14 oct 2008

El enfermo imaginario


Al fin se ha decidido. Hace tiempo que vengo animando a un querido amigo mío, aquejado del terrible mal de las enfermedades imaginarias, a que escriba un blog contando sus penurias físicas y morales. La idea me la dio él mismo, la última vez que estuve en su casa y me enseñó el montoncito de cuadernos de muy diverso tipo que ha ido rellenando estos últimos años con sus infinitas dolencias y desazones. Reconozco que me movió, ante todo, la curiosidad por saber qué contienen esas páginas, aunque también creo que, aunque sea como mero desahogo, no tiene por qué venirle mal la pública exposición.

Su enfermedad mental, como la llama también a veces, fue la que me movió, hace tiempo, a escribir este pequeño párrafo sobre la hipocondría, que nunca le remití, pero que rescato ahora a modo de bienvenida y enhorabuena por su iniciativa.

Estado de sitio (nota sobre la hipocondria)

Para el hipocondríaco, la vida es un estado de sitio: cuando contempla su cuerpo en el espejo, el hipocondríaco no ve simples combinaciones de músculos, huesos y tejidos cutáneos, sino el espeso telón tras el que se urden trágicos y malignos planes de destrucción masiva; para el hipocondríaco, el tiempo no transcurre inocentemente, sino en cuenta atrás ineludible (diez, nueve, ocho…) hasta el día, momento y hora exacta en que estallará la revuelta final en cualquiera de las muchas esquinas sombrías de su cuerpo; para el hipocondríaco, en suma, pensarse es investigarse, tocarse es hacerse redadas, mirarse es acecharse.

Esa es la certeza, y la condena, del hipocondríaco, único habitante de una desolada ciudad en permanente estado de sitio.

No hay comentarios: