25 oct 2008

No lectura





Me había prometido a mí mismo no entrar en una librería hasta no despejar de maleza la mesita, pero claro, la carne es débil, el ser humano contradictorio, el consumismo un rito profano… en fin, que ahora tengo en mis manos un libro (ya le había echado el ojo el otro día en Paradiso) que a primera vista puede parecer de una frivolidad intolerable, pero al que le intuyo no poca miga: se titula Cómo hablar de los libros que no se han leído, lo firma Pierre Bayard, y lo edita Anagrama en la colección “Argumentos”. Si el título ya resulta guasón, el arranque no tiene desperdicio:

Nací en un entorno en que se leía poco, no aprecio en modo alguno esa actividad y, de cualquier forma, tampoco dispongo de tiempo para consagrarme a ella. Sin embargo, a causa de esos cúmulos de circunstancias a los que la vida nos tiene acostumbrados, con frecuencia me he encontrado en situaciones delicadas en las que me he visto apremiado a pronunciarme a propósito de libros que no he leído.

Dado que imparto clases de literatura en la universidad, me es imposible escapar a la obligación de comentar libros que la mayoría de veces ni siquiera he abierto. […] Debido a esas circunstancias que se han convertido en familiares para mí, tengo la sensación de encontrarme en una situación óptima si no para procurar una verdadera enseñanza, al menos para comunicar una experiencia en profundidad como no-lector y emprender una reflexión sobre este tema tabú […]. (p. 11-12)

Nadie se asuste. A pesar de este brutal (aunque algo sospechoso) cinismo preliminar, el libro no es una guía de autoayuda, sino más bien una incisiva teoría de la lectura como “una forma de discontinuidad” (p. 15). La tesis de partida de Bayard es bien simple: que la alternativa leer/no leer no puede considerarse una dicotomía antagónica, ni absoluta, sino más bien como los dos polos extremos de una serie de fenómenos de gradual intensidad (no lectura, lectura de oídas, ojeada, lectura olvidada…). Semejante tesis genera, de hecho, un sistema de clasificación del cual se sirve Bayard a lo largo del ensayo siempre que cita una obra cualquiera, y cuya urgente implantación en blogs, dietarios, reseñas y demás metatextos literarios podría ser reclamada por un manifiesto colectivo a favor de la sinceridad; a saber:

LD, o libro desconocido
LH, libro hojeado
LE, libro evocado (esto es, del que se sabe por otros libros)
LO, libro olvidado


Sistema (nótese la ostentosa ignorancia de un posible LL, libro leído sin más) que se combina con otro más sencillo, relativo ahora a la valoración que le merece dicha obra (pues, en buena lógica, resultaría perfectamente legítimo articular un juicio de valor sobre un libro no leído); dice así:

++, opinión muy positiva
+, opinión positiva
-, opinión negativa
--, opinión muy negativa


El ensayo arranca propiamente tras estos prolegómenos, y aunque no he pasado aún de la primera sección, “Maneras de no leer”, creo que merece la pena avanzar por dónde van los tiros:

I. Los libros que no se conocen. La primera manera de no leer es, obviamente, no leyendo; vaya, negándose sistemáticamente a abrir las páginas de un libro. Bayard ejemplifica esta situación con el bibliotecario de El hombre sin atributos (para mí LE, ++), quien, con el fin de orientarse en el océano infinito de los libros, se prohíbe (casi por prurito profesional) leer ninguno, hecho que supondría una intolerable pérdida de tiempo; en otras palabras, el bibliotecario relega el interés por el “contenido” de la obra individual con el fin de preservar y favorecer el conocimiento de su “situación” en la serie de los libros. Dado que toda elección de lectura es una negación implícita de muchas otras opciones posibles de lectura, este no lector (o lector epidérmico) prima el saber de la “totalidad”, de las relaciones que se producen en el interior de esa totalidad, por encima de la especificidad de los individuos que la conforman. Qué mejor ejemplo que el siguiente:

Yo no he “leído” el Ulises de Joyce [LH, +, pienso yo] y es muy probable que jamás lo lea. El “contenido” del libro me es en gran medida ajeno. Su contenido sí, pero no su situación. Ahora bien, el contenido de un libro coincide en gran parte con su situación. Con ello quiero decir que, en una conversación, no me encuentro para nada desprovisto a la hora de hablar del Ulises, pues soy capaz de situarlo con una precisión relativa en relación con los demás libros. Sé que se trata de una readaptación de la Odisea [LH, ++], que se encuentra vinculado a la corriente del monólogo interior, que su acción se desarrolla en Dublín a lo largo de una jornada, etc. Y así, durante mis clases me refiero con frecuencia a Joyce sin pestañear. (p. 29)

II. Los libros que se han hojeado. El manejo de una cierta “visión de conjunto” no sólo se aplica, prosigue Bayard, a la serie de los libros, sino que vale también para el interior de una determinada obra que puede haber sido hojeada y de la que, por tanto, también se tiene una cierta perspectiva. El artista invitado es, en este caso, Valéry, de quien se citan con exhaustividad diversos ensayos sobre Proust, Anatole France o Bergson en los que, a pesar de dejar bien claro que apenas los ha leído (“apenas conozco un solo tomo de la gran obra de Proust…”, p. 35), el amigo Paul (LE, +) no se ahorra el elogio, la crítica, el juicio. Para Bayard, la razón de este aparente atrevimiento intelectual reside en su concepción de la poética como estudio de las “leyes generales” de la literatura que privilegia no la obra en sí sino cierta “idea” de la obra, aquello que comparte con otras y no tanto lo que la diferencia o individualiza (y esta “poética de la distancia” ha sido y es el teatro clásico de operaciones de la teoría literaria moderna desde los formalistas rusos hasta yo mismo, por supuesto).

III. Los libros de los que se ha oído hablar. Gracias a una morosa revisión del desenlace de El nombre de la rosa, en el que, en efecto, fray Guillermo de Baskerville es capaz de prever todo el contenido del supuesto libro segundo de la Poética aristotélica (LH, ++) a partir, exclusivamente, de lo que ha leído en otros libros, Bayard nos conduce a otro concepto central: el del “libro-pantalla”, en el sentido freudiano (LH, LE, ++) de una construcción mental esencialmente falaz, distorsionada por el recuerdo y las variables circunstancias del supuesto lector que lo evoca:

El segundo volumen de la Poética es análogo a la mayoría de las obras de las que hablamos a lo largo de nuestra existencia, las hayamos leído o no: objetos reconstruidos, cuyo modelo lejano se oculta detrás de nuestro lenguaje y el de los demás […]. (p. 63)

IV. Los libros que se han olvidado. El último capítulo de la sección primera (y hasta aquí hemos podido leer; o sea, LH, ++), está dedicado al olvidadizo Montaigne, quien en sus Ensayos (LH, ++, también) declararía abiertamente su natural tendencia al más absoluto olvido de los libros leídos. Ahora, la tesis parecerá evidente al común de los lectores (o no lectores): “la lectura no es tan sólo conocimiento de un texto o adquisición de un saber. Se encuentra también, y desde el instante mismo en que tiene lugar, implicada en un irrefrenable movimiento de olvido” (p. 64); lo que, más adelante, se denomina “deslectura”:

…ese movimiento incesante de olvido de los libros en el que nos vemos implicados: un movimiento confeccionado a la vez de desvanecimiento y de confusión de las referencias, que transforma los libros, reducidos a menudo a sus meros títulos o a algunas páginas aproximativas, en sombras difusas que se insinúan en la superficie de nuestra conciencia. (p. 72)

[continuará]

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