18 feb 2009

Fiebre


Una vez, cuando tenía ocho meses, estuve a punto de morir. O casi lo hice, más bien, a causa de un desmayo febril que, después de horas bordeando los 40º, me dejó sin respiración, con los ojos en blanco y los labios repentinamente amoratados. Y acaso lo hubiera hecho del todo (morirme, me refiero) si mi padre, según me ha contado tantas veces, no se hubiera puesto a hacerme el boca a boca y no me hubiera traído de vuelta de donde fuera que yo estuviera gracias al impulso resurrector su aliento.

Después de aquel primer episodio, mis padres vivieron siempre mis crisis febriles con evidente angustia e impotencia, ya que habían sido advertidos por algún desaprensivo o alarmista médico que, de repetirse con semejante virulencia, yo podía sufrir daños cerebrales irreparables (a saber si no los sufrí en verdad, ahora que lo pienso…). En mi recuerdo las sesiones de fiebre (que fueron muchas hasta casi la adolescencia, por culpa de la garganta) han quedado grabadas como verdaderos combates contra el termómetro, cuyos tozudos guarismos eran contraatacados por todos los medios imaginables, fueran los paños húmedos, las aspirinas con azúcar o el más cruel de todos ellos: la bañera de agua tibia. Todavía recuerdo la inflexibilidad con la que, mientras yo permanecía tumbado sobre la cama recorrido por los escalofríos, ellos (mi padre y mi madre) me destapaban, me desnudaban, o me sumergían en la bañera: todo, lo que fuera, con tal de bajar aquel maldito termómetro. Hasta que una mañana de pronto el cuerpo se deshacía en oleadas de sudor, empapando los juegos de sábanas y los sucesivos pijamas, y la fiebre desaparecía, dejando ese curioso regusto barroso en la lengua y el cuerpo, cómo no, absolutamente molido.

Desde entonces, siempre he reaccionado con especial intensidad y prontitud a los mínimos síntomas de fiebre. Al principio de nuestra convivencia a R. le hacía gracia que, con apenas décimas (y sin falta de consultar el termómetro), me declarara febril, y cancelara de inmediato todo plan o actuación para dejar que, mientras yo me tumbaba en la cama o el sofá, mi cuerpo librara sin interferencias su renovada batalla de temblores, escalofríos, dolor de articulaciones, pesadez ocular, etc. Tampoco debió de ser casualidad que, en el punto álgido de mis ansiedades y pánicos de hará un par de años, mi organismo somatizara no de otro modo que temblando de escalofríos similares a los febriles. El homeópata con el que terminé consultando, desengañado de la terapia química, estaba convencido de que tenía que haber algo en mi vida cuyo recuerdo fisiológico suscitara semejantes crisis; pero sólo cuando dejé de visitarlo (desengañado también de tanta lecitina de soja) comprendí que nunca le había contado mi moribundo episodio infantil; ahora estoy seguro (la homeopatía es una medicina altamente poética) de que, de haberlo sabido, no habría dudado en hacerlo responsable de mi desquiciada situación, como si el cuerpo tuviera memoria de aquel primer episodio y, ante la posible o sólo teórica repetición de un mismo efecto (esto es, ante una idéntica amenaza de la muerte, que eso y no otra cosa es un ataque de pánico), generara el escenario fisiológico que lo había arrastrado a ese extremo treinta años atrás.

Ayer, nada más comer, y sin falta de termómetro, supe que había vuelto. Al principio era apenas un grado; hacia las ocho había llegado a 39º; esta mañana ya he dejado la cama chorreando, y ahora estoy aquí, en el sofá (no he podido ir a trabajar), desmadejado como una marioneta sin hilos. Cuidado: sé bien que lo anterior es demasiado literario para ser cierto; además, quién no ha tenido un catarro o una gripe este puñetero invierno…

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola,

Joer, me siento identificado con esa obsesión por la fiebre, los escalofríos previos son lo peor, me sacan de quicio. También estuve con el cerebro medio hirviendo de pequeñín (¿4 ó 5 años?), a 41
Celsius y tras no sé cuántas pruebas no me encontraron nada. Como vino se fue. Luego he tenido dos veces la misma fiebre voltaica sin causa subyacente conocida, que dirían en House.

La última gorda fue con una varicela extemporánea, a los 28, pero bueno ahí uno tiene donde agarrarse, sabe a qué se debe.

Y lo de la garganta, madre mía, radiografías nasoscopias o como se llamen, antiobióticos como caramelos, etc.

Un abrazo.

Ismael Piñera Tarque dijo...

Mmm, qué envidia, querido Roberto, 41º es una verdadera machada que ni en sueños he rozado...

Siempre nos queda el consuelo de cavilar, conspirativa teoría mediante, si no seremos parte de un oculto proyecto brainstorm para el análisis conductual de cerebros, como bien dices, recalentados. Una suerte de Pueblo de los malditos en versión fiebre. Igual un día nos reuniremos todos en feliz hermandad y tomaremos el mundo.

Por cierto, estoy totalmente en contra de tu repudio sin concesiones del escalofrío, un fenómeno de sensual laxitud que aúna placer y dolor a partes iguales. O igual es que me está subiendo otra vez...

Abrazos

Anónimo dijo...

Ahí tienes argumento para una novela, "The Boiled Brains" o algo así, oye, regístralo antes de que lo rapiñe Dan Brown. Una intriga mesetario-cantábrica irresistible, un pelotazo asegurado.

Un saludo.

Xandru Fernández dijo...

Creí que era la pierna, que se te había complicado. Para vivir auspiciados por el dichoso Cristo, estamos hechos un idem, colega. Pues nada, a sudar, pequeño Hans Castorp. Un abrazo.

Ismael Piñera Tarque dijo...

Razón llevas, jefe. Del susodicho sintagma nominal que nos auspicia (un decir) casi que nos quedamos con el adyacente: ¡Socorro!

Miguel Barrero dijo...

Pues que te recuperes pronto, míster. Seguro que, en el fondo, te vienen bien unos pocos días de reposo, aunque sean con fiebre.