8 oct 2009

Si la cosa funciona


Como decíamos ayer, el cine último de Woody Allen ha entrado en una espiral de autocomplacencia que se manifiesta, sin ir más lejos, en el olímpico desprecio que manifiesta por cuestiones tales como la verosimilitud, en su enrocada insistencia en determinados cuadros de personajes, sus enésimas vueltas de tuerca a las relaciones amorosas… y bla bla bla. Todo lo cual podría argumentarse fatigosamente, caso de ser necesario o mínimamente interesante, acudiendo a diversos diálogos, nudos, giros y desarrollos de Si la cosa funciona, título (el castellano y el inglés: “Whatever works”) por cierto de aires no poco irónicos.

Porque, en efecto, si la cosa funciona (o “lo que sea que funcione”), tampoco hay más vuelta que darle. Y sí, lo cierto es que nos hemos pasado un buen rato en el cine. Hemos echado más de una carcajada con tal y cual réplica, hemos sonreído en no pocas escenas, hemos acabado cogiéndole cariño a sus impertinentes, idióticos o veleidosos protagonistas. Para colmo, la bienintencionada moraleja final, por muy manida o sobada que esté (la peli no deja de ser una pequeña fábula, y las fábulas no dan para mucho más), resulta difícil de contradecir, al menos en teoría. No es poco.


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