Creo que, hasta la inauguración de este blog allá por la primavera de 2008, nunca antes había practicado con cierta continuidad la escritura digamos “autobiográfica”, salvando lógicos desahogos adolescentes, un breve epistolario inglés, y un furioso e iconoclasta diario colectivo en tiempos universitarios. Ahora, echando un vistazo de reojo a mis dos o tres primeros posts en busca de alguna luz, descubro una suerte de poética improvisada: fiebre, libros, afanes. Categoría más categoría menos, en eso seguimos.
Lo gracioso –ayer caí de nuevo en la cuenta- es que, como siempre escribo en word aunque el destino final de esas palabras sea éste, de entonces a hoy no sólo he perseverado en tales asuntos, sino que he ido acumulando paralelamente, en una recóndita carpeta del disco duro, textos de diverso pelaje que una vez concluidos o bien a medio camino de gestación –depende del arranque y el esfuerzo- luego no me atreví a postear en atención a pudores diversos.
Me descubro, así, vigilado por una caprichosa autocensura que regula el tráfico irregular de esta página negando credenciales a párrafos no necesariamente mal trabados, pero a lo mejor no muy bien pensados o excesivamente sentidos: lamentos de escritor frustrado, autoanálisis destructivos, biopics de escaso o nulo interés… Un solo ejemplo: este blog lo visitan cuatro amigos, y como mucho lo comentan, cuando les apetece, dos o tres. Pero, contra lo que pudiera parecer, el exiguo dato supone un alivio: porque la única vez que un anónimo -anónimo relativo, de todos modos- dejó constancia de su desacuerdo con mis frases, me salió una réplica nada menos que de cinco folios autojustificativos, dolientes y extenuantes que por fortuna no me dio por publicar. Menudo ridículo, amén de falta de mesura.
En otras ocasiones, el blogero autocensurado retoma uno de sus temas favoritos y se dedica a merodear sobre el sentido último de la (de su) escritura, de los (de sus) empeños o afanes, y ronda la tentación de anunciar una dramática renuncia definitiva. (Coyunturalmente, tales entradas-pataleta suelen coincidir en el tiempo con el fallo de algún concurso literario que no le ha resultado propicio…). A veces es el académico postergado quien toma la palabra a fin de desengrasar su innata capacidad para la pedantería (de esto tampoco me acabo de librar en público); en otras, en fin, un tipo casi desconocido se envalentona repasando su trayectoria vital con el sospechoso fin de erigir un relato de iniciación que no duda en titular “manifiesto”… Buf.
Alguien dijo (¿?) que un escritor se descubre en cuánto es capaz de corregirse, tacharse, negarse. Por mi parte bloguera soy consciente de no haberme ahorrado tales o cuales impudicias, pero me enorgullezco brevemente cuando descubro, al menos, que no siempre ha sido así; y que, por detrás de mi cogote, en ocasiones algo que convendré en llamar sentido común me ha evitado mayores o más sangrantes ridículos, exabruptos y gilipolleces.
1 comentario:
Es curioso: yo ayer escribí una entrada extensa y sentida... que no publiqué al final. Creo, sin embargo, que lo no publicado es lo mejor, por lo menos lo más verdadero y muchas veces lo más apasionado, pero el pudor...
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