Tomando ejemplo de mi querido escoliasta, que ya ha vertido en Marginalia las estupendas reseñas de Patricio Pron o Jon Bilbao que lleva publicadas en El Cuaderno, voy a hacer lo propio con un texto sobre Stanislaw Lem aparecido ayer en esas mismas páginas.
Lem2
Impedimenta
publica en 2011 dos nuevas traducciones de La
investigación y Solaris
Probablemente la peor manera de encauzar la glosa de estas dos novelas (de
1959 y 1961, respectivamente) consistiera en subrayar su carácter, digamos, filosófico, argumento para cuya
demostración nada resultaría más fácil que enumerar las diversas abstracciones (culpa,
conocimiento, memoria…) que su lectura convoca, aspecto de por sí innegable
pero que, no obstante, tampoco explica la específica fragancia de ambas peripecias.
Cabría preguntarse si el carácter ritual (por reiterativo) del hábito de
leer novelas no oscurece, en ocasiones, su condición de experiencia humana sin
parangón. De ser así, títulos tan singulares como La investigación o, muy especialmente, Solaris, poseen la cualidad de devolvernos a un prístino estado de
virginidad en que se renueva con fervor nuestro compromiso con la lectura. O
dicho de otra manera: tanto da a qué conclusiones epistemológicas, metafísicas
u ontológicas lleguemos a su término, pues lo que ambos relatos rescatan desde
la primera página es el placer, casi el estremecimiento, del proceso mismo de
su consumo.
En este sentido, tanto una como otra cumplen rigurosamente la máxima del
planteamiento ejemplar. Si La
investigación urde una macabra trama policiaca de impecable atractivo (la
“milagrosa” resurrección de una serie de cadáveres), Solaris, a su vez, celebra una obertura digna del mejor cuento de
fantasmas (los más peligrosos: los fantasmas de la memoria) aderezada con las
galas del imaginario fantacientífico y el mito del Contacto entre humanos y
alienígenas por telón de fondo, como subraya Jesús Palacios en el prólogo que
la antecede.
Y, a partir de ese movimiento inicial, ninguna decepciona. Lem (al menos
el Lem que resuena en la fluida traducción de Joanna Orzechowska) es un experto creador de atmósferas densas y
agresivas, a medio camino entre la pesadilla, la demencia y la broma cruel. En La investigación, un Londres neblinoso y
sombrío se transforma en laberíntico tablero por cuyos escaques se desplaza el
errático teniente Gregory, en busca de una hipótesis que salvaguarde la razón
de la turbadora emergencia del milagro. Pero, aunque La investigación sea una novela en la que se habla –se parlotea,
más bien– mucho, queda a juicio del lector si en verdad se responde algo a su
término.
Por su parte Solaris, clásico
imprescindible dentro y fuera de la ciencia ficción, subraya de continuo el
carácter alucinatorio del escenario gracias a una pirotecnia expresiva que deviene
arrebatador lirismo bioquímico en capítulos tan sobrecogedores como “Los
monstruos”. Su trama, además, alienta la creación de personajes de inédito
vigor: por un lado, una peculiar revisión del mito del replicante cuya
emergencia da pie a una historia de amor en la que se entremezclan el miedo, la
repulsión, la lástima o la ternura; por otro, el propio Solaris, el planeta-ser
objeto de infinitas especulaciones y protagonista de vastas (pero fútiles) bibliografías
cuyo escrutinio se incorpora a la novela de manera magistral.
Finalmente, ambos relatos se permiten la puesta en escena de una inquietante
figura de pensamiento: la de un dios a tiempo parcial (La investigación) o un dios minusválido (Solaris) ante cuyas torpes manifestaciones los seres humanos erigen
no menos torpes y precarias urdimbres, llámense ciencia, matemáticas, lenguaje,
razón. Pero, digámoslo una vez más, el calificativo de filosóficas no les resta un ápice de su condición, sustantiva, de novelas. Prueben.
No hay comentarios:
Publicar un comentario