
Ayer terminé (también es un librito) Chesil Beach, de Ian McEwan, el novelista inglés que el año pasado alcanzó la fama sin reservas tras la adaptación cinematográfica de Expiación. Eso fue lo primero que leí de él, hará unos meses, luego vino Sábado, y ahora esta novela corta, en estricto -pero involuntario- respeto de su orden cronológico, si no me equivoco.
Y el caso es que, no sé si por indirecta influencia de El escritor y sus fantasmas, de Sábato, que ando hojeando esta semana, la sensación final que me ha dejado la novela se resume con un solo adjetivo: contradictoria. Por un lado, y no descubro nada nuevo, me ha parecido toda una demostración de fuerza y sabiduría narrativa. Está maravillosamente bien concebida, bien estructurada, bien escrita, bien terminada. No hay nada que objetar por lo que respecta a la técnica, la temática, la tensión. McEwan dispone con enorme talento los materiales del conflicto, los hace estallar con pericia de artesano, recoge los pedacitos uno a uno y cierra la obra con una habilidad que parece exigir el aplauso, el ole, los vivas.
Pero, por otro lado, hay algo que no acaba de convencerme en todo este asunto. Es como si esa indiscutible (y muy envidiable) capacidad para la narración resultara, finalmente, excesiva. Como si el texto, al margen incluso de la peripecia de sus protagonistas, exudara demasiada confianza; como si el narrador, ajeno en realidad a lo que contara, supiera de su absoluto virtuosismo, y no pudiera evitar dejar constancia de ello aun a riesgo de menoscabar la intensidad de su acto.
Pensé también, siempre en formato de boceto, que toda novela es dos novelas: la novela que es contada como tal y esa otra novela que el narrador (o, como diría Eco, el autor implícito) deja escrita voluntaria o involuntariamente mientras ejecuta el proceso de relatar la primera, una especie de autorretrato o firma de lo que el texto ha dado de sí como tal texto. Si así fuera, el narrador de McEwan no merecería más calificativo que el de orgulloso exhibicionista, de fatuo (si no pedante) empollón, porque empollones eran aquellos que no sólo tenían razón y sabían lo que nadie más sabía, sino que se encargaban de dejarlo claro a la mínima, encantados como estaban de haberse conocido.
La mención del libro de ensayos de Sábato viene a cuento porque, retrospectivamente (el volumen es de 1967, si no me equivoco), creo que me ha convencido sobre la necesidad de una cierta dimensión "problemática" en la novela. Me explico: si no recuerdo mal (tendría que tenerlo delante para citar con más rigor, pero en fin), Sábato opone a un tipo de novela acomodaticia, esteticista, lúdica... el modelo de la novela problemática, que no divierte sino que desconcierta, que no busca el placer sino el temblor de cimientos, que sufre y hace sufrir como tal novela. Que tiene garra, y desgarra; que muerde, y abre heridas.
Me doy cuenta de que las tres novelas de McEwan, después de la fascinación (y la envidia) primera, habitan en las antípodas de ese modelo acaso deseable de novela, y quizá de ahí la frialdad última de las sensaciones que me han dejado para el recuerdo: atónito ante su perfección, impávido ante su autosuficiencia. Podría extender incluso el juicio a otros compañeros de generación de McEwan, esos terribles anglosajones tan inteligentes como prolíficos: el Julian Barnes de Arthur y George, el Martin Amis de La flecha del tiempo, incluso al Black /Banville manierista de El otro nombre de Laura (menos intensa, aunque igual de perfecta, que su anterior entrega de serie negra, El secreto de Christine).
Son, en dos palabras, demasiado buenos. Y a lo mejor (pero todo puede ser la envidia, insisto) se pasan de listos.
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