—¡Desdichado de mí si no se me olvida todo esto! ¿He inventado yo nunca una Máquina del Tiempo, o un modelo de ella? ¿O se trata solamente de un sueño? Dicen que la vida es un sueño. ¿Y de dónde me ha venido este sueño? ¡Tengo que ir a ver esa máquina, si es que existe!
Cogió la lámpara y salió de la habitación. Le seguimos hasta el laboratorio. Allí, bajo la luz de la lámpara, estaba la máquina en toda su realidad, fea, rechoncha y sesgada. Un artefacto de bronce, ébano, marfil y cuarzo traslúcido. Presentaba manchas y tiznones de color marrón sobre el marfil y briznas de hierba y mechones de musgo adheridos a su parte inferior. Una de las barras estaba un poco torcida. La palpé: efectivamente, era sólida al tacto.
El Viajero a través del Tiempo examinó la barra averiada.
—¡Todo lo que les he contado es cierto! —dijo—. (H. G. Wells, La máquina del tiempo)
Como para cualquier otro asturiano que se haya movido de su casa más de cien kilómetros en dirección sur, la autopista del Huerna siempre ha tenido para mí el carácter de un escenario simbólico bien legitimado por la narrativa universal: el paso de la frontera. A saber cuántas veces la habré cruzado hacia destinos bien pesados o bien esperanzadores, y cuántas la habré desandado –sin excepción en un asiento de autobús o en el coche que otro conducía– de regreso a esta tierra cuya mejor carta de presentación siempre me ha parecido la impertérrita capota de nubarrones que aguarda al otro lado del túnel del Negrón.

Pero como, además, pertenezco involuntariamente a esa generación de asturianos cuyos padres, tíos y abuelos se empeñaron durante años en veranear en tierras cazurras, es rara la ocasión en que el escenario agreste, de tan insólita belleza y rudos perfiles del Huerna no se revista de una cosquilleante sensación de inminencia: como si a cada kilómetro de su recorrido fuera hinchándose en el alma del pasajero la feliz certeza de que la aventura (la aventura eterna del verano y las vacaciones) espera a la vuelta de la próxima curva. Y eso que yo me crié en el peregrinaje de Pajares (lo siento, jefe, ése es el nombre de mi infancia, y a ella le debo hoy lealtad), cuyo ascenso en el Seat Seiscientos de mi abuelo tenía sin duda un potencial épico mucho mayor que el lento zigzagueo de la autopista. Pero claro, al Seiscientos de mi abuelo siempre se le rompía algo en el trance (creo que la correa de transmisión, aunque a lo mejor estoy diciendo una burrada; algo, en todo caso, de lo que había que llevar repuesto y cambiar sobre la marcha), mientras que en el Huerna, que se convirtió en el recorrido habitual tras su apertura, se sucedían en la ventanilla una tras otra, y sin imprevistos ni aprietos, las maravillas de los espinazos pétreos de la cordillera, la inverosímil plancha azul del embalse y su no menos inverosímil –por hollywoodiense– puente colgante, hasta que finalmente los arcenes adoptaban ese inconfundible tono terroso y reseco que anunciaba la llegada al destino: León.

En otras palabras: si Pajares era un periplo homérico en primera persona (y no lo olvidemos: Odiseo debió de hartarse de su propia Odisea), El Huerna suponía, en cambio, una confortable experiencia cinematográfica, una dilatada panorámica de western espectral que transcurría con el suave deslizar de un sueño. Y eso, para las retinas impresionables y las almas impacientes, no tiene precio.
El sábado, escapando de lo que pensábamos una nueva jornada más de nubes de este decepcionante fin de curso (luego resultó que el día fue espectacular, al parecer), cogimos el coche y volvimos a cruzarla en busca de sol, una piscina, y tres paradas sentimentales. Lo primero lo logramos nada más pasar, cómo no, el Negrón; lo segundo resultó un chasco; lo tercero, un éxito inesperado. Vamos con esto.
