Alguien debería escribir algún día, si es que no lo ha hecho ya, una Crítica de la razón turística (que yo subtitularía El malestar en el viaje), uno de cuyos capítulos centrales tendría que tratar necesariamente la ontología de la imagen fotográfica como acto performativo. Porque, de entre los distintos usos domésticos de la fotografía (el retrato de amigos o parientes o la captura de eventos familiares son usos domésticos en la medida en que este adjetivo, a falta de otro mejor, se opone a las prácticas profesionales del fotoperiodismo, la fotografía de moda, la fotografía “artística”…), la performatividad turística destaca, sin lugar a dudas, como el proceso más fascinante, rico y complejo de todos ellos.
El otro día, antes de volar a Roma, encontré en el kiosco del aeropuerto (azar o destino) los ensayos Sobre la fotografía de Susan Sontag, que sólo conocía de oídas. En mis tiempos académicos leí algunos pocos, pero quiero creer que buenos, libros o ensayos sobre cine y, por extensión, sobre la imagen en general y la fotografía en particular, por ejemplo las Veinte lecciones sobre la imagen y el sentido de Gauthier, La cámara lúcida de Barthes, famosos artículos de Bazin, Lotman, González Requena o Román Gubern… páginas todas ellas que he olvidado felizmente, pero que me han dejado en herencia una intermitente curiosidad sobre el tema que hoy día, y en todo caso, es ya de orden más vital que intelectual.
Quizá por eso, o quizá porque volaba a la Ciudad Eterna (ay, qué gusto el tópico) pertrechado de mi reciente cámara réflex, o quizá porque desde que volé por primera vez (con destino a Londres, y agarrado a la Semiología de la obra dramática de Carmen Bobes como un náufrago a un madero) la lectura ensayística ha actuado en mi organismo como un potente ansiolítico natural, el caso es que me compré el librito, y lo hojeé con relativa fruición tanto a la ida como a la vuelta, subrayando párrafo tras sintagma, asintiendo con frecuencia, olvidado del disparate de estar allí sentado confortablemente sabe dios a qué altura y qué velocidad (propongo como capítulo inaugural de la susodicha Crítica un análisis del ritual aeroportuario como factor primero de malestar turístico, desorientación laberíntica, vía crucis posmoderno –facturación, control, puerta de embarque, embarque, despegue, aterrizaje, desembarque, baggage claim…- o lo que fuere).
No obstante, no voy a acudir a Sontag más que para copiar de memoria una frase de Zola que ella cita literalmente, y que diría así: “hoy en día no se puede decir que no se ha visto algo hasta que no se ha fotografiado”. Tal es, en esencia, la definición de la fotografía turística como acto performativo: un enunciado (la toma fotográfica) que vale como acontecimiento (el acto de ver), o que más bien lo suplanta. Diríase que, conmovido por una oscura angustia o malestar, el turista se siente incapacitado para ver un espectáculo memorable si no es mediante apoyaturas tecnológicas que no sólo certificarán, en el futuro, el hecho innegable del haber estado allí (Barthes) sino que también confirman ya, gracias a los visores de las cámaras digitales (que hoy día todo el mundo consulta de inmediato, tras tomar la imagen), nuestra indiscutible contigüidad espacio-temporal con dicho espectáculo; una fe de vida, presente y futura.
Sólo así se entiende la fascinante tensión comparativa que, en la mente del turista, se establece entre la foto ajena y la foto propia. Está fuera de toda duda que los turistas hacen (hacemos) las fotos que ya han (hemos) visto: cualquier turista que fotografía el Coliseo, o el Partenón, o la Torre Eiffel, ha contemplado hasta saciarse, a lo largo de su dilatada historia icónica, imágenes ajenas de ese espectáculo. Sin embargo, no podrá resistir la pulsión de tomar la suya propia, y de hecho sólo sentirá que el espectáculo es verdadero, real, si tal hace, porque sólo así se sentirá relativamente seguro de estar viéndolo, en el presente, y de haberlo visto, en el futuro. En otras palabras: la imaginación turística escinde el universo de la imagen fotográfica en dos universos irreconciliables desde el punto de vista de su ontología y su valor de verdad como enunciados pertinentes sobre el mundo: mientras la imagen ajena es una imagen incierta, acaso sospechosa, o en todo caso de veracidad relativa, la imagen propia se arroga una aplastante potencia autentificadora cuyo radio de acción, en cambio, es inversamente proporcional a la amplitud de dicho efecto (ya se sabe: familiares y amigos pacientes, y poco más).
Ay, entonces, del meta-turista, o del turista self-conscious, aquel perplejo ser que no sólo ejerce de tal sino que se sabe íntimamente tal e íntimamente se repudia como tal. En vano realizará descabellados esfuerzos por burlar la convención: juzgará con ironía los puestos de souvenirs, arrugará la nariz ante los anuncios de restaurantes "típicos", o esbozará una mueca burlona a la vista de los cientos de cabezas que se alzan para contemplar las magnificencias de la Capilla Sixtina o la cúpula del Panteón; y que, en correspondencia, tomará sus propias fotografías con un gesto de simulado desdén, o en todo caso intentará maquillarlas (maquillar su pura y esencial función performativa) por medio de encuadres excéntricos, juegos con la luz, angulaciones efectistas, composiciones llamativas, creyendo así superar su despreciable estatuto de turista y sustituirlo por el más excelso -e intelectualmente digno- del fotógrafo aficionado. Ay de él porque él, más que ninguno, estará incurriendo en la dolorosa contradicción de excluirse incluyéndose, de excentrarse centrándose, de negarse afirmándose.
Y porque volverá no sólo agotado, arruinado y con problemas de estreñimiento (hasta ahí todo normal, todo muy turístico) sino, para colmo, moralmente extenuado.
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