Un coyuntural y nada dramático alejamiento del cajetín de blogger (falso: yo siempre escribo en word) no significa ni mucho menos haber dejado de pensar en términos post (sustantivo, no prefijo ambicioso). Por ejemplo:
Razón de ser. Siempre que pienso en la ulterior razón de ser de un blog como éste me acuerdo (la memoria es caprichosa, y hay que aguantarse con lo que toca a cada cual) de las palabras con que Barthes abría La cámara lúcida abogando por una ciencia del sujeto, una mathesis singularis (creo que es el latinajo exacto que usaba), un discurso cuyo exclusivo escenario de argumentación fuera el del yo. La blogosfera es una infinita biblioteca de ciencias subjetivas, de singulares arqueologías del gusto: una enciclopedia de talla borgiana y trascendencia aún más insignificante. Pero por eso mismo.
Inocencia. El primer blog personal que creé se titulaba "Descubriendo América", y la única entrada que allí escribí razonaba el derecho radical que aún tenemos ( si logramos evitar que la ironía, la autoconsciencia, la metadiscursividad o la doblez paródica nos lo robe definitivamente) a reinventar el mundo a cada ocasión; el derecho o, mejor, la ineludible necesidad de (sic) “dejarnos llevar por el arrebato y la ventolera y escribir historias de amor imposible, canciones con estribillos en SOL, DO, RE: derecho a descubrir américas, a llamarlas América, a trazar su perfil en un mapa como si nunca ni nadie antes, y (por último y por supuesto) a sentirnos tremendamente satisfechos con nosotros mismos después de hacerlo”.
La asfixia que producen los Diarios de Kafka, la asfixia equiparable que producen los devaneos eternamente frustrados de Konrad, el perseguidor que protagoniza (dicta, más bien) La calera de Bernhard: la ardua nostalgia de la intrepidez, precisamente, cuando uno evalúa el déficit entre –por un lado- su horario, sus condiciones físicas y morales y sobre todo (dejándose de excusas) su tesón, y -por otro- la permanente latencia insatisfecha de sus afanes.
El curioso desequilibrio entre mi atrevimiento y mi ignorancia a propósito de la inefable remezcla de unas maquetas caseras por parte de quien menosprecia abiertamente informarse, como es debido, de la ingeniería musical que sería pertinente dominar (trasládese por igual al uso atolondrado de una cámara réflex, por citar otro evidente).
Cuánto disfruto del James de Lo que Maisie sabía o la última antología de cuentos con que me hice (Los amigos de los amigos et al., Siruela), pero cuánto me ha aburrido, hasta tener que abandonarlo (y hacía tiempo) en La fontana sagrada.
Volver a ver Yo, Claudio.
Banville explicando que, como Banville, escribe a mano pero que, como Benjamin Black, escribe a ordenador. Yo pensando que, como estudiante, escribo en Times new roman; que, como literato, escribo en Garamond; que, como bloguero, escribo en Georgia.
(El último libro que abandoné fue El mar, de Banville. Básicamente porque me di cuenta de que llevaba meses plagiándolo sin saberlo, y no quise leer el final que aún no había escrito yo. Sigo sin hacer ambas cosas.)
El libro de cuentos que ahora me gustaría escribir, y cuyos inicios me dicto: Ella siempre está oyendo ruidos; Este hombre que permanece recostado en el sofá no duerme, ni ha muerto, sólo está quieto; Toda su vida lo habitó la certeza de haber contemplado un escenario imperfecto; Esta historia tendrá, por desgracia, un final francés.
Qué es el estilo (culpa del escoliasta). Qué sé como estudiante, como lector, como remendón. Qué podría decir a todo ello.
Por qué no escribo estas entradas. O por qué habría de hacerlo.
7 comentarios:
Creo que es la ilegibilidad de la traducción lo que te hizo deponer la lectura de "La fontana sagrada", novela que hace ya muchos años leí hasta el final (no me preguntes cómo terminaba), pero solo a fuer de reunir todas mis fuerzas lectoras en un esfuerzo que recuerdo bastante arduo y poco productivo.
Prometen mucho esos inicios, pero ¿qué es un final francés?
Plenamente de acuerdo con lo de la traducción, aunque no sé si es la misma que tú leerías (estoy con la de Valdemar). Encontrarse en una línea tres usos del desusado "ello" resulta suficientemente indigesto (otra forma habrá de saltarse el "it", digo yo). Lo más tramposo, de todos modos, es que la cubierta la anuncie como "hermana gemela" de "Otra vuelta de tuerca", con la que guarda (hasta la pág. 100, je je) bien poco parecido.
Y lo del final francés da para otro post no-post entero. Vaya, que sería prolijo de explicar, y tampoco merecería mucho la pena.
Que conste que la blogocosa está tan llena de sujetos como los volúmenes de cualquier biblioteca, por mucho que en algunos libros se intente camuflar. Yo hoy pensaba en la razón de ser, así en general, y ni siquiera conseguí darme una respuesta cualquiera.
Ahora mismo, pensando en que tus estribillos son importantes para mí, si tiene sentido utilizar como razón de ser otro ser sin razón...
Perdón, por el desvarío: estoy un poco acatarrado y ya se sabe... :-)
Ya lo decía yo que no estoy muy lúcido: releo y me doy cuenta de que me he comido algo. Quería decir esto (creo): "Ahora mismo, pensando en que tus estribillos son importantes para mí, me preguntaba si tiene sentido utilizar como razón de ser otro ser sin razón..."
¿Isma? Vaya sorpresa, chico. Te acabo de descubrir por un comentario que dejaste en el blog de Miguel Barrero. Fuimos compañeros de facultad.
Saludos.
Por cierto, he leído la entrada El secreto de los trenes. Qué recuerdos. Xixón Sound.
Joaquín: ¿es razonable usar como razón de ser un ser sin razón? Digna de metafísicos mayores que yo; en todo caso, gracias por el piropo (¡que no cuenta, porque eres juez y parte!).
Marta: ¡bienhallada y bienvenida! Ahora mismo me largo a fisgar tu desván.
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