1 dic 2009

Final abierto





Quizá lo que llevaba varias semanas calificando de pereza, cansancio o directo desfallecimiento, pensó ahora con renovado optimismo, no fuera en realidad sino un benéfico tránsito hacia nuevas formas de entender las cosas, o al menos de repensarlas libre de molestos prejuicios y apriorismos; y quizá, después de todo, merecieran la pena esas semanas en cuyo átono transcurso creyó, por un momento, que se ahogaría sin remedio.

Ahora llegaba el tiempo de las decisiones, se dijo, el tiempo de aplicar a la práctica de la vida ―esa cosa tan vulgar y exigente― las abstractas conclusiones a las que había llegado tras largos días de enmarañado recuento. Sí, estaba decidido, y no debía echarse atrás: no podía permitirse la decepción de una cobardía semejante. Porque nadie ―empezando por él mismo― se lo perdonaría nunca.

Sólo restaba, en suma, actuar, huir hacia delante: llevar a término su arriesgada resolución:
a) dejaría para siempre de fumar.
b) se tiraría por la ventana de una vez.
c) nunca volvería a comerse las uñas.
d) a), b) y c) son simultáneamente ciertas.

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