Datos: ahora que lo pienso, va para un mes que no tecleo un párrafo en este kiosco. Supongo que me tomé las vacaciones navideñas demasiado a pecho... Digo esto para no ahondar en lo que, realmente, temo; a saber: que se hayan agotado definitivamente las reservas de convicción que un día alentaron la perseverancia en este blog, y en otros tantos frentes.
Temores: lo temo, pero es cierto: me he cansado momentáneamente de escribir. Nada preocupante, desde luego. Soy consciente de haber actuado siempre, en ciertos aspectos de mi vida, al dictado de un caprichoso vaivén: si me pusiera pedante lo llamaría ciclos, pero mejor dejarlo en ventoleras. De pronto me apetece quitar todos los papeles de la mesa, dejar a medias lo que esté a medias, sin corregir lo que está sin corregir, guardarlo todo hasta nuevo aviso del ánimo y cambiar de aires. Comprarme una guitarra nueva, por ejemplo (ya lo he hecho). Desempolvar el software de grabación (estoy en ello, si logro zafarme del apestoso Vista). Ponerme a diseñar juegos de mesa (esto es literal y muy divertido -de hacer-: otro día lo cuento). Me pasó hace ya tiempo, y años después, cuando volví a ensuciarme las manos con lo que había abandonado en su momento, me llevé gratas sorpresas, aprendí algunas cosas, disfruté otras que el hastío había sepultado bajo capas de desprecio. Me vino bien, creo.
Aspectos colaterales: soy demasiado propenso a la obligatoriedad: llevo lustros poniéndome de deberes lo que empiezan siendo placeres. Ignoro cuándo puse en marcha ese insidioso mecanismo de tortura y hostigamiento, y tardo en reconocerlo, pero cuando lo descubro -una suerte de oculto proceso informático que deambula por debajo de las apariencias y los actos- no puedo evitar sentirme un poco gilipollas.
Temores: lo temo, pero es cierto: me he cansado momentáneamente de escribir. Nada preocupante, desde luego. Soy consciente de haber actuado siempre, en ciertos aspectos de mi vida, al dictado de un caprichoso vaivén: si me pusiera pedante lo llamaría ciclos, pero mejor dejarlo en ventoleras. De pronto me apetece quitar todos los papeles de la mesa, dejar a medias lo que esté a medias, sin corregir lo que está sin corregir, guardarlo todo hasta nuevo aviso del ánimo y cambiar de aires. Comprarme una guitarra nueva, por ejemplo (ya lo he hecho). Desempolvar el software de grabación (estoy en ello, si logro zafarme del apestoso Vista). Ponerme a diseñar juegos de mesa (esto es literal y muy divertido -de hacer-: otro día lo cuento). Me pasó hace ya tiempo, y años después, cuando volví a ensuciarme las manos con lo que había abandonado en su momento, me llevé gratas sorpresas, aprendí algunas cosas, disfruté otras que el hastío había sepultado bajo capas de desprecio. Me vino bien, creo.
Aspectos colaterales: soy demasiado propenso a la obligatoriedad: llevo lustros poniéndome de deberes lo que empiezan siendo placeres. Ignoro cuándo puse en marcha ese insidioso mecanismo de tortura y hostigamiento, y tardo en reconocerlo, pero cuando lo descubro -una suerte de oculto proceso informático que deambula por debajo de las apariencias y los actos- no puedo evitar sentirme un poco gilipollas.
Sospechas: que los blogs tristes, o autoindagatorios, son un impúdico -y sesgado- coñazo en el que no me gustaría incurrir.
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