No pretendo presumir, pero en el año 2001 no todo el mundo sabía bien qué era un blog, ni mucho menos para qué podía servir tenerlo. Yo lo descubrí leyendo los artículos sobre Internet e informática que publicaba en El Semanal el escritor Ramón Buenaventura, y pensé de inmediato que aquella podía ser la solución.
¿A qué? Pues a algo que yo sabía que estaba pasando, pero me negaba a reconocer o, mucho menos, aceptar. En el año 2001 iba ya para tres años que nos habíamos licenciado en Filología Española, sección Literatura (somos la promoción del 98) y, ahora que cada uno andaba ofuscado en sus propios asuntos (R. y yo en nuestro doctorado, Nerón en su carrera centroeuropea, Tal con sus prácticas de plumilla, Re en Madrid simulando estudiar teatro…) se había hecho casi imposible lo que, hasta hacía no tanto, fuera cotidiano: vernos, tomarnos cafés, fumarnos decenas de cigarrillos al unísono, charlar y reír al hilo de cualquier asunto.
Entonces leí aquel artículo sobre un tal blogger, entré, y creé un sucedáneo virtual de lo diarios colectivos que siempre habíamos escrito juntos (unos siete tomos ya casi ilegibles y a buen seguro incomprensibles que, a la vuelta de los años, hemos acabado custodiando precisamente nosotros… por ahí están, en un baúl de madera, en el piso de abajo). Yo lo creé, y ellos vinieron. Cada uno desde donde podía o debía (la redacción plumilla, un hotel alemán, un ciber rumano, yo mismo desde el salón de mis padres) y, por un instante mágico de apenas seis meses, poco más o menos, volvimos a charlar casi a diario, volvimos a hacernos las mismas bromas, volvieron a arder las palabras entre nosotros como un fuego inextinguible. No fue en vano, pero no fue así. Las últimas entradas de ese blog, que aún se puede consultar, son apenas destellos de un faro solitario en el silencio del océano. Llamadas a las que nadie, ni siquiera yo mismo, respondió.
Hoy, movido a saber por qué curioso mecanismo, he tecleado de nuevo esa dirección blogger, y me he llevado el susto de descubrirnos otra vez, como si nada hubiera pasado: ahí estamos todavía, aún frescos y jóvenes, congelados para siempre en un instante mágico que, ahora lo entiendo, late con la rabia de un estertor. Por supuesto, no todos hemos perdido contacto. Ahí sigue Tal, ahora casado y pater familias, con quien nos vemos no demasiado pero sí lo suficiente, creo, como para seguir queriéndonos. El destino ulterior de Nerón, en cambio, es un misterio apenas solventado por las casualidades del Facebook. Tampoco pasa nada, o nada grave. Pero recuerdo que en su día costó asumirlo, costó aceptar que la vida (y nosotros, con ella) hubiera doblado esa esquina decisiva al otro lado de la cual nos aguardaba el futuro (aun cuando ignoráramos que sería este futuro) pero a cuyas espaldas se quedaba, también, aquel pasado.
La única vez que, hasta hoy, traté de contarme ese giro, escribí uno de esos cuentos que nunca nadie más que R. ha leído, ni tendría por qué hacerlo. Lo titulé “El cuento más triste”, y a estas horas de la madrugada no me importa copiar aquí alguno de sus párrafos quizá con el único fin de que, dentro de otros siete u ocho años, ese yo que -con un poco de suerte- me aguarda al otro lado del tiempo recuerde su segundo blog, y se pase un rato charlando con los muertos.
[…] cuatro o cinco personajes se reencuentran tras largo tiempo, charlan, toman algo entre pregunta y respuesta, un par de horas a lo sumo que transcurren hasta la despedida —con las consabidas promesas de próximos reencuentros, llamadas o citas que no tendrán lugar por inercia o por pereza—, y una verdad final que se eleva poco a poco en medio de todas esas ruinas: la conciencia, palpable en toda su brusca realidad, de haber asistido al vuelo irreparable de las últimas trizas de un largo y cálido sueño.
¿A qué? Pues a algo que yo sabía que estaba pasando, pero me negaba a reconocer o, mucho menos, aceptar. En el año 2001 iba ya para tres años que nos habíamos licenciado en Filología Española, sección Literatura (somos la promoción del 98) y, ahora que cada uno andaba ofuscado en sus propios asuntos (R. y yo en nuestro doctorado, Nerón en su carrera centroeuropea, Tal con sus prácticas de plumilla, Re en Madrid simulando estudiar teatro…) se había hecho casi imposible lo que, hasta hacía no tanto, fuera cotidiano: vernos, tomarnos cafés, fumarnos decenas de cigarrillos al unísono, charlar y reír al hilo de cualquier asunto.
Entonces leí aquel artículo sobre un tal blogger, entré, y creé un sucedáneo virtual de lo diarios colectivos que siempre habíamos escrito juntos (unos siete tomos ya casi ilegibles y a buen seguro incomprensibles que, a la vuelta de los años, hemos acabado custodiando precisamente nosotros… por ahí están, en un baúl de madera, en el piso de abajo). Yo lo creé, y ellos vinieron. Cada uno desde donde podía o debía (la redacción plumilla, un hotel alemán, un ciber rumano, yo mismo desde el salón de mis padres) y, por un instante mágico de apenas seis meses, poco más o menos, volvimos a charlar casi a diario, volvimos a hacernos las mismas bromas, volvieron a arder las palabras entre nosotros como un fuego inextinguible. No fue en vano, pero no fue así. Las últimas entradas de ese blog, que aún se puede consultar, son apenas destellos de un faro solitario en el silencio del océano. Llamadas a las que nadie, ni siquiera yo mismo, respondió.
