25 abr 2009

gracias




Jon Auer [The Posies, Big Star]. Savoy Drinks&Music, Gijón, 24 abril 2009.

Hay momentos que pueden quedar atrapados en el engaño de una fotografía, la impostura de un símbolo, la precaria inconsistencia de una frase que actuará a modo de sortilegio retrospectivo para la memoria. Hay otros, por qué no, que no entendemos del todo hasta que el tiempo necesario para su cabal comprensión adviene, y entonces podemos hacer análisis, recuento, relato de los mismos, una vez han cobrado –otra impostura más, desde luego– sentido. Pero hay algunos pocos, en fin, que sólo suceden, que sólo tienen lugar sin tiempo o espacio para el adjetivo, la instantánea o el razonamiento, y sólo poseen –nada menos– el mágico espesor de su perfección. Son los más hermosos; son, también, escasos: pero existen, y cada cual sabe los suyos.

Hace poco más de dos horas, Jon Auer subió al escenario del Savoy. Sin más aspavientos que una guitarra, un ampli relativamente convencional (lo es, si yo tengo uno igual) y seis o siete pedales, que tocó –era de esperar– como los ángeles. Pero eso es lo de menos: a lo largo de mi vida he asistido a tantos conciertos en los que lo único que me llamaba la atención era el despliegue técnico de los susodichos (su equipación, su virtuosismo, su detestable inteligencia musical), que acaso había llegado a olvidar la sutil sencillez que emana de la perfección técnica cuando sólo presta servicio a un único fin: la belleza.

Porque la perfección técnica resiste el análisis, sí, puede escudriñarse por ejemplo como el máximo logro de un determinado artificio. Pero la verdadera belleza, esa que circula a través del flujo de tales artificios para impregnar el corazón y el cuerpo entero de un sobrecogimiento casi religioso (qué tiranía, los adjetivos: ni éste vale) es en esencia inefable: sólo sucede, y sólo queda agradecerla si, por afortunada casualidad, acertamos a estar ahí para verlo.

Inútil, por tanto, intentar describirlo. Inútil hablar de cómo los temas nacieron de los dedos y la garganta de ese hombre, tan solo un simple hombre, para dejarnos al borde –literal, en mi caso– de la lágrima, por ejemplo cuando renunció al escenario, al micrófono incluso, y cantó apenas a tres metros de distancia “Throwaway”, como antes hiciera –todavía en lo alto– con “Josephine”, “Lady Sweet”, y luego con “Burn and shine”, “I may hate you sometimes”…

Inútil, pues, el recuento, el relato: sólo queda la certeza del certificado: yo he estado allí. Yo y otros pocos copartícipes de ese pagano ritual, algunos de cuyos nombres conozco: Pablo Rivero, Jorge Explosión, Manolo Abad, por supuesto R. Sólo confío en que fueran tan felices como yo; y sólo espero que nunca lo olviden, porque entonces aún cabrá la posibilidad, por remota que pueda parecer, de que algún día futuro nos reunamos, como miembros de un clan secreto o una logia perseguida, para evocar la lección del maestro, tal que si nos transmitiéramos arcanos secretos o prohibidas fórmulas alquímicas.

Cuando todo terminó –aún no lo ha hecho del todo, pero tuvo que terminar– no pude evitar dirigirme a él. Y aunque le comprara el disco, le pidiera su firma, o le recordara inútilmente aquella ocasión –hace trece años, nada menos– en que tres amigos y yo teloneamos a The Posies –una de las cosas que con mayor orgullo recordaré jamás– en la sala del actual Casino, aunque hiciera todo esto y le estrechara la mano sudorosa que unos minutos antes todavía se estaba paseando por los trastes, aunque hiciera todo eso, sólo una cosa repetí, por tres o cuatro veces, y sólo una cosa tuvo sentido: darle las gracias, gracias, gracias, gracias.

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