Imaginar (Del lat. imagināri).
1. tr. Representar idealmente algo, inventarlo, crearlo en la imaginación. U. t. c. prnl.
2. tr. Presumir, sospechar. U. t. c. prnl.
3. tr. ant. Adornar con imágenes un sitio.
4. prnl. Creer o figurarse que se es algo.
Ayer, mientras comíamos, oímos en un programa de la tele que alguien decía de otro alguien que había nacido para… (para más infinitivo, como el "Nasío para matar" de El jueves). Más en broma que otra cosa, en parte porque suelo descreer bastante de los argumentos teleológicos y en parte porque ya intuía la respuesta, le reenvié la cosa a R. en forma de pregunta: “y tú –le dje, entre bocado y bocado-, para qué dirías que has nacido?”.
Fui un incauto, lo sé, porque la broma no tardó un minuto –el tiempo de su titubeo inicial y posterior tentativa, acorde, por cierto, con mis sospechas- en volverse contra mí. Y claro, no supe qué decir.
Cuidado: la cosa no pasó de juego, olvidé la majadería de inmediato y no volví a recordarla hasta que, horas después, mientras subía a casa de vuelta del dentista con una muela menos y un sanguinolento boquete en su lugar, la ventanilla del taxi me ofreció la respuesta. Pues comprendí que, si alguna vez tuviera que responder con cierta seriedad a semejante insensatez, no podría elegir en todo el diccionario otro infinitivo que “imaginar”. Porque en ello, en imaginar, he invertido más tiempo, humo y esfuerzos que en ninguna otra cosa; es el arte en que más diestro soy; la ocupación más frecuente de mis paseos, mis viajes en autobús, mis insomnios; el discurso habitual de mis monólogos interiores; la frecuencia que sintoniza hora tras día esta vana conciencia mía.
Vaya, ya lo sé: ser imaginativo, o creativo, tiene buena prensa; pero que no se piense que estoy tirándome el pisto, ni mucho menos. Puestos a ello, tendría bastante que decir en contra del enfermizo arte de la hipótesis, que si bien puede dar para un par de poemas nostálgicos, también explica no pocas hipocondrías galopantes, entre otros males menores.
Y conste otra cosa: he dicho imaginar, pero eso no significa ni implica ejecutar, plasmar, objetivar, alumbrar. Yo he imaginado muchísimas cosas en mi vida: he imaginado cientos de canciones, varios grupos musicales completos, unas cuantas decenas de casas –un deporte contra el insomnio que recomiendo-, otras tantas novelas, estudios académicos, todas las películas que no he visto o los libros que no leeré jamás, miles de conversaciones imposibles, de mundos, en fin, dolorosamente posibles.
A primera vista, un caudaloso –si no desbordado- flujo imaginario podría parecer un bien apreciable; pero la cuenta efectiva de lo que he logrado vivir o hacer es, en comparación, tan exigua, que en realidad no ofrece ningún consuelo. Y, para colmo –quien lo probó lo sabe de sobra-, lo poco que se logra alzar con todo ello nunca alcanza la imponente estatura que se le atribuyó en el momento de su vislumbre. Basta un ejemplo: ayer, aún en el taxi, imaginé esta entrada que hoy escribo; era rotunda, sólida, brillante. Ahora, en cambio…
2 comentarios:
Algunos que te conocen opinan que has nacido para enseñar. No es poca cosa eso. ¿Por qué no estás más orgullso de esa magnífica, espléndida y deslumbrante faceta?
Querido anónimo, gracias por tu sorprendente comentario, que, lo confieso, me deja un poco in albis. Supongo que por dos razones: una, que nunca pensé dedicarme a la enseñanza, que jamás sentí vocación alguna al respecto, que me di de bruces con ella, que me costó lo suyo acostumbrarme y, sobre todo, disfrutarlo, gracias sobre todo a un puñado de alumnos que me tocó en suerte hace tres o cuatro cursos. Y dos, porque, desde luego, aunque ahora ya haya logrado creerme un poquito más el papel, de momento le sobran tus generosos adjetivos. De todos modos, te respondo: claro que estoy satisfecho de haber convertido en pasión lo que empezó siendo pura retribución.
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