Muy de mañana, varios amigos y yo
salimos de safari galáctico. Nos enfundamos los trajes
espaciales, cargamos al máximo las reservas de oxígeno —teníamos para un mes
completo, contando con cualquier posible
incidente— y echamos al hombro varias cananas. El asteroide se
encuentra en un punto privilegiado para estas lides: muy cerca de una zona de
paso, una suerte de cañada hiperespacial por la que, cuando es temporada,
suelen pasar largas manadas de toda suerte de especímenes.
La jornada no se nos dio mal. Mi
compañero de cápsula —el que ocupa la litera superior— se cobró nada menos que
siete piezas. Otro fulano, uno que acaba de llegar y al que todavía no le
tenemos muy pillado el punto, demostró cierta habilidad para la ronda, pero
luego se quedó corto en puntería. Yo no me quejo: me traje cuatro hermosos
ejemplares colgados del cinto.
Lo malo es que luego nunca sabemos muy
bien qué hacer con tanta alma errabunda. El fulano, el que acaba de llegar,
aseguró que en su tierra las hacen a la parrilla —después de limpiarlas bien,
claro está— y se dan un festín a base de recuerdos humanos y otras criadillas
por el estilo. Pero a todos nos dio bastante grima y él, decepcionado, se
perdió por una esquina de la estación con la única pieza que tenía (llevo un
rato husmeando el ambiente, pero aún no he olido nada raro).
Yo tengo las mías aquí mismo, una
encima de la otra. Hay un poco de todo, y un poco lo de siempre. La verdad,
después de la excitación, el sudor y el escalofrío característicos de una
jornada de caza, siempre se queda uno algo melancólico, contemplando estos despojos tan tristones.
Supongo que acabaremos tirándolos por
el túnel de vacío.
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