1 jul 2009

El exabrupto del bibliotecario

El libro llevaba mucho tiempo en el escritorio, esperando el momento en que al fin sería devuelto a la biblioteca. Todo había comenzado meses atrás, cuando un colega suyo le pidió que presentara su última obra, un reciente libro de poemas, y él, además de aceptar y leer dicha obra, se había sentido en la obligación de revisar sus trabajos anteriores; pero en la biblioteca de la ciudad no había encontrado de este autor, el prolífico X -sí, recurramos a la inicial habitual, cómplice de tantos anónimos-, más que un lejano poemario titulado, digamos -recurriendo ahora a la inventiva-, Dietario de la diástole. Bueno, algo era algo, se dijo. Y se lo llevó a casa.


Mientras preparaba la presentación de X, Y -démosle también su máscara- tuvo varias dudas, relativas tanto a su capacidad como lector objetivo y eficaz de la obra de X, cuanto al sentido último de su elección como padrino de tal acto, dado que entre uno y otro nunca había mediado hasta el momento más que una cordial y afectuosa relación que, si bien excedía los límites habituales de lo laboral, de todos modos no le parecía acreedora -por el momento, al menos- del título de amistad. De hecho, así se atrevió a decirlo durante el propio acto, algo que le valió después -aun en forma de protesta privada, no de reproche público- la cariñosa reprimenda de X: "claro que somos amigos", vino a decirle. "Sin duda".


Sea quizá porque tiene pocos, o porque ha perdido a alguno de los mejores, Y aceptó dicha protesta con agradecida reticencia no porque dudara de la franqueza de X, sino más bien de su capacidad para satisfacer esa nueva condición de amigo suyo. Y así quedaron las cosas hasta la tarde en que, no poco azorado por el retraso, Y se encaminó a la biblioteca para devolver el Dietario de la diástole.


Entró en el edificio, se acercó a la sala, y aguardó la cola preceptiva que se había formado ante el mostrador. Cuando le llegó su turno, tendió el Dietario al bibliotecario y susurró, a modo de excusa y advertencia, una frasecilla cualquiera: "tiene un ligero retraso", dijo, mirando para otro lado e intentando no sentirse demasiado violento por la situación (Y tiene una dilatada educación sentimental en la culpa, que es muy capaz de abotargarlo en escenas tan banales como ésta). Entonces el bibliotecario hizo algo extraño: cogió el libro pero, en vez de actuar según el protocolo habitual, pareció sopesarlo durante un instante eterno como con recelo, duda o escepticismo (luego Y comprendería que se trataba de desdén). Al fin, y regresando del invisible territorio mental en que se había perdido momentáneamente, tecleó algo en el ordenador y respondió no sin ironía: "Un ligero retraso... que te impide volver a sacar nada hasta el día tal de agosto" (día por día de retraso, vaya).


Y sonrió, cortado, sopesando alguna réplica expiatoria, pero el bibliotecario interrumpió el hilo de sus pensamientos con una inesperada coletilla: "aunque por mí...", comenzó, sopesando de nuevo el libro como si se tratara de un objeto sospechoso. Al principio Y no entendió esas palabras, pero cuando el bibliotecario remató su frase afirmando "lo siento, es que no soporto a este X", Y comprendió -sin margen posible de error- lo que el tipo había querido decir (algo así como "por mí podías habértelo quedado, o quemado, o perdido, que tanto me hubiera dado").


Y está dispuesto a aceptar que el bibliotecario se arrepintió al instante, ya que añadió a modo de inmediata aclaración "...es una cuestión personal". Pero no se paró a aguardar más explicaciones. Se limitó a encararlo, a responder con cinco palabras, a darse la vuelta y salir a grandes zancadas de la biblioteca, con el azoramiento de un momento atrás repentinamente trastocado en un inesperado sentido de la dignidad, la fidelidad y el deber bien cumplido que debió transparentarse, incluso, en el porte y ademanes con que lo hizo.


Cuidado: no le soltó ninguna grosería, no lo mandó a tomar vientos o le largó una perorata. Ni siquiera está muy seguro de haber sido oído cabalmente (Y habla bajo en estas ocasiones porque, aunque es sensible al enfado retrospectivo, suele ser tardo en reaccionar ante las afrentas inesperadas). Pero se quedó a gusto, y muy tranquilo. A saber si en la intimidad de sus pensamientos no le agradeció al bibliotecario su clarificador exabrupto.


"Pues yo soy su amigo", fue su escueta respuesta.

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