9 jun 2009

Conrad el desmemoriado







Es cierto: hay veces en que a los profesores de literatura, a los estudiosos, a los eruditos, a los ratones de biblioteca y a los críticos amantes del detalle exhaustivo (perfiles en los que, de un modo u otro, antes o después, o con mayor o menor convicción, no podría negar haberme ocultado), habría que mandarlos, directamente, a paseo. Porque no es justo que uno vaya leyendo las páginas finales de la Crónica personal de Conrad, y le pase lo que pasa. Y me explico.

En esas páginas finales, Conrad recuerda una escena digamos que trascendental de su vida marinera, cuando, al poco de establecerse en Marsella para iniciar dicha carrera, siendo aún adolescente, y acompañando (en calidad de "grumete invitado") a uno de los barcos de prácticos del puerto, vio, oyó y tocó por vez primera un navío inglés:

Era un vapor de cargo de gran eslora, de esa clase de vapores que ya no se ven en los mares, con el casco negro y blanca superestructura, con una poderosa arboladura de tres mástiles y varios trinquetes a proa [...].

Pero no se trata, como prosigue, de un barco cualquiera, sino de aquel en cuya aparición, casi mística de tan etérea, el Conrad maduro ha articulado décadas más tarde una trascendente escena vital, casi una epifanía de su inevitable -y hasta entonces apenas soñado, aun con la fuerza de una convicción absoluta- destino:

Hay barcos con los que he topado en más de una ocasión, barcos que he visto varias veces y cuyos nombres, sin embargo, he olvidado; el nombre de aquel barco que vi hace tantos años a la clara luz de un pálido amanecer, en cambio, no se me va de la cabeza. ¿Cómo iba a olvidar el nombre del primer buque británico en cuyo costado puse la mano? Se llamaba -leí el nombre inscrito letra a letra en el canto de proa- James Westoll*. Pensará el lector que no es un nombre muy romántico que se diga. Se trata del nombre, según creo, de un conocido y respetado naviero del norte. ¡James Westoll! ¿Qué mejor nombre podría haber tenido una embarcación dedicada al duro faenar en los mares? Para mí, aquella misma agrupación de letras sigue viva junto con la romántica sensación que me imbuyó la realidad del barco al verlo flotar inmóvil, dotado de una gracia ideal por la austera pureza de la luz.

Y es entonces, mientras aún resuena en nuestros oídos el enfático ritmo de tales palabras, y la figura fantasmal del barco recortado contra el amanecer casi ha logrado conmovernos, al menos literariamente, cuando, obligados por el impertinente asterisco que antes hemos ignorado momentáneamente (esperando al menos llegar al fin del párrafo para interrumpir su lectura), nuestros ojos se desplazan al pie de la página para leer la siguiente nota:

El James Mason, un vapor que tocó puerto en Marsella el 10 de diciembre de 1875, parece ser el único modelo real posible para el recuerdo que refiere Conrad. (N. del T.)

Imagino la sonrisa satisfecha que se dibujaría en el rostro de ese hurón de los archivos que, tras husmear legajo tras legajo, llegó a la conclusión de que el inflamado Conrad cometía, en realidad, un severo desliz de la memoria al evocar tan campante como campanudo un barco acaso, en realidad, inexistente, apenas una burda rima asonante del verdadero. Es posible que su artículo (porque escribiría un artículo, o una serie de ellos, al respecto, quizá -no es improbable- un tesina o un voluminoso tratado), figure en puesto destacado en los repertorios del criticism conradiano, y le haya valido a nuestro anónimo erudito una cátedra, o un invitación a un simposio internacional, o una tourné por varias universidades extranjeras a fin de impartir gloriosos cursos de doctorado sobre la estadía marsellesa del joven Korzeniowski. Pero yo no puedo dejar de sentir que, más allá del rigor y la verdad histórica, al lector de esa página y, en último término, al viejo polaco que la escribió, se le ha infligido un inoportuno agravio, una cruel injusticia poética que ni uno ni otro merecían.

Joseph Conrad, Memoria personal. Barcelona, DeBolsillo, 2008 (pág. 163). Trad. de Miguel Martínez-Lage.

2 comentarios:

Joaquin dijo...

Tampoco está mal recordarnos que nos inventamos muchos recuerdos. En cambio, que merezca la pena comprobar si ciertos recuerdos (como el ejemplo descrito) son verdad, es más discutible... :-)

Miguel Barrero dijo...

Y es que además el nombre del barco es, en realidad, lo que menos importa. Siempre que me tropiezo con uno de estos casos recuerdo aquella escena de "El club de los poetas muertos" en la que Robin Williams pide a sus alumnos que arranquen las páginas prologales del libro que tendrán como lectura obligatoria del trimestre.