23 may 2009

Mi película favorita (un caso de arqueología)




Cuando empecé a escribir este blog (ya ha cumplido su primer aniversario, por cierto), estuve a punto de endosarle el pedante subtítulo de “Investigaciones en la arqueología del gusto”. Menos mal, supongo, que me contuve en las formas; pero en el fondo no creo haberme apartado demasiado del propósito que intentaba resumir sin mucho éxito en semejante sintagma: mi interés por investigar los vínculos ya no tanto intelectuales cuanto sentimentales –a falta de palabra mejor– que me ligan a determinados textos, imágenes, melodías.

Supongo que habría que achacar esta relegación del discurso racional en favor de la deriva subjetiva a mi anterior experiencia doctoral, a cuyo término habría quedado exhausto y ahíto de pretensiones objetivistas (aunque ahora que la he releído me doy cuenta de cuánto de guiño o de capricho individual hubo en la elección de determinados temas, determinadas entradas del corpus de lecturas o filmes citados). Agotado momentáneamente ese punto de vista, o al menos suficientemente explorado por una buena temporada, habría llegado entonces la hora de considerar la –digámoslo otra vez– arqueología sentimental de mi vida como lector o espectador. Reconozco que, pensada dos veces, la cosa me daba no poco reparo, pero intuí que el hipergénero blog permitía, como acaso ninguno otro, enredarme en tal periplo radicalmente egotista sin miedo a pecar de excesiva impertinencia o de vergonzante petulancia. Al fin y al cabo, esto lo leen cuatro amigos. Y lo hacen, en principio, porque les da la gana. Así que respiro tranquilo.

Bien. Lo haya logrado o no en anteriores entradas, ésta tiene el propósito declarado de ejemplificar dicha voluntad arqueológica, a propósito de uno de los textos centrales de –madre mía– mi biografía imaginaria, la que podría considerar sin titubeos (yo, tan poco dado a los pódiums) mi película favorita: Apocalipsis now. Ya aviso que no diré nada especialmente interesante sobre ella, ni arriesgaré argumentos, críticas o escolios de fulgurante intuición, erudición, o convicción. Tampoco podría; y, llegado el caso, no estoy seguro de que me interesara hacerlo.

No. Prefiero empezar contando que, allá por 1988 o 1989 (si calculo bien cuándo hice octavo de EGB) un profesor del colegio, Alfonso (el padre Alfonso, para ser exactos: era un colegio de curas, sí), organizó los sábados por la mañana un cinefórum en el que nos reuníamos diez o doce compañeros de clase para ver la película que habíamos elegido nosotros o sugerido él, alquilado antes y pagado a escote después. No sé muy bien por qué me apunté: supongo que consistió en una lógica continuación de la costumbre infantil de acudir al cole, los sábados por la mañana, a jugar a fútbol o baloncesto; es probable, incluso, que de aquella –antes de asumir mi connatural pereza– simultaneara ambas cosas, y acudiera con chándal y balón en la mochila, para rematar la sesión a pelotazos.

Fue en una de aquellas sesiones mañaneras, en la oscuridad de un aula de audiovisuales (que diríamos ahora), cuando de pronto brotó ante mí, sin cumplir siquiera el trámite de los títulos de crédito habituales (recuerdo que fue lo primero que me sorprendió), un relato que entonces no pude comprender cabalmente (dudo si lo he hecho ya, si es posible siquiera), pero que, desde luego, me atrapó desde el primer plano –una selva ardiendo bajo el zumbido de los rotores de los helicópteros– hasta el último. Y sé bien lo que debí intuir aquella mañana: intuir que el cine era algo que iba más allá de las películas; o, de otro modo: que las películas no cumplían, únicamente, la evidente función de entretener o pasar el rato, sino que podían remover los fluidos del alma para provocar una desconocida forma de estremecimiento: ese raro estremecimiento de belleza y verdad que siempre trae consigo el milagro del arte.