Hoy, movido a saber por qué curioso mecanismo, he tecleado de nuevo esa dirección blogger, y me he llevado el susto de descubrirnos otra vez, como si nada hubiera pasado: ahí estamos todavía, aún frescos y jóvenes, congelados para siempre en un instante mágico que, ahora lo entiendo, late con la rabia de un estertor. Por supuesto, no todos hemos perdido contacto. Ahí sigue Tal, ahora casado y pater familias, con quien nos vemos no demasiado pero sí lo suficiente, creo, como para seguir queriéndonos. El destino ulterior de Nerón, en cambio, es un misterio apenas solventado por las casualidades del Facebook. Tampoco pasa nada, o nada grave. Pero recuerdo que en su día costó asumirlo, costó aceptar que la vida (y nosotros, con ella) hubiera doblado esa esquina decisiva al otro lado de la cual nos aguardaba el futuro (aun cuando ignoráramos que sería este futuro) pero a cuyas espaldas se quedaba, también, aquel pasado.
La única vez que, hasta hoy, traté de contarme ese giro, escribí uno de esos cuentos que nunca nadie más que R. ha leído, ni tendría por qué hacerlo. Lo titulé “El cuento más triste”, y a estas horas de la madrugada no me importa copiar aquí alguno de sus párrafos quizá con el único fin de que, dentro de otros siete u ocho años, ese yo que -con un poco de suerte- me aguarda al otro lado del tiempo recuerde su segundo blog, y se pase un rato charlando con los muertos.
[…] cuatro o cinco personajes se reencuentran tras largo tiempo, charlan, toman algo entre pregunta y respuesta, un par de horas a lo sumo que transcurren hasta la despedida —con las consabidas promesas de próximos reencuentros, llamadas o citas que no tendrán lugar por inercia o por pereza—, y una verdad final que se eleva poco a poco en medio de todas esas ruinas: la conciencia, palpable en toda su brusca realidad, de haber asistido al vuelo irreparable de las últimas trizas de un largo y cálido sueño.
O quizá mejor ensueño; pues poseía la blanda comodidad de aquellos, pero, al tiempo, no toda su burbujeante fantasía. Era el ensueño que a veces nos habita durante años, meses o sólo horas —depende de su tenaz o tímido mantenimiento— y nos hace creer, al fin, que es posible amueblar un rincón del mundo con caras amables, tardes perezosas en las que el reloj se olvida de sí, conversaciones pobladas de entendimiento, injustificada alegría y, por qué no decirlo —por qué no convocar aquí esa gran palabra que siempre parece dada de sí—, felicidad. Pues quienes se reúnen en esa historia —el cuento más triste— son viejos amigos, amigos que lo fueron con gran intensidad y dedicación una época y ahora se reencuentran sólo para asistir, algo impávidos, a los últimos coletazos de su historia en común. Una historia que aún humea de vez en cuando y de vez en cuando aún arroja un cierto penacho sobre la mesa, pero la conversación que se sucede abruptamente durante esas dos horas —a lo sumo tres, si la sobremesa se extiende; no parece posible, de todas formas— es ya más un recuento, una larga sucesión de entradas enciclopédicas —la cronología, historia y geografía de los últimos meses de cada uno—, o un fútil ir y venir de preguntas e incisos que en nada se parece ya a las animadas tertulias de hace no tantos años. Cada vez van sabiendo menos —y no más, como sería de esperar— los unos de los otros, cada vez son más extranjeros en esa mesa que se ensucia progresivamente con los restos del primer plato, la ceniza, los vasos de vino, el segundo plato. Llegará un día, empiezan a intuirlo, en que el grosor y extensión de esas autobiografías de sobremesa les pesará en exceso, y desaparecerán entonces las ganas de contar y escuchar. Ese día será, probablemente, el último, y se acerca. Hoy todavía se agotan y se afanan rellenando huecos, completando informes —he estado en, he visto a, he leído que—, y solicitando lo propio del resto, quizá ya más por educación que por auténtica curiosidad. Por eso se echan el humo de los cigarrillos a la cara mientras ofrecen recuerdos o confeccionan precarios estados de la cuestión —qué es de Fulano, qué de Mengano—, quién sabe si, entre tanto, no repasan mentalmente lo que harán cuando se levanten y cada uno siga su día por donde deba seguirlo.
Lo que no cabe —si no como mero pasatiempo o fantasía, como sueño entonces— es urdir soluciones; porque la tarde se agrisa ya tras el cristal, los platos del postre y las tazas de café están vacías y en el cenicero anegado no hay sitio para un cigarrillo más. Por eso se levantan, pagan la cuenta, se dan un abrazo o un par de besos en las mejillas —hay quien ya ni se toca, quizá por miedo a romper el cristal invisible que los separa— y se prometen, inútilmente, llamarse, escribirse, verse más a menudo.
Olvidan que llevan haciendo eso años. Haciendo promesas que no cumplirán. Por eso es el cuento más triste […].
1 comentario:
Si es triste, sí...
Publicar un comentario