4 abr 2010

Bíblica



En el colegio religioso donde hice la EGB estudiábamos una Biblia contada a los niños que no conservo (incluso este título improvisado me parece más un préstamo involuntario de Lyotard que otra cosa) pero que sí recuerdo como uno de los primeros best-seller que leí en mi vida. Recuerdo perfectamente, sí, haberme enfrascado en sus páginas ilustradas cada noche de aquel curso, retrasando la hora de apagar la luz y adelantándome, así, al punto en que íbamos en clase, lo cual supongo que me proporcionaría, durante las lecturas en el aula, el doble placer de la superioridad (con respecto a mis compañeros, ignorantes de cómo concluiría tal o cual episodio) y del reconocimiento (ese niño no soñaba con narratologías, evidentemente, pero algo de eso hay, de todos modos). También recuerdo, por cierto, la gracia que nos hacía que un personaje bíblico se llamara como uno de clase. Solíamos mirarnos en esos pasajes, o henchirnos de un estúpido orgullo si lo vivíamos, como a mí me sucedió con la historia del bastardo de Abraham y su madre Agar, en primera persona.

No obstante, mi recuerdo de esa Biblia infantil se limita al Antiguo Testamento, aun cuando es de suponer que leyéramos también el Nuevo. Comprendo, ahora, que el universo veterotestamentario (como diría un profesor de mi facultad), con su feroz y sangrienta teología, sus éxodos a través de interminables desiertos, sus mares o sus murallas abriéndose al capricho divino, sus lluvias de maná, sus becerros de oro y sus tablas de la ley y sus tierras prometidas, resultara bastante más fascinante (por tolkieaniano) para la imaginación de un crío impresionable que la sutileza parabólica y la bonhomía trágica del Nuevo Testamento. Ayer mismo, por cierto, leyendo El mar de Banville, me encontré una reflexión similar en boca del narrador de la novela:

De niño yo era bastante religioso. No devoto, sólo compulsivo. El dios que veneraba era Yahvé, destructor de mundos, no el dulce Jesús dócil y afable. Para mí el Altísimo era una amenaza, y reaccionaba con miedo y con su compañero inseparable, la culpa. (p. 102)

En el Nuevo me enfrasqué, en cambio, durante una extraña etapa de mi adolescencia durante la cual, por razones que al adulto se le escapan, habité en una suerte de remake de San Manuel Bueno, Mártir. No voy a entrar en detalles. El recuerdo que queda, ahora, de aquella indagación es espurio: una suerte de híbrido entre Crónica de una muerte anunciada, Caballo de Troya, novela polifónico-faulkneriana y Edipo Rey. La historia de un tipo que ha de morir, a la vista de todos y por culpa de todos, para que su historia sea digna de ser contada (por todos). En el caso que nos ocupa, la fascinación del mecanismo narrativo es evidente, a la luz del chaparrón mediático que por estas fechas nos empapa el ánimo con los infinitos carnavales que aún suscita el asunto. No pretendo ponerme antropológico, ni cítrico, que estoy convaleciente. De hecho, llevo dos días santos poniendo el termómetro y jugando a esto. Sólo una anécdota, y fin de la divagación. En aquella misma clase, el profesor de religión se dirige a S., uno de los alumnos más obtusos del grupo, y le pregunta:
-A ver, fulanito, ¿Quién escribió la Biblia?
S titubea, se azora, pero finalmente algún oscuro rincón del cerebro se le ilumina y entonces propone:
-Emm… ¿Miguel de Cervantes?

Ya lo sé, parece leyenda urbana, o chiste de Jaimito, y yo mismo ni siquiera estoy seguro de haberla vivido en realidad o bien de haberla oído contar por ahí; en todo caso, me la apropié hace ya mucho. Y sigue teniendo su parte de razón. No sería Cervantes, pero qué gran historia. Como define Harold Brunvand las leyendas urbanas, demasiado buena para ser cierta. Ambas.


No hay comentarios: