26 jun 2009

La hija de Homero





Tan baladí como discutir si El padrino I o El padrino II resultará elegir entre la Odisea o la Ilíada. Pero lo confieso: yo siempre le he tenido más cariño a la primera, aunque quizá no por otra razón que el impacto y el recuerdo de aquella serie de dibujos animados que veíamos en la infancia y en la que Ulises o Telémaco, antes que personajes homéricos (pasaría como pasa ahora con Los Simpson, la verdadera enciclopedia cultural de nuestro alumnado, que todo lo ha visto allí antes de que se le explique o se le cuente), eran protagonistas de una saga de ciencia ficción, con el Mediterráneo y sus islas transmutados en una oscura galaxia repleta de planetas ignotos.

Pues bien. Para cualquier lector odiseico de mediano juicio la lectura de La hija de Homero, de Robert Graves, supone un placer que no debería ahorrarse. A Graves siempre le he tenido también cariño, ante todo por ser el indirecto responsable de la maravillosa serie televisiva Yo, Claudio, de la que en nuestra casa éramos fans declarados (recuerdo que, al descubrir que la veía, una profesora de historia de BUP me felicitó primero y me riñó después por lo tarde que la emitían: no me dejó explicarle que ya teníamos vídeo…); la lectura, más tarde, de la novela y su continuación (Claudio el dios y su esposa Mesalina) no hicieron sino confirmarme en el cariño, añadiéndole de paso no pocas dosis de admiración. Aunque, por esos azares de la vida lectora, y quitando algunas páginas de Los mitos griegos (que de momento no ha pasado de la estantería a la mesita), no había reincidido en nada suyo hasta ahora.

Sobre La hija de homero no se me ocurre mejor síntesis que la que ofrece la solapa de la edición castellana en Edhasa que acabo de leer:

Esta historia, en la que el lector reconocerá una variante de un episodio de la Odisea, fue escrita por Robert Graves en 1955, cuando estudiando los mitos griegos creyó reconocer la validez de una curiosa hipótesis enunciada en 1896 por Samuel Butler, y que atribuía el poema a la inspiración de una joven princesa siciliana (quien se habría retratado a sí misma en el personaje de Nausícaa). La Odisea que hoy conocemos no sería en verdad sino la versión femenina de un poema homérico anterior, protagonizado por una Penélope adúltera que cede a los reclamos de todos sus pretendientes. Graves cree que esta hipótesis es irrefutable (ya que Apolodoro había citado una tradición según la cual el verdadero escenario del poema sería la isla de Sicilia) y ha recreado en estas páginas fascinantes las circunstancias que impulsaron a Nausícaa a escribir la Odisea, sugiriendo además de qué modo, como hija honoraria de Homero, logró que el poema fuese incluido en el canon oficial.

Precisamente ayer una discusión de café con mis compañeros de departamento sobre la imaginación literaria me trajo a la memoria una esbozo de dicotomía, a buen seguro tan engañosa como cualquier otra, que se me había ocurrido días atrás: la que distinguiría a los escritores fabuladores de los escritores imaginadores, siendo los primeros (a los que tanto admiro, si no envidio, pero jamás emularé) aquellos capaces de inventar tramas y personajes casi como de la nada, y los segundos (entre los que me contaría, de contarme entre alguno) los que se limitan a imaginar nuevas vueltas de tuerca de anécdotas, aventuras, o historias propias o ajenas (oídas o leídas) de las que ha tenido algún tipo de experiencia previa, sea en primera o en tercera persona. Unos, literalmente, fabulan, esto es, inventan; otros, más que inventar, reconsideran, discurren mundos alternativos, recubren la realidad de trayectorias descartadas por los hechos pero de irresistible atractivo para la imaginación. El resultado ulterior es, lógicamente, indiferente a esta dicotomía: el peso de la ficción homologa unos y otros materiales en una sustancia única; pero el proceso creativo me parece, en cambio, notablemente distinto, y habría que pensar si los efectos que producen no pueden llegar a serlo también (diversos, me refiero), del arrebatado embeleso propio de los primeros al estremecimiento de verdad que, a veces, emana de los segundos. Pero bueno.

