11 jun 2009

La aventura crítica (otra conradiana)


No, todavía no me he decidido a devolver Memoria personal a la estantería. Quizá tema que, cuando lo haga, se desvanezcan sin remedio los breves conatos de sabiduría que he creído destilar de su lectura.

Ayer, por ejemplo, se me olvidó apostillar la entrada sobre los cambiantes nombres del recuerdo con una cita no de Conrad, sino de Anatole France, pero que el polaco hace suya, y de la que extrae luego una interesante tesis sobre la crítica. La cita dice (a saber si podemos fiarnos ahora de su exactitud) “el buen crítico es aquel que refiere las aventuras de su alma entre las obras maestras”. La tesis afirma, más o menos, el necesario carácter aventurero que debe poseer esa tarea crítica:

Para todas las nacionalidades de la tierra, pero muy en especial para los ingleses, una tarea, cualquier tarea que se emprenda con espíritu de aventura, adquiere el mérito de lo poético. Sin embargo, por norma general no los críticos hacen gala de un genuino espíritu de aventura. Asumen sus riesgos, claro está; el riesgo es algo sin lo cual sería imposible vivir. […] Un ideal reservado, al cual se adhiere uno a partir de una clara concepción de la propiedad, o tal vez por una cierta timidez, o por cautela, o sencillamente por fatiga, induce, mucho me temo, a quienes se dedican a la crítica a disimular la faceta aventurera de su profesión, dado lo cual la crítica pasa a ser mera “noticia”, como si fuese simple relación de un viaje en el que nada, aparte de las distancias y la geología del paisaje es digno de ser tenido en cuenta; en cambio, los raros animales que se han entrevisto, los peligros de la navegación y de la locomoción terrestre, el hecho de haber escapado por los pelos, y los sufrimientos (¡ah, también los sufrimientos! No me cabe ninguna duda de los sufrimientos) del viajero se guardan celosamente en secreto; tampoco se menciona nunca el umbrío claro del bosque, el árbol cargado de fruta; así pues, toda la hazaña se reduce a una simple proeza de agilidad en el desierto por parte de la pluma bien adiestrada. Cruel espectáculo… La más deplorable de las aventuras. (pág. 122-124)


Si lo he entendido bien (el viaje se las trae, en algún momento del párrafo), lo suscribo.

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