Hace como un año escribí folio y medio a propósito del estilo, con vistas a este blog. Quedó inconcluso, y no soy a rematarlo: lo releo, y no sé hacia dónde me dirigía después de lo que hay, un somero repaso a distintas respuestas que la teoría literaria (“la teoría literaria que yo estudié, la que hoy recuerdo: no necesariamente coincidirán entre sí, ni ambas con la realidad”, advertía) ha ofrecido al respecto.
Primo Levi, en su apéndice de 1976 a Si esto es un hombre: “fue la experiencia del Lager lo que me obligó a escribir: no tuve que luchar contra la pereza, los problemas de estilo me parecían ridículos, encontré milagrosamente tiempo…”. La hermosa hipótesis de que los libros verdaderamente necesarios pueden, en efecto, prescindir de la costra superflua del estilo. Y su inmediata réplica: claro que hay un estilo en Si esto es un hombre. Basta comparar algunos episodios (la secuencia de la llegada al Lager, sin ir már lejos) con, por ejemplo, Sin destino, de Kertész. El juego con el punto de vista y las visiones radicalmente opuestas a que da lugar la narración de episodios en apariencia similares; el horror del saber reflexivo, en Levi, frente al horror ignorante (y horriblemente cómico) de Kertész.
Así que Queneau (Ejercicios de estilo), en el fondo tenía razón. El libro más estúpido y más sabio.
Saltar de las fatigosas páginas de la ambiciosa última novela de un joven escritor español (pecado sin pecador) a la tersura de Los papeles de Aspern, de James. La vigencia de la lección del maestro (la tersura como efecto de una laboriosa construcción subterránea), y su olvido -por parte de estos discípulos indisciplinados- como un error brutal, capaz de arruinar el talento hasta hacerlo parecer ridículo, irrisorio. La maldita manía de soltar un redoble a cada párrafo, de enfatizar cada escena y cada movimiento con una cadena insoportable de adjetivos, comparaciones, cultimos y metáforas de dudoso gusto y nula pertinencia para el bien del relato. El estilo como un arrogante puñetazo que te expulsa de la lectura línea tras línea.
Releer un manuscrito propio y encontrarse los mismos defectos.
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