(Ayer igual claudiqué demasiado pronto. A ver si hoy me encuentro).
Es posible que, a estas alturas, Perdidos ya no sea una buena serie, o al menos no una gran serie, y por eso merece el desdén de no poca gente juiciosa (véase si no el comentario que el amigo Amaba me dejó ayer). Pensándolo bien, esta última temporada, y especialmente su capítulo doble de cierre, se permiten no pocas ligerezas y arbitrariedades que, a ojos de cualquier espectador racional u objetivo, parecerían intolerables e indignantes. Eso comentábamos ayer, en un descanso de bizcocho, a propósito por ejemplo de una excursión de ocho kilómetros por la selva que se resolvía (cosas de la elipsis y la sutura) en dos minutos de relato. Eso, antes, no pasaba, vinimos a decirnos. Pero, una vez tomamos asiento de ello nos limpiamos las migas y hala, play (nunca mejor dicho) otra vez.
Porque lo cierto es que ya no deben quedar espectadores de esos, de los juiciosos, de los racionales: han debido de caer todos por el camino. No. A las últimas temporadas de Perdidos nos debemos de aferrar, exclusivamente, los frikis declarados del asunto, a los que nos gustaría tener camisetas con el logo del proyecto Dharma (lo confieso) y nos sabemos frases o lemas (“cuenta hasta cinco”; “vivir juntos o morir solos”, etc.) de memoria. El desprecio declarado por determinadas convenciones, verosimilitudes, pactos, leyes y demás normativas no escritas sobre el tráfico de la ficción de que hace gala la serie podría entenderse, así, no tanto como una cuestión de impericia o mala fe sino, más bien, de una sospechosa confianza en -y para con- sus ciegos seguidores; a veces rayana en el mal gusto, sí (la confianza es lo que tiene, según legisla el dicho), pero que actúa con la impunidad de quien sabe de antemano que todo se le perdonará. Si la incondicionalidad, la lógica del acólito, es un mal menor que afecta a múltiples territorios de la vida social, no veo por qué no habría de beneficiarse una serie de esa soterrada donación de privilegios de la que abusan, igualmente conscientes, no pocos políticos, escritores, músicos, cineastas. Pues eso.
Yo debo estar en fase aguda, porque amén de merendarme la quinta y penúltima (así que habrá vida después de Perdidos, por difícil que resulte imaginarlo), estoy aprovechando la reemisión de Cuatro (esa cadena que practica el revival hasta la hediondez, incluso con su propia programación: véase si no el Fama 3 que se han sacado de la manga) para visitar de nuevo la primera; y aunque a veces compare o analice, o cace divertidos gazapos (Charlie, el mismo que al final de la ¿tercera? bucea hasta la estación sumergida de Dharma, ha afirmado en el cuarto o quinto capítulo que no sabe nadar), básicamente me dedico a echar de menos aquellos tiempos de la playa o las cuevas, cuando Kate parecía claramente enamorada de Jack, el monstruo era un indicio (literalmente semiótico), había tiempo para jugar al golf, de Los Otros apenas si sospechábamos su existencia, y el maldito Jacob aún no había sido mentado.
Hace mucho que Todorov escribió aquello de que lo fantástico ocupa el tiempo de una vacilación, y por muchas tesis y artículos que la hayan discutido, sigue siendo una definición relativamente válida. Y, en eso (en la gestación y retardo de una vacilación, una incertidumbre), las primeras temporadas eran, a mi juicio, ejemplares. Primero fueron los desplazamientos temporales, en los famosos flashbacks de la temporada inicial; luego los espaciales y focales, cuando en la segunda y la tercera nos movimos por la isla para descubrir al segundo grupo de supervivientes, para saber algo de la vida cotidiana de Los Otros a través del personaje de Juliet, o el homérico periplo de Desmond. En este sentido (el juego con los retardos, la vigencia de la vacilación), el final de la tercera temporada se plasmó en uno de los capítulos más memorables de la serie, cuando el relato simultaneó la narración de la primera tentativa seria de abandonar la isla (lo fue, al final, como supimos más tarde) con lo que parecía un flashback más y resultó ser, finalmente, un formidable flashforward en el que un consumido y barbado Jack le insistía a Kate, bajo el rugido de los aviones que despegaban en el cercano aeropuerto de LA,“We have to go back”. La eufórica inminencia del éxito que, tan solo unos segundos antes, nos había sobrecogido felizmente, giraba ahora 180 grados para convertirse en el prólogo de un inefable desastre.
Ése fue, quizá, el último gran momento en que la serie se reinventó a sí misma, de un solo golpe de timón que barrió la motivación fundamental de los personajes (huir) y la sustituyó por una nueva (volver). Toda la cuarta temporada no fue sino un largo escolio, por cierto, de lo anterior: el relato de la catastrófica salida de la isla de unos pocos, y –en flashforward ahora, una técnica rápidamente asimilada desde ese último gran capítulo de la tercera- de la imperiosa necesidad de volver, cuya ejecución ha narrado ahora la quinta y penúltima. La cuarta temporada se convirtió así en un gigantesco puzle narrativo, sacudido por un constante vaivén de tiempos y espacios, que esta última no ha hecho sino enfatizar con la costosa premisa (hubo que hacer de tripas corazón) de los viajes literalmente temporales. A veces he pensado, viéndola, que esta temporada estaba escrita, de hecho, por una segunda generación de guionistas que serían no tanto creadores como fans absolutos de la serie, y que aprovecharían cada hueco posible para lanzarnos guiños sobre las temporadas anteriores (los diversos déjà vu de escenas clave que se tropiezan los viajeros en el tiempo incluida la llegada de Rouseau y cía a la isla, etc.).
Y quizá de ahí viene la nostalgia por aquellos viejos tiempos (la primera tacada que vuelvo a ver en Cuatro) en que no todo era singularmente significativo para la narración, no siempre el ritmo era de una asfixiante trepidancia, no palpitaba en cada escena esa pulsión agotadora de contar y contar, saltar de tiempos y espacios, de personaje en personaje. Porque contar es explicar, o sea, agotar el flujo de la vacilación, que ahora deviene indigestión dado el atolondramiento con que nos sirven el menú, y la maniática obsesión por decorar cada plato (cada plano) de un valor significante.
Tampoco imagino de qué otro modo podría haber sido, la verdad. Pero quizá es que la serie, como género narrativo, es un relato que aspira, al menos en abstracto, a la ausencia definitiva de clausura (pues en tanto se siga emitiendo será rentable como el producto económico que es, pero también existirá como el discurso del señuelo en que consiste), y cualquier movimiento en contra de esta aspiración digamos esencial (pasaba en Twin Peaks, pasaría –me quedé por el camino- en Héroes o Prison Break) no es sino una lastimosa concesión a la lógica del relato decimonónico y a la angustia (el horror vacui, en suma) de la audiencia, incapaz de tolerar (como parece que sucedió con el cierre en falso de Los Soprano: no lo sé porque todavía la estoy viendo) ese triunfo absoluto de la nada.
Perdidos se ha empeñado en resolverse, y por eso ha empezado a morir definitivamente. Estaremos ahí para velarla, estaría bueno: con el traje de los domingos.
3 comentarios:
Te iba a contar algo sobre el pensamiento estructural y el serial, pero como seguro que te lo sabes mejor que yo, sólo te digo una cosa:
¡Eres un pervertido! y punto.
Un abrazo.
PD. Muerte al proyecto Dharma, y cárcel para todos aquellos que porten su logo en cualquier prenda de vestir.
Decayó desde que no está en manos de J. J. Abrams.
Pásate por el siguiente enlace al respecto, es buenísimo:
www.vicenteluismora.blogspot.com
Saludos. Por cierto, yo también la sigo, a pesar de los pesares.
Roberto: gracias por la suposición, pero ando muy oxidado de estructuralismo. La próxima, expláyate sin recelo. Y no me hables de perversión...
Marta: gracias por el enlace, muy instructivo. Y que vivan tales pesares.
Publicar un comentario