Apocalipsis now se convirtió definitivamente en mi película favorita cuando, poco después, logré grabarla de la tele, y durante los años siguientes fatigué una y otra vez aquella maltrecha copia en VHS –a la cual, para colmo, le faltaban unos segundos al principio– que amontoné en la estantería del salón junto a las cintas de Yo, Claudio o El color del dinero (de ésta podría hablar cualquier otro día) en mi pequeño panteón audiovisual. Casi una década más tarde, recién aterrizado en Coventry, Reino Unido (donde pasaría un semestre Erasmus), recuerdo que en la primera clase de Lengua Inglesa nos pidieron una redacción sobre la última película que habíamos visto antes de llegar, y que yo, en vez de hacer memoria de cualquier estúpido estreno que cumpliera dicho requisito, rellené del tirón –sabiendo como sabía que de ese modo podría lucirme un poco más– dos caras de un folio rayado narrando la peripecia de Willard, líneas que merecieron el elogio parcial del profesor, también fan, y una apostilla: “Now you should read Heart of darkness”, me dijo.

En realidad yo ya estaba en ello. Heart of darkness fue, de hecho, el primer libro que me compré en Inglaterra, el segundo día, cuando, aburrido de mi solitario vagabundeo por aquella ciudad desconocida, entré a echar un vistazo en la librería de la universidad. Recuerdo que, abrumado por la complejidad del inglés conradiano –el mío no está mal, pero no da para tanto– al principio apenas leí unas páginas, pero cuando poco después comencé mi curso de Literatura Inglesa me enteré de que era una de las lecturas obligatorias del primer trimestre, así que hice de tripas corazón, cogí el diccionario, y me puse a ello. Sólo entonces –tal es el tamaño de mi ignorancia pasada y presente–, a medida que pasé más páginas y Marlow abandonó la Nelly para introducirse en el Congo, descubrí, para mi sorpresa, que estaba leyendo Apocalipsis now.

Aquel momento lo recuerdo como una verdadera, por más que modesta, epifanía. Y fue gracias al descubrimiento como pude no sólo terminar la novela sino, además, elegirla como tema del preceptivo ensayo que debía entregar a fin de trimestre. Como no podía ser de otra manera, le pedí a mi profesora (la entrañable Delia Dick, quien nada sabe de cuánta responsabilidad tuvo en mis decisiones académicas posteriores) que me eximiera de ceñirme a la lista de “topics” establecidos y me permitiese, a cambio, esbozar una comparación entre novela y film. Ella accedió, y así fue como escribí el primer trabajo literario verdaderamente digno de tal nombre (aunque fueran apenas cuatro folios) de mi vida académica, yo que, en la facultad de Oviedo, rehuía siempre los voluntarios y me salía por la tangente en los obligatorios. De modo que el placer, luego tantas veces experimentado, de subrayar una novela, o comparar un libro y una película, se lo debo, principalmente, a esa torpe epifanía mía (accesible a poco que hubiera investigado el tema, ya lo sé: pero yo era un vago) de 1997, por más que luego, en la tesis, fuera incapaz (o no tuviera tiempo, o fuerzas) de encajar, ampliar y enriquecer aquel primerizo ensayo comparativo que me valió una A-. O una B+, igual me paso.

Un día de aquel semestre, tecleando en los ordenadores de la biblioteca inglesa, descubrí además (el mundo siempre es fascinante para quien sabe poco) que Eleanor Coppola había publicado en su día sus diarios del rodaje del film, que no pude consultar (el libro estaba en préstamo) hasta que años más tarde Emecé las reeditó en castellano (Con el corazón en tinieblas. Un diario íntimo de Apocalypse now, 2002) y R., para entonces al día de mis manías, me las regaló.

Las notas de la señora Coppola resultan no poco ñoñas en ocasiones, pero al menos dan el consuelo de asistir en diferido al desquiciante rodaje casi paso por paso; y en último término vienen a constituir, para entendernos, una versión en tono menor de Heart of darkness, con Kurtz transmutado en el elefantiásico Coppola, retratado en esas páginas como un monstruo bifronte (el ser amado y el ser odiado), en lo personal, y como víctima de todos los peajes más detestables del genio, en lo profesional. Una sola perla: el 25 de febrero de 1977, de vuelta ella en USA y él aún en Filipinas, anota:

Le mandé un télex a Francis diciéndole que, porque lo quería, iba a decirle lo que nadie más estaba dispuesto a decirle: que se está montando su propio Vietnam con sus líneas de abastecimiento de vino y carne y aparatos de aire acondicionado, que está creando la misma situación que había ido a denunciar, que con todo su personal atendiendo a cada una de sus peticiones se convirtiendo en un Kurt. O sea, que estaba yendo demasiado lejos.