y así también la Nausícaa creada por Graves, como gran ejemplo de la categoría de los imaginadores, refunde lo que ha oído (sobre Odiseo o Ulises, héroes distintos en la novela; sobre Penélope, sobre un posible Polifemo…) y lo que ha vivido (en calidad de protagonista de la trama palaciega que ocupa la novela) a fin de crear ese pastiche que, según la hipótesis de historia-ficción de Butler-Graves, desembocaría en lo que hoy conocemos por la Odisea. Y, mientras el lector asombrado asiste a ese proceso de ulterior mixtificación y ensamble, el talento de Graves urde por debajo esa suerte de “historia antes de la historia”, o de “hechos reales” sobre los que se inspirará el texto posterior, con toda la fuerza y potencia del mayor de los fabuladores, una de cuyas mayores habilidades residiría, por cierto, en su extraordinaria capacidad para dotar a su reconstrucción del mundo antiguo de una impresión de realidad –igualmente apreciable en los Claudios- que no estoy en disposición de juzgar como veraz –allá los expertos en la vida cotidiana de los griegos-, pero sí, desde luego, como densamente verosímil.

Obra de un fabulador nato sobre una imaginadora nata, o bien la historia de un escritor sobre otro escritor (escritora), acaso pastiche odiseico, tal vez sólo juguete homérico o quizá simple novela de aventuras, sin lugar a dudas La hija de Homero es, leáse como se lea, un placer necesario.

Robert Graves (1955). La hija de Homero. Barcelona: Edhasa, 1983.




5 comentarios:

Xandru Fernández dijo...

Es mi novela favorita de Graves. De hecho, la única de la que verdaderamente puedo decir que me gusta como obra literaria, no como trama más o menos emocionante o redigerida (los dos Claudios son excepcionales, pero en ese otro plano del "qué ocurrió a continuación" que, además, Graves ya se encontró medio resuelto en Suetonio).
En cuanto a la elección entre la Ilíada y la Odisea... Yo también soy "de" la Odisea, pero hay algo en la Ilíada que la Odisea no tiene, amigo mío, reconozcámoslo. Ese algo es Héctor.

Ismael Piñera Tarque dijo...

Me alegra tenerte de compañero de viaje en la admiración, la mía recientísima. Ahora sólo me falta conseguirla, porque la cogí en la biblio del IES, y es de las que merecen pasar a la estantería.

Con respecto a la Iliada, debo confesar que aún le debo al menos otra oportunidad. Igual aprovecho que nos volvemos a Grecia en una semana, y repito la horterada de releerla -como hice con la Odisea hará un par de años- en una hamaca a orillas del Egeo. Que el contexto, oiga, ayuda.

Y sobre los Claudios, pues eso te pasa por leer cosas como Suetonio. Beatus ille los que no.

Abrazos

Xandru Fernández dijo...

La Ilíada no engancha, indudablemente. De hecho, el mejor libro (que yo conozca) sobre la Ilíada, el de James M. Redfield ("La tragedia de Héctor"), se lo debemos a que su autor fue designado miembro de un jurado y se llevó a Homero consigo para aprovechar que estaría incomunicado durante una buena temporada.

Ismael Piñera Tarque dijo...

Dicho y hecho: esta tarde me he comprado una edición relativamente portátil (siempre es un decir) de la Ilíada, o al menos una que me entra en el bolso de viaje, porque la mía...

Eso sí: como luego me amargue la semana cretense, estaré tentado de echarte parte de culpa, conste.

Rosa GGV dijo...

Maravillosas palabras (con las que me he topado como las más bonitas cosas ocurren: por casualidad) y renovadas mis ganas, que ya tenía, de volver a encontrarme con Nausícaa. Años más tarde -veo que la entrada es de 2009-, soy yo quien está a punto de viajar a Grecia para una larga temporada y quien, antes que nada, decide meter a Homero enterito (y a esta "hija" suya) en la maleta. ¡Gracias!