Resulta que, como descubrimos hace tiempo en un mapa, R. y yo veraneábamos en León apenas a media hora de distancia; ella cerca de Benavides, yo en Villar de Mazarife, un pueblo del páramo de apenas cuatrocientos habitantes (a día de hoy, según doña internet) en el que mi abuelo Pepe, el ebanista, fue a comprar una cuadra en la que luego invirtió diez años y a saber cuántos ahorros a fin de convertirla en una casa que nunca logró terminar del todo a su gusto, pero en cuya gestación e infinita construcción halló, no me cabe duda, los ratos más felices de su última madurez. Y, de toda la familia, incluida mi propia abuela, me temo que yo fui el único en quien encontró cierta camaradería al respecto, a la vista del mucho tiempo que pasé allí y, al igual que él, lo muy feliz que allí fui, haciendo, básicamente, nada léase jugar con los clics, leer novelas juveniles, andar todo el día en bicicleta, y tropezarme de sopetón con Eros (en forma de una imagen imborrable de una felación que vine a descubrir entre las revistas de mi abuelo) o Thanatos (en forma de un torpe gorrión que fue a morirse de una pedrada inocente que le largué un pesado mediodía, en la verja de la escuela).

Cuando en los años de la facultad estudiaba la generación del 98 y su dichosa visión de Castilla, recuerdo que al pronto acudía a mi mente, antes que cualquier verso machadiano o cualquier disquisición unamuniana, el recuerdo de aquel pueblucho desvencijado del páramo, olvidado de Dios y de los hombres, en el que ardía el aire de la tarde y sobre el cual el cielo se desplomaba como una cuchilla de luz día tras día, dejando silencio y sombras de fuego entre las callejuelas bordeadas de ruinosos edificios de adobe y madera, la mayoría entonces desplomados. Conste que en Villar no había ni hay siquiera río ni piscina; que, cuando estrenamos la casa, no había agua corriente ni por tanto lavabo (no contaré cómo lo hacíamos), sólo un regato de mugre recorriendo la calle; no había aceras, ni asfalto; no había farmacia ni médico; no sé si niños (el caso es que yo no me hice amigo de ninguno), pero la escuela estaba que daba pena; no había más que viejas enlutadas y cuchicheantes jugando a la brisca en los portalones de madera, hombres adustos de boina y chaleco como nuestro vecino Machaca, quien, para mayor pavor, hablaba –es un decir, nunca le entendí palabra– por un agujerito de la garganta; gatos famélicos que hacían coro ante la ventana de la cocina cuando mi abuela freía el primer pescado que debieron olieron en su vida; avispas, abejas y ejércitos de moscas; y óxido, mucho óxido.

Por lo general yo me pasaba aquellos interminables veranos solo, como mucho con algún primo que pasaba allí una semana o dos, o mis propios padres si venían a buscarme con mi hermano –yo me largaba ya a finales de junio, con mis abuelos– y, antes de llevarnos de vuelta a Asturias, se quedaban un par de días supongo que para fichar. Pero mi madre (que es la hija de Pepe) odiaba aquel sitio sin playa ni brisa. Mi hermano prefería la aldea de Carreño de la familia de mi abuelo paterno, donde jugaba a ser ganadero; y mi padre, desde luego, se hartaría de que Pepe aprovechara cada ocasión para encargarle chollos como la instalación eléctrica, la reparación del canalón o la antena de la tele.
Quien peor lo llevaba era, desde luego, mi abuela Amelia, que detestaba irse a Villar, se aburría y sofocaba una vez allí, y no entendía las mil vueltas que Pepe le daba una y otra vez a la escalera del patio, los zócalos del piso de arriba, el baño. Hasta el punto de que, cuando crecimos y yo dejé de ir –su nieto sería lo único que le hacía soportable la estancia, me temo–, ella hizo lo propio, y mi abuelo empezó a largarse solo incluso en pleno invierno, a seguir dale que te pego con sus manías (a última hora le dio por enmarcar cuadros), proyectos (la ansiada y nunca ejecutada escalera de caracol interior, por ejemplo), y eremíticas rutinas: fumar, dormir hasta las tantas, acostarse a las mil, comer siete días seguidos una infame sopa de salchichas que era su sustento principal, ojear su repertorio de revistas eróticas, leer alguno de los novelones de su colección Premios Nobel, ver el fútbol a sus anchas… esas cosas; incluido, claro está, el que debía de ser el estímulo mayor: pasarse una buena temporada lejos de su esposa.