Le llamaba Cabrón. Le mandé el télex a él, con copias a Dean, Vittorio, Dick y el director de producción. (pág. 173)


Precisamente una afirmación casi idéntica, palabra por palabra, pero ahora del propio Coppola (“Esta película no habla de Vietnam; esta película es Vietnam”), pronunciada creo que tras recibir la Palma de Oro en Cannes 1979, es la que abre el documental Hearts of darkness: a filmmaker´s apocalypse, articulado en parte gracias al metraje rodado por la propia Eleanor (quien asumió sin concluir la tarea de filmar el “making off”) y sus diarios (de los que relee en voz over algunos fragmentos), amén de entrevistas con los actores, George Lucas, o el simpático John Millius, responsable de la primera versión del guión. No tengo claro cuándo lo vi por vez primera: sé que, siendo un crío, una noche encendí la tele y ahí estaba, ya mediado; sé que aún no había leído a la señora Coppola, y tampoco sabía de aquella nada de la secuencia de la plantación francesa, o de las muchas vicisitudes habidas durante el rodaje; y sé que me quedé, una vez más, enroscado en la serpiente de la película y sus venáticas circunstancias de producción: el infarto de Martin Sheen, la altiva renuencia de Brando a ciertos pasajes del guión, las dificultades para concluir el film, las notables dosis de improvisación que dieron lugar a escenas tan memorables como el encuentro entre la patrullera y la embarcación vietnamita que concluye en matanza…

Quién, si no Roberto, el hombre de los miles de VHS, podría haberme devuelto la posibilidad de verlo. Hablaríamos de ello en alguno de nuestros paseos vallisoletanos, y poco después apareció en casa uno de sus redentores sobres acolchados (de no pocos apuros me sacó su videoteca, que a saber por qué cifra andará). Y quién si no él, de nuevo, con sus pullas audiovisuales del otro día, para acabar de empujarme a cerrar un círculo que, con el estreno de Apocalipsis now redux, en 2002, se había quedado dolorosamente abierto.

Recuerdo que oí la noticia de ese estreno con fervor, y acudí a verla con no poca impaciencia. Pero fue un fracaso absoluto: por un lado, mi memoria estaba tan acostumbrada a una determinada cadencia visual que las nuevas escenas, los insertos, o las secuencias completas (la famosa plantación francesa) que el redux había restaurado, para mí se convirtieron en fastidiosos intrusos que nadie hubiera invitado al festín; por otro, el horrible doblaje bajo el que se estrenó en pantalla grande (lógicamente, el maravilloso doblaje anterior –con un Marlon Brando grandioso, no sé si más incluso que en versión original– no cubría todo ese nuevo material y debieron grabarlo entero otra vez) me irritó de principio a fin.

Hace unos días, durante la lectura de El miedo, de Chevalier (cuenta pendiente), el recuerdo de Apocalipsis now volvió. Aprovechando, además, que antes de esa novela andaba en pleno ciclo conradiano, me pareció el momento apropiado para restañar la herida. Tenía por casa, sin estrenar, el DVD del redux, que merendé (literalmente) en un par de tardes. Volví a coger mi Penguin de Heart of darkness, pero me dio pereza pelearme otra vez con el Conrad original, así que me fui a la traducción. Luego he releído las notas de la señora Coppola. Y esta tarde, recién torrenteado (la copia de Roberto, que creí haber perdido, la tiene el señor escoliasta, en olvidado préstamo), me puse con el Filmmaker´s apocalypse.

Hasta esta semana, hubiera respondido que Apocalipsis now es mi película favorita por una simple cuestión de lealtad para con mi memoria y mi biografía (pues fue mi primera película favorita, y la única durante casi una década). Después de este mini ciclo, puedo quedarme tranquilo. He renovado contrato. Y para largo, creo.

No hay comentarios: