11 oct 2008

mortal desastre


Días algo atolondrados estos últimos, abriendo y cerrando libros, comprándolos, dejándolos a medias, hojeándolos. Terminé de mala manera La dama del lago (y así el ciclo Chandler, al menos de momento) para releer Bartleby y compañía de Vila Matas; comencé El mar de Banville y lo dejé a medias por el Dietario voluble del propio Vila Matas; paso sus páginas entre abrumado por las oceánicas referencias, sorprendido por sus innegables intuiciones, confuso por alguno de sus planteamientos, como por ejemplo estas palabras de Menéndez Salmón que cita él y cito ahora de memoria: “¿Hasta cuándo tendremos que soportar a los falsos escritores? (…) no se escribe para ganar dinero, o hacer amigos… se escribe porque se ha enfermado” (confuso porque surge la inevitable duda: ¿seré yo, sin quererlo o darme cuenta, uno de esos falsos escritores?), y hasta mosqueado por breves párrafos que a lo mejor no merecen tanto encono (pero no sé por qué me molesta muchísimo que en un libro en el que tanto se defiende la alta literatura se incurra en una afirmación tan anodina como ésta: “[el 11-S hubo en NY] un mortal desastre”; ¿mortal desastre? ¿Realmente la alta literatura se puede conformar con semejante sintagma? ¿Resumir aquello con esa insípida combinación de adjetivo y sustantivo?). Entremedias, hojeo a toda prisa Fiebre de guerra, volumen de cuentos de Ballard que me presta Javier R., y no me da tiempo más que a asomarme a algunos de insólito planteamiento que él me señala (uno que se construye como una serie de respuestas a un cuestionario, otro como un índice onomástico, otro más como una larga glosa a una frase de no más de diez palabras) y a otros dos, babélicos, bellísimos, cara y cruz de una misma metáfora del infinito: “Informe sobre una estación espacial no identificada” y “El espacio enorme”, que parecen escritos por ese Borges arrebatado e intenso hasta el dolor que nunca llegó a existir. De paso, leo antes de una siesta las treinta primeras páginas de Aquella mitad de mi tiempo, volumen de artículos autobiográficos de Javier Marías, y leo también en El País unas declaraciones suyas en las que afirma que todo lo que escriba o publique ahora, después de Tu rostro mañana, no será más que “de propina”, y siento algo de pena o de nostalgia prematura. Entonces me compro Tren nocturno, de Amis, y mi primer Coetzee (Vida y época de Michael K.), y antes de terminar el primero de ellos (cuyo asfixiante regodeo en torno al suicidio me pone los pelos de punta) paso por la Casa del Libro y me gasto un pastón en El paseo, de Walser, Me acuerdo, de Perec (esto es culpa de Vila Matas), El mandarín de Queirós (esto es culpa de Borges), de la edición de Lumen de Albertine desaparecida (esto es culpa de la traducción de Alianza, que interrumpí en el tomo quinto hará ya tres o cuatro años), y Vacío perfecto de Stanislaw Lem (esto es culpa del índice y la contra, que prometen), y llego a casa y descubro en la mesita el volumen primero de Cátedra de los Ensayos de Montaigne y, oh dios, las últimas cien páginas de Lord Jim que tuve que apartar una mala noche de verano, y pienso en los quince o veinte libros intonsos que el otro día, cuando recogí la estantería, aparté con toda mi buena voluntad, y entonces (ahora) me doy cuenta de lo tarde que es, del sueño que tengo, de lo cansado que estoy, y comprendo que voy a dormirme sin remedio dentro de media hora, a lo sumo, mientras todos esos libros se tambalean en precario equilibrio a mi lado, en la mesita.

Y me dan ganas de reírme de mí mismo. Por no llorar, claro.

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