8 nov 2008

Despilfarro


Hay algo que no va del todo bien cuando, de la edición DVD en dos discos de un reciente y sonadísimo estreno cinematográfico, lo más interesante resulta ser todo el material complementario que aporta esa edición, en vez de la propia película. Me explico.

El martes, de vuelta del médico y tras pasar por la farmacia, pensé que no sería mala idea (ya que estaba un poco pachucho) pasar por el videoclub y dedicar la tarde a ver el cuarto y último, de momento, Indiana Jones. Al final aquel día cambié de planes y la película estuvo rondando por el salón hasta que la vimos ayer, y de hecho no la he devuelto hasta hoy mismo (con el consecuente pastón de recargo, por cierto). Lo bueno y lo malo del asunto es que, si ayer terminé directamente aburrido y ligeramente amoscado con la película en cuestión, hoy en cambio me he pasado una tarde memorable viendo todos y cada uno de los extras (que no son pocos) incluidos en los dos discos, que además del clásico making of ofrecen un montón de mini-reportajes sobre los temas más variopintos (la preproducción y la posproducción, los efectos digitales, la iconografía clásica de la serie...).


Vaya por delante una declaración: no soy, en absoluto, ningún fan mitómano de la serie, aunque tampoco le hice nunca ascos a las aventuras anteriores; ni cuando era un crío, allá por los ochenta, ni luego, más o menos crecidito (todavía recuerdo lo bien que me lo pasé viendo el VHS de La última cruzada, en tiempos ya universitarios, o el mini-ciclo completo que le dedicamos a la trilogía hará quizá un par de años...). Al facilón placer del esquema, impecablemente operativo en todas ellas, esas tres películas aportaban además una irresistible combinación de humor, aventura, exotismo y cinefilia que siempre me proporcionó buenos ratos delante del televisor.


El anuncio del estreno de una cuarta entrega me pareció, por tanto, una buena noticia que agradecí en su justa medida (esto es, como la simple oportunidad de disfrutar una vez más de un modelo narrativo eficaz, incluso sincero en sus fines y sus medios). No llegué a verla en el cine, como era mi intención, pero estaba pendiente de su estreno en vídeo, y de ahí que el otro día, ligeramente nublado por la enfermedad (un territorio anímico inevitablemente ligado a la infancia), recurriera a ella sin dudarlo. Pero confieso que salí algo escaldado, sino muy escamado de la aventura. Cuidado, éste Reino de la calavera de cristal no tiene pegas evidentes: está repleta de guiños para fans, persecuciones trepidantes, ambientaciones cuidadísimas, chistes amables... todos los ingredientes fundamentales, latigazo incluido, de la receta. Pero, más allá de ese irreprochable espectáculo, confeccionado con la mejor piroctenia audiovisual del momento, no pude evitar sentirme timado, o más bien ignorado al menos en tanto cliente -algo tradicional, eso sí- que, más allá de la decoración del plato, espera que le sirvan una verdadera historia (y no un desflecado hilván de escenas tremendas y elipsis tramposas) a la que hincarle el diente.


Esta degradación narrativa (o espectacularización abusiva) del cine contemporáneo de aventuras no es, desde luego, defecto exclusivo de Indiana IV; quien haya tenido paciencia para más de un Piratas del caribe sabe a qué me refiero. Y tampoco nos queda el consuelo de echarle las culpas a Hollywood, o a los americanos; pocas cosas tan fallidas he visto en mi vida como el impecable e infumable Alatriste de hace un par de temporadas (impecable en todo -escenografía, vestuario, ambientación, efectos...- excepto en aquello en que debería serlo: en tanto relato).


Lástima si ése es el futuro que nos aguarda a aquellos que, ingenuamente, seguimos anhelando que nos cuenten una y otra vez la historia del héroe. La Odisea es, qué duda cabe, un extraordinario conjunto de aventuras y escenas que, tomadas aisladamente, ofrecen no poco interés; pero esas secuencias sólo son eso, secuencias; La Odisea que nosotros apreciamos y amamos no existiría si todo ese rosario narrativo no estuviera al servicio de un anhelo mayor que lo guía, lo hilvana, le da sentido y valor al trascenderlo. Llámese Ítaca, o llámese El reino de la calavera de cristal, el relato de aventuras debe conceder a su lector alguna máscara posible del deseo, y debe hacerlo estremecerse en el fatigoso proceso de su consecución; pues, de lo contrario, lo relegará al estatuto simplón y hueco del espectador de un instante, hurtándole el placer de consumir todo un tiempo. El tiempo en que se consuma esa espera.


Por eso ver los extras de este Indiana es asomarse a una aventura mucho más humana, intensa y conmovedora que la propia película: la aventura de observar, paso a paso, cómo el talento, el ingenio, la inteligencia y el tesón de cientos de personas (a la par que no pocos millones de dólares, imagino) son puestos al servicio de un fin acaso indigno de semejante esfuerzo. La aventura de un despilfarro colosal. O de un absurdo -otro más- afán.




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