
Tengo un jefe que es el colmo. Esta mañana, y a propósito de mis perplejidades de la entrada anterior (aparición de El Fontán en medio de una de Woody Allen, etc.), me pasó uno de sus, al parecer, tests predilectos para cazar falsos lectores. Dice así:
El jefe.― Por cierto, ¿a qué no sabes en qué famosa, famosísima novela francesa del siglo pasado un personaje se limpia el trasero con un "Boletín de Asturias"? Algo que, desde luego, a cualquier lector asturiano no le habría pasado inadvertido…
Yo.― Ah, eh, oh… (absolutamente perplejo). Pues ni idea, la verdad.
El jefe (con sonrisa diabólica y aire triunfal).― Pues nada menos que en "El viaje al fin de la noche". ¿Qué te parece?
Yo (insistente, culpable).― No no, pues ésa la leí, conste, pero no…
Vaya, que me sentí como un crío pillado en falta, la verdad. Ojo: nadie espere una vergonzante confesión. Estoy seguro de, efectivamente, haberla leído, hará unos cuatro o cinco años, en una hermosa edición del Círculo de Lectores (mi único Céline, hasta el momento, pero algo es algo). Por eso, hace un rato, y algo picado, me he sentado con paciencia a pasar páginas (568 en mi edición), movido sobre todo por una curiosidad arqueológica: de aquella, por doctos motivos, siempre leía lápiz en mano, y pensé que, aunque no lo recordara, obligatoriamente tenía que haber marcado un pasaje semejante caso de habérmelo topado. Así fui retrocediendo, del final hacia atrás, comprobando con satisfacción numerosas citas subrayadas, otras marcadas entre titubeantes corchetes, párrafos enteros advertidos por enfáticas dobles líneas verticales. Hasta que llegué a lo siguiente:
Para ser un español colonizador, era sorprendentemente africanófobo, hasta el punto de que se negaba a utilizar en el retrete, cuando iba, hojas de plátano, y tenía a su disposición, cortados para ese uso, toda una pila de ejemplares del Boletín de Asturias, expresamente (p. 231).
Reconozco que me sentí ligeramente desagraviado por el hallazgo, pero no del todo: porque el fragmento, pese a su manifiesta visibilidad (la cursiva es original), no tenía ni la más mínima muesca (subrayado, corchete, línea vertical) de mi código lector de entonces. Ni siquiera un puntito, que era lo que reservaba para las naderías. Desde luego, el regionalismo nunca ha sido lo mío.
Me quedan tres consuelos: uno, que esta precaria investigación sirva para que futuros incautos puedan precaverse del furioso test del jefe, y se libren de sus garras; dos, que a lo mejor este no sabe (o depende de su versión) que un párrafo antes el narrador de Céline le regala al susodicho español todas sus conservas de… “fabada”, nada menos (toma ya); y tres, que el paseo bibliófilo me haya reencontrado con pasajes tan sobrecogedores como éste:
Lo peor es que te preguntas de dónde vas a sacar bastantes fuerzas la mañana siguiente para seguir haciendo lo que has hecho la víspera y desde hace ya tanto tiempo, de dónde vas a sacar fuerzas para ese trajinar absurdo, para esos mil proyectos que nunca salen bien, esos intentos por salir de la necesidad agobiante, intentos siempre abortados, y todo ello para acabar convenciéndote una vez más de que el destino es invencible, de que hay que volver a caer al pie de la muralla, todas las noches, con la angustia del día siguiente, cada vez más precario, más sórdido.
Es la edad también que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. Ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar a la vida: ahí está. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad. ¿Y adónde ir, fuera, decidme, cuando no llevas contigo la suma suficiente de delirio? La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca he podido matar. (p. 252).
Me quedan tres consuelos: uno, que esta precaria investigación sirva para que futuros incautos puedan precaverse del furioso test del jefe, y se libren de sus garras; dos, que a lo mejor este no sabe (o depende de su versión) que un párrafo antes el narrador de Céline le regala al susodicho español todas sus conservas de… “fabada”, nada menos (toma ya); y tres, que el paseo bibliófilo me haya reencontrado con pasajes tan sobrecogedores como éste:
Lo peor es que te preguntas de dónde vas a sacar bastantes fuerzas la mañana siguiente para seguir haciendo lo que has hecho la víspera y desde hace ya tanto tiempo, de dónde vas a sacar fuerzas para ese trajinar absurdo, para esos mil proyectos que nunca salen bien, esos intentos por salir de la necesidad agobiante, intentos siempre abortados, y todo ello para acabar convenciéndote una vez más de que el destino es invencible, de que hay que volver a caer al pie de la muralla, todas las noches, con la angustia del día siguiente, cada vez más precario, más sórdido.
Es la edad también que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. Ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar a la vida: ahí está. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad. ¿Y adónde ir, fuera, decidme, cuando no llevas contigo la suma suficiente de delirio? La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca he podido matar. (p. 252).
1 comentarios:
Touché con lo de la fabada!!! La pena es que me desmontas la trampa, traidorrrr... Ahora sólo me queda preguntar qué famoso novelista inglés ambientó en Asturies una de sus historias y, de paso, por qué la editorial que la publicó en castellano puso en la portada que la acción se desarrolla en la costa vasca... Pero esa ya se la sabe todo dios, no es lo mismo...
Por lo demás, y yendo a lo importante, el fragmento que seleccionas es la hostia, y no sé si me habrás reconciliado con un escritor que me cae, la verdad sea dicha, bastante gordo...
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