
El otro día, al ocupar el asiento trasero de un taxi, descubrí para mi sorpresa que tenía ante mí (instalado en el respaldo del asiento delantero) una pantallita, un LCD de no más de diez o quince centímetros que no paró de bombardear imágenes publicitarias durante todo el trayecto. Ignoro si se han generalizado ya, pero lo cierto es que aquella noche tuve que coger otro taxi y hete aquí que me la encontré otra vez; o era el mismo vehículo (el conductor no, desde luego) o han empezado a proliferar sin remisión.
Dejando aparte el tufillo distópico que siempre me han provocado las pantallas instaladas en sitios inesperados (al menos hasta que la costumbre atempera el susto), lo que me fastidió de estas dos fue el hecho de que, instintiva e invariablemente, mi mirada se sintiera atraída una y otra vez, durante ambos recorridos, por sus mágicos efluvios pixelados (la mirada siempre quiere mirar), distrayéndome así de la ocupación habitual en que suelo entretenerme cada vez que subo a un coche, y de la que nunca había sido tan consciente, en realidad, hasta ese día en que otro estímulo vino a sustituirla: mirar por la ventanilla.
Esta claro (digo yo) que el cerebro no funciona siguiendo leyes tales como la progresión lineal o la proporcionalidad, sino más bien a base de violentas revoluciones copernicanas que, de pronto, dan ilación a toda una secuencia de material disperso hasta entonces por el trastero de las neuronas proporcionándonos una suerte de repentina iluminación (una epifanía, una verdad) de cuyo esplendor dudo que seamos verdaderos responsables, pero sí al menos atónitos y felices beneficiarios.
No de otro modo descubrí, gracias a esas casuales pantallitas de un taxi, la importancia que en mi biografía real, estética e imaginaria han tenido siempre las ventanillas. El primero de esos datos dispersos que me vino a la cabeza fue una breve escena de un relato que había estado corrigiendo la tarde anterior, al que de inmediato siguió el recuerdo de otras muchas escenas de otros tantos relatos más o menos extensos, más o menos terminados o incompletos en los que, una y otra vez, comprendí que había introducido lo que, a fuerza de reiteración, casi admite ya cursiva y nombre propio: La escena de ventanilla.
En abstracto, la cosa tiene poco interés, soy consciente. Los ingredientes son básicos (un personaje, sentado en un coche, observa el cambiante paisaje al otro lado del cristal) y su función varía según qué texto. En el último que he terminado es casi obsesiva. En el anterior, decisiva. En La falsa memoria, si no la recuerdo mal, se repite por lo menos en una ocasión, y en otra se sustituye por una ventanilla de avión. Cuanto más retrocedo, más ejemplos encuentro.
Si hiciera falta explicarse, cosa que dudo, supongo que no haría falta más que recurrir a mi propia biografía de usuario de autobuses urbanos, de autocares interurbanos, y de copiloto perpetuo en taxis, coches ajenos y coche propio (porque, aunque legalmente pueda, nunca lo conduzco). Si Carmen Bobes nos explicaba en la facultad cómo Charles Mauron había detectado en Mallarmé ciertas metáforas que denominaba “obsesivas” por su reiterada construcción de un cierto “mito personal”, por qué no voy a permitirme yo la petulancia de hacer lo propio en carne propia. Total… (Al jefe, por ejemplo, dice él ―si entendí bien el prólogo a sus Entierros― que le pasa con los cuervos. Pues ya somos dos.)
Bien mirado (je) el mundo visto desde una ventanilla tiene pinta de ser un lugar relativamente confortable, por más que brumoso. Y que provoca en su espectador no diré que indiferencia, pero sí al menos cierta dosis no sé si de sana o malsana ajenidad. Lo que sucede al otro lado de una ventanilla no va del todo con nosotros. Nos puede conmover, pero apenas abstracta o teóricamente. No nos duele, porque no nos toca. Y además, porque cambia de continuo, muta a cada instante; allí, en el plano móvil del cristal, nada perdura demasiado; un disco en rojo, todo lo más. Mejor aún, el espectador se sabe tal, y no partícipe. Puede relajarse por el tiempo que dure el trayecto; puede prolongar la ficción de habitar ese universo estanco, esa burbuja, como si ocupara un acuario en movimiento o una cárcel transparente y mullida.
Creo que era Burch en El tragaluz del infinito quien aventuraba hasta qué punto la experiencia de la ventanilla, en este caso la del tren, podía asimilarse (como jalón previo en la Historia de la mirada) al nacimiento del cinematógrafo. Javier R. me recordaba el otro día, hablando precisamente de esto, la perseverante semiótica del reencuadre. Yo quisiera estar imaginando no una genealogía, o una estética, sino más bien una moral.
Y ya puestos a ser impúdicos, voy a concluir con un caso práctico: un poema de ventanilla, que así se gestó y así ha perdurado para siempre en la memoria. Nos vemos.
Composición de lugar [2003?]
Curioso cómo se tiznan los lugares:
hay cierta calle en mi ciudad que no puedo cruzar
sin ligero remordimiento.
Hay cierta esquina en que no puedo dejar de ver
determinado rostro.
Cierto parque, ciertas palabras.
Curioso cómo se manchan los lugares
ya sin remedio
cubiertos por una capa,
una ligera película
o una careta
de rostros, remordimientos, ciertas palabras.
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