
Estos días de fiebre (ayer, después de una hora sudando a mares, bajó toda de golpe, y me dejó casi peor de lo que estaba) también recibí de Alicante una copia de La falsa memoria, a la espera de que me envíen los cincuenta ejemplares que me corresponden.
No puedo decir que me conmoviera mucho al tenerla, al fin, entre mis manos. Por varias razones. La primera es bien visible: el excesivo diseño de la cubierta (en el que, ojo, no tuve nada que ver), supera con creces mi paciencia o mi modestia. Tampoco me gusta el texto de la contraportada, y ese sí que lo escribí yo (así que en este caso no hay excusa). Pero hay más: la corrección de la versión original, antes y después de enviarlo al premio que finalmente obtuvo, fue larga, dubitativa y aburrida. Lo fue el paso de la redacción primera, que data de 2004, a la versión de la pasada primavera (que fue la remitida). Y lo fue, otra vez, la corrección de las pruebas de imprenta, en las que el bueno de L. B. (mi editor alicantino) y su software traicionero introdujeron infinitos cambios y variaciones que hubo que rastrear línea a línea. Y, cuanto más leía una y otra vez los mismos párrafos, menos iba comprendiendo su sentido, más rígida me parecía su estructura, menos rítmica su sintaxis, más insostenible y artificiosa su trama.
El resultado fue que, sencillamente, me harté del texto. Si una vez llegué a ternerlo en cierta estima, a considerarlo un cierto paso en alguna dirección, un cierto logro, un cierto avance, hoy no resta ni un asomo de ese orgullo o, al menos, de esa paz. Paz en el sentido de tranquilidad, la misma tranquilidad con la que, en su día, repartí ejemplares de otras cosas, como por ejemplo de los Juegos de artificio (no diré que hoy la sienta aún, desde luego) o, remontándome mucho, del Album de Tommy crimes. La sensación contraria (una especie de desazón, o es desencanto) también me resulta, por desgracia, conocida: me pasó con un poemario, hace tiempo (los únicos versos que he publicado jamás me parecen, en cambio, los peores que nunca escribí), me pasó con el disco de Marienbad hace no tanto. En este caso fue más duro, en tanto que las esperanzas e ilusiones que había puesto en él fueron inversamente proporcionales a los resultados estéticos obtenidos (nunca he soportado cómo suena ni un solo segundo de ese disco; de hecho, nunca he vuelto a escucharlo).
Por supuesto, estoy tratando con materiales puramente subjetivos (no hace tanto un amigo defendió, contra mi opinión, mis propios versos; J. siempre ha alabado el sonido de “Vidas paralelas”…), que son los que nos importan, estaría bueno. Y ahora sé que acometo el reparto de La falsa memoria con una idéntica desesperanza. Menos mal que, de todos modos, la partida se juega entre familiares y amigos, que son pocos pero escogidos.
* * *
Volviendo al asunto de ayer, mis lecturas febriles, cuanto más tiempo pasa más reproches me formulo. Como apunta J. en su comentario, quizá Verdú o Salmón no fueron la mejor elección para un día de fiebre. Y menos aún trasegar trescientas páginas en un día, una estúpida machada. Sobre todo me da rabia con Ricardo (voy a permitirme tutearlo, qué demonios), porque es un tipo que, en muchos sentidos, me cae bien y me resulta admirable (porque es prolífico, porque es tenaz, porque parece tener una fe inquebrantable en sí mismo); me da rabia que no acaben de gustarme sus novelas, me da rabia no poder convertirme en fiel admirador de su prosa. Desde luego, él no tiene ninguna necesidad de mi apoyo, estaría bueno, pero de todos modos me encantaría poder dárselo sin condiciones.
Me siento, en una palabra, culpable. Como si hubiera traicionado a un viejo amigo, o decepcionado involuntariamente a un familiar. ¿Será, todavía, la fiebre?
2 comentarios:
La portada sí que es excesiva, pero eso me da más ganas de leerlo todavía: ¿qué puede haber en el texto que tenga que ver con esa portada? :-)
Y, una vez más, reitero aquí que "Vidas paralelas" suena muy bien, con algún detalle mejorable (la mezcla del bajo), pero que no estorba para disfrutar de las canciones y las interpretaciones, que es lo importante. ¿Cuánta gente tiene un disco en el que suene una guitarra tan bien como al principio de "Todo"? :-)
A ver si te pasa esta "fiebre de culpabilidad" :-)
Me gusta mucho la portada de tu libro, el perla y el rojo son muy bonitos juntos. Además este ramo de flores me parece muy enigmatico. Y tambien el hecho de que no se vea la cara de la mujer.
Hablando de culpabilidad: yo me siento culpable de leer un libro que no me gusta porqué sé que hay tantas cosas buenas y excelentes por leer. Con la experiencia he aprendido a dejar un libro cuando veo que me empieza a dar asco. Hay libros que, simplemente, no nos gustan porque, simplemente, están mal escritos. No tiene nada que ver con la persona que los escribe, aunque sí lo asociamos. Hay que saber criticar y decir NO. No hay nada malo en criticar, lo malo es no hacerlo.
Felicitaciones por tu blog.
Un saludo,
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