
El jueves pasé por la Casa del Libro y me compré No ficción, de Vicente Verdú, y Derrumbe, de Ricardo Menéndez-Salmón.
Al primero lo admiro hace tiempo como ensayista -más que como columnista- desde que leí El estilo del mundo, creo que en 2003. Luego vinieron Yo y tú, objetos de lujo, y algún otro como Días sin fumar o El planeta americano. El segundo es, quizá, el narrador asturiano de mayor proyección nacional hoy día. Lo conocí antes en persona que como escritor, pues no había leído realmente nada suyo, a pesar de saber bien quién era, hasta La ofensa, del año pasado. Luego pasé por los relatos de Gritar, y otros sueltos (Los caballos azules, alguna de las piezas de Los desposeídos), que me gustaron mucho más que la novela, la cual, en cambio, me dejó un poco perplejo.
Empecé por el de Verdú, unas pocas páginas, esa misma noche. Al día siguiente desperté con fiebre, por segunda vez en dos semanas (esta vez un "catarro viral", según mi cambiante médico de cabecera; la anterior una fulminante gastroenteritis); no fui a trabajar, y me quedé tirado entre la cama y el sofá todo el día. Tanto que me dio tiempo a acabar No ficción y tragarme después, casi de una sentada, Derrumbe; pese a mi viejo termómetro (que se obstinaba en no bajar de 38º, una temperatura que para mí siempre ha sido muy alta) y pese al mal cuerpo que tenía, debí leer en total unas diez o doce horas, algo que muy excepcionalmente puedo -ni suelo- hacer.
Y ahora es cuando, después de este largo introito (que huele un tanto a disculpa), sé que debería ponderar mis impresiones sobre ambos libros. Pero me resulta harto complicado. Para ser directos, simples y simplistas, podría dejarlo en que... tachán: no me gustaron. Pero reducirme a semejante juicio estético me da vergüenza, la verdad, mientras que argumentarlo me da en cambio bastante pereza. Basten algunas notas:
Para empezar podría comentar el hecho de que, en ambos casos, aunque por caminos completamente distintos, los autores han realizado un esfuerzo estilístico tan abrumador como, en último instancia -yo soy esa última instancia-, fatigoso. Si hay algo que distinga a Menéndez Salmón es, sin duda, su poderosísima prosa, preñada de llameantes imágenes, singulares y venáticas comparaciones, interminables destellos de ingenio, cultura e imaginación verbal a partes iguales. Su léxico es irreprochable; pero su sintaxis, a veces cortante e hiriente, a veces frondosa, me resulta en cambio demasiado repetitiva (sale a razón de un "algo es como algo" por cada párrafo, si me descuido; quizá por eso me gusten más sus cuentos, que dejan menos sitio a todo esto). Verdú, en cambio, apuesta algo menos en esta ocasión por el juego de palabras (que tan felices iluminaciones ofrece en, por ejemplo, El estilo del mundo) y procura crear un texto límpido, terso, maniáticamente pulido (en sintonía con su declarada obsesión por el proceso de escribir, uno de los temas fundamentales del libro), dando lugar a una prosa que termina pareciéndome igualmente farragosa, artificiosa, carente de toda naturalidad.
Más cosas: la trama de Verdú es insignificante (me niego a entrar en detalles y recapitulaciones); la de Salmón en cambio resulta densa, y parece ocultar capas y más capas de significación; pero, en uno y otro caso, ambas me dejan (una por su solipsimo, otra por su vasta ambición) con una pareja sensación de indiferencia.
Como siempre, no se me ocurre echar la culpa de lo anterior a nadie más que a mí, claro está. A mi propia incapacidad de lector para emocionarme, sustraerme, convencerme por todos los libros que leo. Mi lista de fracasos de este tipo es tan larga que, sin duda, caería en una indulgente miopía si me atreviera a acusar, exclusivamente, a las obras involucradas, y me negara a inculparme a mí mismo en el delito. Pero no. La altura literaria de Verdú o Salmón (tan dispares, los pobres, que sólo el absurdo azar de mis compras y mis fiebres podría haberlos reunido) está fuera de toda duda y toda discusión.
Me queda un consuelo, claro: quién me mandaba ponerme a leer con fiebre.
1 comentario:
Es un placer estrenar los comentarios :-)
A ver si seguimos por aquí las tertulias literarias, aunque me temo que no estoy a la altura: ¡dos libros en pocas horas! ¡Y eso estando en malas condiciones! Por otra parte, recuerdo que de pequeño era una de las grandes ventajas de la enfermedad: poder leer todo el día. Quizás sea un período para leer literatura menos sesuda :-)
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