Años después, cuando Pepe ya estaba muy enfermo, mi madre y mi tío decidieron vender la casa en parte para quitarle de la cabeza la tentación de volver. Debió de aceptar, imagina ahora su nieto adulto, con la resignación de quien firma un contrato de moribundo con vencimiento a corto plazo. Y así se hizo. Recuerdo que yo, un efervescente adolescente de aquella, opuse una tímida resistencia que no encontró ningún eco (cómo podría, además). Luego Pepe se murió en el 93, su hijo (mi tío) en el 95, mientras que Amelia los sobrevivió hasta el 2003. Y fin de la historia hasta el sábado, cuando, después de otras dos paradas sentimentales previas –me ahorro los detalles–, entré de nuevo, tras más de veinte años, en Villar.

Mi principal miedo, aparte de no ser capaz de dar con la calle –pero eso tendría fácil solución: bastaría con preguntar por las escuelas que estaban al final–, era no encontrármela: que la hubieran derruido, o ampliado, o modificado. Que no estuviera allí o que, como parecía lógico o de esperar, el tiempo y los azares la hubieran hecho irreconocible. La calle, finalmente, costó –y hubo que preguntar, en efecto, por las escuelas–; pero cuando el coche al fin rodó por ella, por cierto mucho más pequeña, estrecha y breve de lo que la recordaba, no pude reprimir un vuelco literal del corazón.

Porque sigue allí. Tal cual la dejamos, la recordamos, o la fotografiamos en su día. La misma puerta, las mismas contraventanas de madera (ya no relucientes de barniz sino bajo una apagada costra de pintura marrón, pero tanto da). La misma placa de forja que mi abuelo labró con su nombre gallego: “a casina”. Ni siquiera la habitan. El dueño, según nos contó M., la hija de Machaca (que, según descubrimos, no vive en el pueblo pero pasa allí todos los fines de semana, en la casa de al lado), la alquila en verano, aunque este año no haya encontrado cliente, por trescientos euros al mes. Por eso estaba cerrada. Me gustaría haber visto el interior, más aún después de que M. afirmara “por dentro sigue igual que la dejó tu abuelo”. Pero no pudo ser, al menos no esta vez: por si acaso, nos hemos vuelto con el teléfono de M., quien prometió que, si la avisábamos con tiempo, concertaría una cita con el dueño para que nos esperara y nos la enseñara. No lo descarto, desde luego. Este mismo verano, incluso. Tampoco negaré la tentación evidente que tuve en cuanto oí sus palabras: alquilarla yo mismo, algo que hasta mi propia madre sugirió esa misma noche, cuando le contamos la expedición. Pero igual resulta demasiado morboso.

Lo sepa o no, un nieto hablando de sus abuelos siempre corre el riesgo de incurrir en cándida sensiblería, o sobreactuada nostalgia, pero debo intentarlo. Porque lo que vine a comprender, allí delante de la casina, rozando sus paredes encaladas con los dedos y fotografiándola una y otra vez, es que me encontraba nada menos que ante la obra maestra de mi abuelo, el único tipo en mi familia que manifestó alguna vez ciertas veleidades, digamos, artísticas. En su día –en la mili, luego en la guerra– intentó ser músico; admiraba la fotografía y la pintura, y se dedicó febrilmente a enmarcar lámina tras lámina cuando ya no podía hacer muebles; siempre le había gustado el cine, leer, e incluso intentó escribir: yo soy, de hecho su albacea literario, pues heredé su modesta biblioteca y su no menos modestas obras completas (guardo en un cajón, a la espera del día en que me ponga a leer y clasificar, varios bosquejos de relatos autobiográficos, amén de su poesía amatoria completa, de la que llegó a publicar varios extractos en la revista anual del propio Villar). Pero hasta el sábado nunca había comprendido cabalmente que su mayor empeño, su más intenso afán, fue aquella casina que levantó de la nada y en la que invirtió sus energías exactamente igual que habría hecho un novelista testarudo al corregir o reescribir una vez tras otra las páginas de la que cree o sueña su gran obra. Y así mi abuelo soñó aquella casa, y así persiguió de mil modos la imposible materialización de ese sueño con la prosaica e imperfecta labor de sus manos; y si nunca la terminó (bah, ni Kafka lo hizo), al menos aún permanece en su sitio –y eso recuperé el sábado, y eso quisiera enmarcar hoy– el último borrador de ese sueño febril. Un sueño íntimo, privado, probablemente ridículo. Pero no mucho menos que cualquier otro.

