16 jun 2008

Márquez le cuela una línea a Lampedusa

Si no fuera en exceso manierista, diría que la ocurrencia de hoy es un buen argumento de cuento borgiano, de esos que entremezclan interrogantes ontológicos y erudición de letraherido. Me explico: el caso es que, recién iniciado El Gatopardo de Lampedusa, me encontré con una descripción del protagonista cuya iluminada hipérbole me hizo creer, por un momento, que estaba leyendo no a quien yo creía sino nada menos que a Gabriel García Márquez; o peor aún (esa es la borgiana ocurrencia: una hipótesis libresca con aires de silogismo siniestro), que éste había sido capaz, de algún modo, de colarse en medio de la novela del siciliano, dejando allí una rúbrica manifiesta de su paso.
Este es el párrafo:
No es que fuese gordo: sólo era inmenso y muy robusto; su cabeza tocaba (en las casas habitadas por el común de las gentes) el rosetón inferior de las arañas; sus dedos eran capaces de enrollar como papel de seda las monedas de un ducado; y entre la mansión de los Salina y el taller de cierto platero había un constante ir y venir para hacer reparar los tenedores y cucharas que, mientras estaban en la mesa, su cólera tantas veces contenida acababa convirtiendo en aros.
En un momento imaginé a Cortázar añadiéndole consonantes a La vida es sueño, a Paul Auster colándole una oración de relativo a Flaubert; no me di cuenta, todavía, de que con todo esto yo mismo pretendía nada menos que confundir un microrrelato en las obras completas de Borges.
* * *
De todos modos, como fénomeno de pragmática de la lectura (el que fue semiótico lo sabe), esa evocación extemporánea (esa especie de rima involuntaria entre Márquez y Lampedusa), tiene su miga. Creo que también fue Borges quien explicó cómo un escritor (hablaba de Kafka) puede crear sus propios precursores, esto es, aquellos autores cuya obra pasa inadvertida hasta que, de pronto, un día adquiere un inusitado valor añadido al ser iluminada retrospectivamente por la de sus sucesores, quienes de algún modo lo revitalizan, lo enfocan de nuevo, lo releen según su propia gramática. Desde luego, Kafka ha convertido en kafkianas muchas cosas.
Pero también ocurre así con los lectores, quienes van creando, mediante su caprichoso y desordenado trasiego de libros, una personal historia de la literatura ajena o indiferente al rigor de cronologías e influencias. Y es ahí, en mente del lector (en su historia radicalmente individual de la literatura según el orden y el capricho en que él la va leyendo), donde Márquez puede anteceder a Lampedusa, Javier Marías a Proust, o George Orwell al propio Kafka... Cada cual sabe sus ejemplos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho esta idea de tener una Historia de la Literatura por lector :-)