19 feb 2009

distancia corta

Mi abstinencia febril estos días del trabajo (de mañana no pasa, para que no se diga del funcionariado) me ha impedido seguir y concluir una de esas clases que, con cierta frecuencia, le permiten a uno reconciliarse con la docencia: una sesión de comentario, con un grupo de 3º ESO, de la película Excalibur, de John Boorman (1981), que vimos en parte porque ahora les toca (cosas del temario) adentrarse en el espinoso territorio de la literatura medieval y de la épica en particular (sí, ya sé que para hablar de Mio Cid anda traído por los pelos, pero no voy a ponerles la de Charlton Heston…).

Si no a ellos, esa clase me estaba sirviendo al menos a mí para volver a comprender y apreciar la grandeza de una historia protagonizada por simples hombres y mujeres (Arturo, Ginebra, Lanzarote) que, por encima de sus deseos, pasiones y sentimientos poderosa y estrictamente humanos, se ven abocados al arduo papel de soportar y defender con dignidad (yo creo que ése es el tema mayor, así como su amenazante reverso: la indignidad) su rol de reyes, de esposas de reyes, de primeros caballeros de un rey. De esa tensión surge todo el drama del triángulo amoroso, el drama de la culpa que unos y otros arrastran, el drama de las mentiras que alimentan la destrucción, de las palabras que anticipan o crean retrospectivamente el desastre. Porque acaso la gran virtud del film de Boorman sea, gracias o por culpa de su forzosa compresión temporal (resumir los cientos de páginas de Malory en poco más de dos horas de metraje es una buena locura), su capacidad para restaurar esa dimensión trágica del conflicto, cuya tensa arquitectura se aprecia mucho mejor en la distancia corta de los tres actos.

Y ahora, voy a hacer unos frixuelos (que tengo que recuperar energías).

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