Como si no hubiera sido suficiente con lo anterior, en un momento de nuestra conversación M. –que es, por cierto, el vivo retrato de su madre Edelmira, a la que yo quería horrores– soltó, así como así, la siguiente frasecilla: “pero si tengo todavía tu bicicleta”. No tardé un segundo en comprender a qué se refería. La última vez que estuve en Villar recuerdo perfectamente que le vendimos a Edelmira –sería una venta simbólica, claro– mi BH roja, y que, en vez de encajarla de nuevo en el coche, allí se quedó para siempre. El caso es que M. la ha guardado desde entonces en un tendejón hasta el que me llevó como quien guía a un héroe en su descenso al Hades.

A primera vista no podría reconocerla, porque está pintada de verde. Pero, como el viajero de La máquina del tiempo de Wells, quien al final de la novela se obliga a sí mismo a palpar las huellas y raspaduras que ha sufrido su invento para convencerse de la verdad de su experiencia, bastó con rascar un poco esa costra verde para que apareciera, por debajo, la pintura roja original. Era ella.

Conclusión: todo lo que les he contado es cierto.
Cogió la lámpara y salió de la habitación. Le seguimos hasta el laboratorio. Allí, bajo la luz de la lámpara, estaba la máquina en toda su realidad, fea, rechoncha y sesgada. Un artefacto de bronce, ébano, marfil y cuarzo traslúcido. Presentaba manchas y tiznones de color marrón sobre el marfil y briznas de hierba y mechones de musgo adheridos a su parte inferior. Una de las barras estaba un poco torcida. La palpé: efectivamente, era sólida al tacto.
El Viajero a través del Tiempo examinó la barra averiada.
—¡Todo lo que les he contado es cierto! —dijo—. (H. G. Wells, La máquina del tiempo)
Como para cualquier otro asturiano que se haya movido de su casa más de cien kilómetros en dirección sur, la autopista del Huerna siempre ha tenido para mí el carácter de un escenario simbólico bien legitimado por la narrativa universal: el paso de la frontera. A saber cuántas veces la habré cruzado hacia destinos bien pesados o bien esperanzadores, y cuántas la habré desandado –sin excepción en un asiento de autobús o en el coche que otro conducía– de regreso a esta tierra cuya mejor carta de presentación siempre me ha parecido la impertérrita capota de nubarrones que aguarda al otro lado del túnel del Negrón.
Pero como, además, pertenezco involuntariamente a esa generación de asturianos cuyos padres, tíos y abuelos se empeñaron durante años en veranear en tierras cazurras, es rara la ocasión en que el escenario agreste, de tan insólita belleza y rudos perfiles del Huerna no se revista de una cosquilleante sensación de inminencia: como si a cada kilómetro de su recorrido fuera hinchándose en el alma del pasajero la feliz certeza de que la aventura (la aventura eterna del verano y las vacaciones) espera a la vuelta de la próxima curva. Y eso que yo me crié en el peregrinaje de Pajares (lo siento, jefe, ése es el nombre de mi infancia, y a ella le debo hoy lealtad), cuyo ascenso en el Seat Seiscientos de mi abuelo tenía sin duda un potencial épico mucho mayor que el lento zigzagueo de la autopista. Pero claro, al Seiscientos de mi abuelo siempre se le rompía algo en el trance (creo que la correa de transmisión, aunque a lo mejor estoy diciendo una burrada; algo, en todo caso, de lo que había que llevar repuesto y cambiar sobre la marcha), mientras que en el Huerna, que se convirtió en el recorrido habitual tras su apertura, se sucedían en la ventanilla una tras otra, y sin imprevistos ni aprietos, las maravillas de los espinazos pétreos de la cordillera, la inverosímil plancha azul del embalse y su no menos inverosímil –por hollywoodiense– puente colgante, hasta que finalmente los arcenes adoptaban ese inconfundible tono terroso y reseco que anunciaba la llegada al destino: León.
