remedio: para una vez que me invitan a una fiesta, voy yo y digo que no. ¿Que a qué me refiero? Pues al show organizado para la próxima semana por Extensión Universitaria, que reunirá a varios ex alumnos del Campus del Milán, relacionados de un modo u otro con la música, en torno a la figura y obra de Leonard Cohen, a quien homenajearán interpretando alguno de sus temas. La idea es doble: rendir tributo tanto a Cohen, con obvio motivo coyuntural, como al ambiente del Milán en los años noventa, por cuyos aularios, soportales y jardines se pasearon, en efecto, buena parte de los músicos que entonces engrosaron las filas del llamado Xixon Sound, sin desmerecer otras movidas coetáneas como la ovetense. Echen si no un vistazo a la nómina.

La invitación, que suponía el reto de interpretar como cantante solista -quiero decir, con banda fija a las espaldas y no en formato grupo- un tema de Cohen a mi elección, me llegó a través de Montse Álvarez, colega de IES y parte celebrante del asunto. Y debo confesar que me tuvo un día entero dándole vueltas y más vueltas, hasta que al final decliné. ¿Por qué? Las razones son varias: para empezar, nunca me he considerado otra cosa que un tipo obligado por las circunstancias a entonar y grabar él mismo los temas que de cuando en cuando se le ocurren. Mis Marienbad saben de qué hablo, y más de una vez me han oído lamentándome por no contar con alguien que me sustituyera en el dichoso rol de vocalista. Así las cosas, la perspectiva de subirme a un escenario (yo, que lo he hecho en tan contadísimas ocasiones en lo que va de siglo) más solo que la una, sin Seve, Joaco o Scatín para arroparme, sin guitarra tras la que esconderme y con solo el horizonte de un micro por delante, era sencillamente terrorífica.

La cosa tenía aún más inri: dejando a un lado que la voz de Cohen es, por supuesto, inimitable, tuve que reconocerme a mí mismo cuán poco me sentía inclinado a homenajear a un tipo sin duda admirable, pero que nunca formó parte de mi panteón personal. Cuestión de coherencia; los maestros no se improvisan, y no me gustaba la sensación de estar aupándome a ningún carro. Ojo, no dudo de la sinceridad de cuantos han aprovechado y aprovechan el Príncipe de Asturias para manifestar su pasión por don Leonardo. Pero, insisto, no es mi caso. Y no era legítimo forzarme a que lo fuera, aunque aquella noche llegara a ensayar "Suzanne" con el ipod mientras preparaba la cena...

De todos modos en mi rechazo hay algo que, como diría Paolo, sigue dándome rocea: el hecho de zafarme, voluntariamente, de algo de lo que sí me hubiera gustado formar parte, o algo a lo que sí creía tener ciertos derechos: el homenaje al que fuera mi campus durante diez largos años, desde que en 1993 lo crucé por vez primera para perderme en un aula inmensa y abarrotada de futuros filólogos, hasta que, ya en 2003, presenté en ese mismo recinto una tesis doctoral. La densidad de mi recuerdo del Milán se basa en varios factores: uno, que me gustara tanto (las cosas como son) ir a clase, y que apenas hubiera día lectivo entre 1993 y 1998 -cuando me licencié- que dejara de acudir al campus, ALSA mediante. Dos, que luego me concedieran una beca de investigación, y por tanto me pasara casi otros cinco años allí, sin solución de continuidad. Tres, que durante algún desvarío de madrugada (lo confieso) llegara a imaginar la excéntrica posibilidad de quedarme en la facultad trabajando...

Durante esos diez años viví muchas mañanas, tardes y no pocas noches gloriosas en el Milán, Semanas Culturales incluidas (si no me equivoco Tommy Crimes tocaron hasta tres veces en ellas). Buena parte de mis mejores amigos los hice entonces. Allí conocí a R., y allí, en los estrechos márgenes de un despacho del edificio departamental, comenzó nuestra convivencia pre-marital. Imagino que Millán, Rebe o Vero todavía recordarán con una sonrisa nuestras múltiples "intervenciones" eroicas (sí, sin hache); algún día, por ejemplo, podría hundir la reputación de Chus Neira colgando en youtube su primera producción audiovisual, un disparatado corto metanarrativo que no tiene desperdicio.

No sigo. En definitiva, y más aún en estos tiempos nuestros en que lo público parece tocado por el fantasma de lo prescindible, me habría encantado rendir mi personal homenaje a un espacio en el que muchos crecimos acariciando la dulce felicidad de vivir, de aprender, de compartir. En las aulas y fuera de ellas. En plena Semana Cultural, pero también durante interminables inviernos, o cuando los primeros brotes de primavera nos arrastraban hasta los soportales de la cafetería.

Por desgracia, no recordé ninguna canción de Leonard Cohen que hablara de eso.



2 comentarios:

Mar Alvarez dijo...

...pues mira que insistimos, eh?

Ismael Piñera Tarque dijo...

ya lo sé... no tengo remedio. Cobarrrde!