18 sept 2009

El novelista inconstante

El novelista inconstante abría unos días un proyecto, otros días otro. Unas mañanas de verano se enfrascaba en su historia policiaca en primera persona, otras noches de otoño prefería el delirio metafísico en tercera. Los fines de semana gustaba de añadir un par de líneas a sus relatos de aventuras, por semana se sentía más cómodo hilvanando sendas tramas distópicas. Su carpeta de "works in progress" semejaba un pintoresco museo de intenciones, maneras, estilos y alturas dispares, cuando no contradictorias. Proyectos laboriosamente iniciados languidecían al poco de su gestación, mientras nuevas ideas o viejísimos pergeños tomaban el relevo en su apretado calendario narrativo con la urgencia de una epifanía. Unos días se soñaba metafictivo, otros existencialista. En ocasiones ganaba imaginariamente ese -y sólo ése- premio de prestigio, el que le permitiría ser reseñado al fin en dos o tres diarios nacionales; al día siguiente, quedaba finalista (de nuevo imaginariamente) de un goloso certamen de literatura juvenil que le permitía pagarse tres implantes dentales de una tacada. Y así pasaba el rato, sin concluir una ni otra, pero trabajando afanosamente en todas ellas.

Cabe sospechar, por último, que el novelista inconstante prefiriera este veleidoso salto de mata al vértigo de asombro que le hubiera producido, de pronto, endosarle el "fin" a cualquiera de esos proyectos. Porque entonces habría llegado a esa terrible encrucijada en que siempre acaban tropezándose, de bruces, los sueños con los despertares. Dos desconocidos que nunca saben muy bien qué decirse.

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