5 nov 2008

La pelota en mi tejado



Cuando se publicó La falsa memoria, allá por junio, ya me imaginaba sin excesiva melancolía que, por muchas razones (la modesta editorial, la escasa tirada, la casi nula distribución…), esa pequeña obrita nunca contaría con gran número de lectores, más allá de aquellos a quienes yo mismo ―a causa de indisolubles compromisos de familia, amistad o profesión― situara, por medio del correspondiente regalo de un ejemplar, en la delicada obligación moral de hacerlo.

Lo que entonces no podía imaginar es que, a cambio, tendría la fortuna de recibir lecturas tan atentas como la que desgranó en su día, y volante en mano, Javier R. (acaso la primera que, más allá de los complacientes círculos del cariño, consiguió inspirarme algo de confianza), como aquella otra, perlada de guiños, que me remitió poco después al correo electrónico nuestra querida Natalia C., o como la generosa reseña que, por último (y hasta cierto punto a causa de ésta última), hoy mismo ha querido publicar Ricardo M. S. en las páginas de El comercio.

Lo siento si parece falsa modestia, pero cuesta creerse digno acreedor de tales gestos. Aunque, en todo caso, me han devuelto con creces la moneda: ahora soy yo quien se ve en la delicada obligación moral de seguir mereciendo sus lecturas.

Veremos.

1 comentario:

Xandru Fernández dijo...

Ye too merecío. Pero agora yá sabes, a cumplir... ;)