19 dic 2008

ciao



Dentro de un rato salgo del instituto, y de ahí me largo directamente para Roma, con el beneplácito (dudoso aún) de Iberia. Por delante, una larga tarde de aviones y aeropuertos, que nunca dejan de inquietarme.


Tampoco tuve tiempo de preparar bien la mochila literaria. Como no me voy a llevar a Proust (seguro que no me lo dejaban colar de equipaje de mano, con lo que pesa) y ando escaso de conocimientos sobre novelística romana (de y en Roma, entiéndase), recurro a un par de clásicos italianos de los muchos pendientes: Senectud (o Senilidad) de Svevo, y el dichoso Desierto de los Tártaros de Buzatti (no sé si lo escribo bien). Javier R. me ofrece alternativas, pero no llegan a tiempo. En la estantería descubro a Catulo. Por qué no. Total, son cuatro días, y mucho paseo.


R. se acuesta afónica y acatarrada, yo me levanto agotado y mareado (y ella sin novedad). La verdad, lo que teníamos que hacer era pasarnos dos días seguidos durmiendo, a ver si espabilábamos del fin de trimestre, que se nos ha hecho inexplicablemente largo y comprensiblemente farragoso. A última hora especialmente. El domingo comí en casa por última vez, y no volveré a hacerlo hasta el viernes que viene. Además, ahora me pasan cosas que no me pasaban antes: por ejemplo, me enfado en el trabajo. Me ofende la ineptitud y el derrotismo de supuestos colegas, paternalistas y arbitrarios. Me apetece ponerlos a parir. E incluso lo hago. Será el tiempo.
Hoy, al menos, sonríe el sol. Ojalá que dure, y me ahorre despegues o aterrizajes con turbulencias (y, de paso, ansiolíticos).
Siempre he querido ver el Coliseo.


1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Buen viaje!

Los paseos, bien dices, interminables por Roma. No recuerdo el dicho que tienen pero es cierto (Roma è molto stanca, o algo parecido), creo que nunca caminé más que cuando estuve allí.

El "sono proprio stanco", debe ser inevitable al terminar un día romano.

Un abrazo.