En otras palabras: si Pajares era un periplo homérico en primera persona (y no lo olvidemos: Odiseo debió de hartarse de su propia Odisea), El Huerna suponía, en cambio, una confortable experiencia cinematográfica, una dilatada panorámica de western espectral que transcurría con el suave deslizar de un sueño. Y eso, para las retinas impresionables y las almas impacientes, no tiene precio.
El sábado, escapando de lo que pensábamos una nueva jornada más de nubes de este decepcionante fin de curso (luego resultó que el día fue espectacular, al parecer), cogimos el coche y volvimos a cruzarla en busca de sol, una piscina, y tres paradas sentimentales. Lo primero lo logramos nada más pasar, cómo no, el Negrón; lo segundo resultó un chasco; lo tercero, un éxito inesperado. Vamos con esto.
Resulta que, como descubrimos hace tiempo en un mapa, R. y yo veraneábamos en León apenas a media hora de distancia; ella cerca de Benavides, yo en Villar de Mazarife, un pueblo del páramo de apenas cuatrocientos habitantes (a día de hoy, según doña internet) en el que mi abuelo Pepe, el ebanista, fue a comprar una cuadra en la que luego invirtió diez años y a saber cuántos ahorros a fin de convertirla en una casa que nunca logró terminar del todo a su gusto, pero en cuya gestación e infinita construcción halló, no me cabe duda, los ratos más felices de su última madurez. Y, de toda la familia, incluida mi propia abuela, me temo que yo fui el único en quien encontró cierta camaradería al respecto, a la vista del mucho tiempo que pasé allí y, al igual que él, lo muy feliz que allí fui, haciendo, básicamente, nada léase jugar con los clics, leer novelas juveniles, andar todo el día en bicicleta, y tropezarme de sopetón con Eros (en forma de una imagen imborrable de una felación que vine a descubrir entre las revistas de mi abuelo) o Thanatos (en forma de un torpe gorrión que fue a morirse de una pedrada inocente que le largué un pesado mediodía, en la verja de la escuela).
Cuando en los años de la facultad estudiaba la generación del 98 y su dichosa visión de Castilla, recuerdo que al pronto acudía a mi mente, antes que cualquier verso machadiano o cualquier disquisición unamuniana, el recuerdo de aquel pueblucho desvencijado del páramo, olvidado de Dios y de los hombres, en el que ardía el aire de la tarde y sobre el cual el cielo se desplomaba como una cuchilla de luz día tras día, dejando silencio y sombras de fuego entre las callejuelas bordeadas de ruinosos edificios de adobe y madera, la mayoría entonces desplomados. Conste que en Villar no había ni hay siquiera río ni piscina; que, cuando estrenamos la casa, no había agua corriente ni por tanto lavabo (no contaré cómo lo hacíamos), sólo un regato de mugre recorriendo la calle; no había aceras, ni asfalto; no había farmacia ni médico; no sé si niños (el caso es que yo no me hice amigo de ninguno), pero la escuela estaba que daba pena; no había más que viejas enlutadas y cuchicheantes jugando a la brisca en los portalones de madera, hombres adustos de boina y chaleco como nuestro vecino Machaca, quien, para mayor pavor, hablaba –es un decir, nunca le entendí palabra– por un agujerito de la garganta; gatos famélicos que hacían coro ante la ventana de la cocina cuando mi abuela freía el primer pescado que debieron olieron en su vida; avispas, abejas y ejércitos de moscas; y óxido, mucho óxido.
