28 oct 2009

La señora Christie






Todavía este verano, en Villaviciosa, me encontré a unos chavales delante de uno de esos puestos improvisados de mercadillo (una caja de cartón sobre la que aguardaban varios cómics, un muñeco, un DVD…) como los que mi hermano, algún vecino y yo solíamos organizar de críos en el Muro de San Lorenzo, y en los que, entre otras desvencijadas chucherías, más de una vez pusimos en venta -a saber por qué irrisorio precio- la colección de novelas de Agatha Christie de mi padre, me temo que sin su consentimiento ni su conocimiento. Como no las he vuelto a ver por casa, concluyo que esas tempranas incursiones en la lógica capitalista debieron resultar un éxito que nos reportaría, supongo, alguna moneda de cinco duros a la que daríamos buen uso en el kiosco de Pilar. A saber.

Recuerdo bien aquellas ediciones de bolsillo, manoseadas y cuarteadas, de Diez negritos, Telón o Muerte en el Nilo que Mr. Google me acaba de hacer presentes con solo un click:


El otro día, abrumado por el catarro (sí, este blog cada día se parece más al monótono monólogo de un tirillas, pero qué le voy a hacer), acudí una vez más a la señora Christie en busca de cierto consuelo, y para ello eché mano a una edición del Círculo de Lectores de varias novelas de Poirot que, por cierto, ahora que lo pienso, también tuve que robar, si es que las tengo yo y no, como debiera (él las pidió) mi hermano. Recuerdo haber leído la colección completa en su momento (es de 1990) y haber acudido a ella en los sofocos y hastíos de algún otro verano más adulto, allá por tercero o cuarto de carrera. Finalmente, el ejemplar de El asesinato de Roger Ackroyd está más sobado que ningún otro, porque todavía le saqué punta para un par de páginas doctorales. Puestos a recontar, añadiré que mi primer portátil se llamaba Hastings (lo de poner nombres a los ordenadores es un vicio que le debo Mariano el argentino, y su –tanto más apropiado- “Funes”), o que el propio Hastings y el inefable Poirot protagonizan un verso de Marienbad. Vaya, por si no está claro: que les tengo cariño.

No hay razón intelectual bajo la que pudiera ampararme, y no la buscaré (argumentos del tipo El asesinato de Roger Ackroyd supone una vuelta de tuerca del género policiaco y su retórica narrativa, y bla bla bla…). Se trata, sencillamente, de puro sentimentalismo: me pueden esos solitarios caserones ingleses tipo Styles, esas atmósferas de arquitectura tan artificial como efectiva, esos dramatis personae compuestos de matrimonios en crisis, ancianas con dudas testamentarias, envenenadores de guante blanco y férreas coartadas, me puede el bueno de Hastings, tan torpe él, me hacen gracia el engolado belga y sus absurdas coletillas y galicismos (¡Hélas! ¡Mon ami! ¡Voilà! Mas oui!)… Para colmo, siempre pierdo la partida: mis pequeñas células grises nunca logran averiguar quién es el malo antes de la pertinente reunión en el salón de todos los implicados, cuando Poirot se saca el último as de la manga y expone a su atónita audiencia el resultado de la pesquisa. Debo confesarlo: el primer impulso serio de escribir una novela que jamás sentí nació de la idea de reunir en un espacio estanco (el dichoso caserón) a un elenco de personajes cuyos diversos secretos se entrecruzaran sin saberlo hasta la tragedia; pero, más que los dramas ocultos de cada uno de ellos, me impulsaban sobre todo las ganas de escribir una escena en que todos tomaran el té en el jardín...

Para quien no lo conozca, una recomendación: existe un breve y divertidísimo relato de Montalbán titulado “El alevoso asesinato de Agatha Christie” escrito con tan mala leche como buen oído para la parodia: en él, una borrachina señora Christie aparece asesinada (la autopsia revelará medio litro de oporto en su estómago) en un clásico caserón Tudor, y es el propio Poirot quien, acompañado de “el fiel capitán Hastings” (el sintagma se repite burlonamente todo el relato “pues era del dominio público, e incluso las muchachas de servicio hablaban del capitán en estos términos: acabo de llevarle el té al fiel capitán Hastings”) se dedica a investigar el crimen, labor que concluye con este desternillante diálogo:

-Poirot. No se cebe. Si usted sabe quién es el asesino dígalo y en paz.
-El impaciente Hastings. El fiel e impaciente Hastings. El asesino soy yo.
-¿Usted?
-¿Usted? Imposible.
-Si lo sabré yo.
-¿Y cómo lo ha descubierto? –preguntó Hastings sin merecer respuesta.

Las razones de Poirot (el móvil, diríamos mejor) son obvias: como declara acto seguido, “Fíjense qué cabeza me había atribuido y qué estatura. Mon dieu! No hay detective privado en el mundo más grotesco que yo”. Y probablemente tenga razón; pero por eso mismo.


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