Por lo general yo me pasaba aquellos interminables veranos solo, como mucho con algún primo que pasaba allí una semana o dos, o mis propios padres si venían a buscarme con mi hermano –yo me largaba ya a finales de junio, con mis abuelos– y, antes de llevarnos de vuelta a Asturias, se quedaban un par de días supongo que para fichar. Pero mi madre (que es la hija de Pepe) odiaba aquel sitio sin playa ni brisa. Mi hermano prefería la aldea de Carreño de la familia de mi abuelo paterno, donde jugaba a ser ganadero; y mi padre, desde luego, se hartaría de que Pepe aprovechara cada ocasión para encargarle chollos como la instalación eléctrica, la reparación del canalón o la antena de la tele.
Quien peor lo llevaba era, desde luego, mi abuela Amelia, que detestaba irse a Villar, se aburría y sofocaba una vez allí, y no entendía las mil vueltas que Pepe le daba una y otra vez a la escalera del patio, los zócalos del piso de arriba, el baño. Hasta el punto de que, cuando crecimos y yo dejé de ir –su nieto sería lo único que le hacía soportable la estancia, me temo–, ella hizo lo propio, y mi abuelo empezó a largarse solo incluso en pleno invierno, a seguir dale que te pego con sus manías (a última hora le dio por enmarcar cuadros), proyectos (la ansiada y nunca ejecutada escalera de caracol interior, por ejemplo), y eremíticas rutinas: fumar, dormir hasta las tantas, acostarse a las mil, comer siete días seguidos una infame sopa de salchichas que era su sustento principal, ojear su repertorio de revistas eróticas, leer alguno de los novelones de su colección Premios Nobel, ver el fútbol a sus anchas… esas cosas; incluido, claro está, el que debía de ser el estímulo mayor: pasarse una buena temporada lejos de su esposa.
Años después, cuando Pepe ya estaba muy enfermo, mi madre y mi tío decidieron vender la casa en parte para quitarle de la cabeza la tentación de volver. Debió de aceptar, imagina ahora su nieto adulto, con la resignación de quien firma un contrato de moribundo con vencimiento a corto plazo. Y así se hizo. Recuerdo que yo, un efervescente adolescente de aquella, opuse una tímida resistencia que no encontró ningún eco (cómo podría, además). Luego Pepe se murió en el 93, su hijo (mi tío) en el 95, mientras que Amelia los sobrevivió hasta el 2003. Y fin de la historia hasta el sábado, cuando, después de otras dos paradas sentimentales previas –me ahorro los detalles–, entré de nuevo, tras más de veinte años, en Villar.
Mi principal miedo, aparte de no ser capaz de dar con la calle –pero eso tendría fácil solución: bastaría con preguntar por las escuelas que estaban al final–, era no encontrármela: que la hubieran derruido, o ampliado, o modificado. Que no estuviera allí o que, como parecía lógico o de esperar, el tiempo y los azares la hubieran hecho irreconocible. La calle, finalmente, costó –y hubo que preguntar, en efecto, por las escuelas–; pero cuando el coche al fin rodó por ella, por cierto mucho más pequeña, estrecha y breve de lo que la recordaba, no pude reprimir un vuelco literal del corazón.
Porque sigue allí. Tal cual la dejamos, la recordamos, o la fotografiamos en su día. La misma puerta, las mismas contraventanas de madera (ya no relucientes de barniz sino bajo una apagada costra de pintura marrón, pero tanto da). La misma placa de forja que mi abuelo labró con su nombre gallego: “a casina”. Ni siquiera la habitan. El dueño, según nos contó M., la hija de Machaca (que, según descubrimos, no vive en el pueblo pero pasa allí todos los fines de semana, en la casa de al lado), la alquila en verano, aunque este año no haya encontrado cliente, por trescientos euros al mes. Por eso estaba cerrada. Me gustaría haber visto el interior, más aún después de que M. afirmara “por dentro sigue igual que la dejó tu abuelo”. Pero no pudo ser, al menos no esta vez: por si acaso, nos hemos vuelto con el teléfono de M., quien prometió que, si la avisábamos con tiempo, concertaría una cita con el dueño para que nos esperara y nos la enseñara. No lo descarto, desde luego. Este mismo verano, incluso. Tampoco negaré la tentación evidente que tuve en cuanto oí sus palabras: alquilarla yo mismo, algo que hasta mi propia madre sugirió esa misma noche, cuando le contamos la expedición. Pero igual resulta demasiado morboso.
Lo sepa o no, un nieto hablando de sus abuelos siempre corre el riesgo de incurrir en cándida sensiblería, o sobreactuada nostalgia, pero debo intentarlo. Porque lo que vine a comprender, allí delante de la casina, rozando sus paredes encaladas con los dedos y fotografiándola una y otra vez, es que me encontraba nada menos que ante la obra maestra de mi abuelo, el único tipo en mi familia que manifestó alguna vez ciertas veleidades, digamos, artísticas. En su día –en la mili, luego en la guerra– intentó ser músico; admiraba la fotografía y la pintura, y se dedicó febrilmente a enmarcar lámina tras lámina cuando ya no podía hacer muebles; siempre le había gustado el cine, leer, e incluso intentó escribir: yo soy, de hecho su albacea literario, pues heredé su modesta biblioteca y su no menos modestas obras completas (guardo en un cajón, a la espera del día en que me ponga a leer y clasificar, varios bosquejos de relatos autobiográficos, amén de su poesía amatoria completa, de la que llegó a publicar varios extractos en la revista anual del propio Villar). Pero hasta el sábado nunca había comprendido cabalmente que su mayor empeño, su más intenso afán, fue aquella casina que levantó de la nada y en la que invirtió sus energías exactamente igual que habría hecho un novelista testarudo al corregir o reescribir una vez tras otra las páginas de la que cree o sueña su gran obra. Y así mi abuelo soñó aquella casa, y así persiguió de mil modos la imposible materialización de ese sueño con la prosaica e imperfecta labor de sus manos; y si nunca la terminó (bah, ni Kafka lo hizo), al menos aún permanece en su sitio –y eso recuperé el sábado, y eso quisiera enmarcar hoy– el último borrador de ese sueño febril. Un sueño íntimo, privado, probablemente ridículo. Pero no mucho menos que cualquier otro.
Como si no hubiera sido suficiente con lo anterior, en un momento de nuestra conversación M. –que es, por cierto, el vivo retrato de su madre Edelmira, a la que yo quería horrores– soltó, así como así, la siguiente frasecilla: “pero si tengo todavía tu bicicleta”. No tardé un segundo en comprender a qué se refería. La última vez que estuve en Villar recuerdo perfectamente que le vendimos a Edelmira –sería una venta simbólica, claro– mi BH roja, y que, en vez de encajarla de nuevo en el coche, allí se quedó para siempre. El caso es que M. la ha guardado desde entonces en un tendejón hasta el que me llevó como quien guía a un héroe en su descenso al Hades.
A primera vista no podría reconocerla, porque está pintada de verde. Pero, como el viajero de La máquina del tiempo de Wells, quien al final de la novela se obliga a sí mismo a palpar las huellas y raspaduras que ha sufrido su invento para convencerse de la verdad de su experiencia, bastó con rascar un poco esa costra verde para que apareciera, por debajo, la pintura roja original. Era ella.
Conclusión: todo lo que les he contado es cierto.
3 comentarios:
¡Grande!
La BH era el ferrari de la infancia, y como tal, roja.
Un abrazo.
Me ha gustado el post. También yo volví hace poco al escenario de mis veraneos infantiles después de 20 años, y también vi, sin llegar a entrar, el apartamento donde pasaba los días entonces. No me atreví a hurgar mucho más, por lo que pudiera suceder. Fue extraño.
Querido Roberto, perdóname. Iba a replicarte que cuánta razón llevabas (de hecho, esa BH es el único vehículo que he tuneado en mi vida, con el mismo mimo que un mecánico de F1 ajustaría hasta la última tuerca de su bólido) y luego se me pasó por completo.
Querido Miguel, cuando hoy leí lo que habías escrito para "Culturas" recordé perfectamente aquella primera entrada tuya sobre los regresos. Y me di cuenta de que yo había escrito lo mismo que tú en esta mía. Cosas de la edad, me temo.
Abrazos a ambos.
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