Póker de ases
Siempre me ha gustado leer las matrículas de los coches. De pequeño, cuando íbamos a la playa o salíamos de viaje, mi padre y yo solíamos jugar al juego de reconocer la provincia de origen de cada coche que nos cruzábamos en la carretera por las siglas de la matrícula: de modo que yo no dudaba en gritar “Gerona” ante la aparición de una GI, “Málaga” ante MA (no Madrid, como podría pensar algún incauto), y apenas dudaba ante los huesos más duros de roer (VI, que era Álava, CS, que era Castellón…). Incluso me conocía aquellas que nunca había logrado ver en el mundo real y de cuya existencia sólo tenía noticia gracias a mi padre, que las había estudiado, según él, para sacarse el carné (por ejemplo IB de Islas Baleares, CE de Ceuta, GC de Las Palmas de Gran Canaria…). Sí, lo reconozco: en aquella época yo respondía sin dificultad al prototipo de niño listillo que podría haber protagonizado un mágico cuarto de hora en algún programa televisivo de caza talentos, y de hecho a veces me imaginaba ante un atril dotado de pulsadores electrónicos y contadores de puntos respondiendo acertadamente que HU correspondía a Huesca y no a Huelva, o que la única S disponible en el universo matriculario no se correspondía con Sevilla, Salamanca, Soria o Segovia o ninguna otra provincia o ciudad que empezara por tal letra, sino que era el símbolo de (tachán…) Cantabria. Aplausos. Mil puntos más en el marcador. “¡Este niño es un genio!”.
Cuando hube dominado la lectura geográfica, mi padre me introdujo brevemente en la lectura matemática de las placas. Empezamos recopilando lo que él denominaba los “pókers” o matrículas de un solo número (por ejemplo O-5555-AB), los cuales, según una leyenda urbana que mi padre me transmitió a su vez con total seriedad ―hasta el punto de que a día de hoy aún ignoro si es cierto o falso―, al parecer eran reservados y comprados por la gente rica para figurar en coches especiales, como los que a veces se veían en las películas o series americanas. El póker más fabuloso, cuya existencia alcanzó para mí la estatura legendaria de un dragón o una hidra, era el fantasmal 0000, que mi padre afirmaba haber visto al menos dos veces en la misma localidad ―un pueblucho de Castilla, creo― en sus tiempos de viajante de ferretería. Luego pasamos a recolectar capicúas, combinaciones que se dejaban ver con mayor facilidad que los pókers, aunque nosotros coleccionábamos aquellos cuyos guarismos los dotaban de una elegancia especial, por ejemplo los de números exclusivamente pares o impares (4224, 5995), los muy distanciados (recuerdo bien un Fiat Ritmo que aparcaba en el barrio que lucía un hermosos 9119), los consecutivos (2332,3223…), etc.
Una derivación evidente de estas técnicas numéricas consistió en el reconocimiento de fragmentos de números de teléfono, ya que, de aquella ―parece que ha pasado una eternidad―, todo el mundo tenía en la cabeza varias decenas de combinaciones (números de amigos, familiares, etc.), en vez de confiarlos ―como ahora― a la titubeante memoria del teléfono móvil. La aparición del 3782, fragmento de nuestro propio número, solía hacernos especialmente felices: “¡casa!”, gritábamos al unísono. Y a seguir.
Con el tiempo abandonamos las matemáticas y retomamos las ciencias sociales por el lado ya no de la geografía, sino de la historia. Y, así, en medio de cualquier desplazamiento, mi padre podía gritar de pronto “¡1975!”, y entonces yo tenía que responder lo más rápidamente posible tres cuestiones de creciente dificultad: a), siglo al que correspondería tal cifra caso de tratarse de un año; b) cuántos años habían transcurrido desde entonces; y c), tercera y más ardua (ésta tenía premio especial), un suceso histórico que hubiera acontecido en dicho año:
―¡Siglo XX, once años, muerte del general Franco! ―respondía yo, por ejemplo, con el soniquete un niño cantor de loterías, y pensando e improvisando sobre la marcha (lo de Franco resultaba fácil porque 1975 era el año de nacimiento de mi hermano, y me habían hablado de esa coincidencia ―noviembre incluido― varias veces).
En mi fuero interno, siempre he relacionado como hechos perfectamente interconectados el fallecimiento de mi padre y la sustitución de las viejas matrículas con indicativo provincial por las actuales, en las que sólo consta una impersonal combinación de cuatro cifras y tres letras sin ninguna potencia evocadora. Leo en Internet, no sin cierta nostalgia, que el 17 de septiembre de 2000 se concedieron las últimas placas del antiguo sistema, en concreto la hermosa B-4819-XG y la eufónica M-6814-ZX; al día siguiente, 18 de septiembre, se inscribió la fantasmal 0000-BBB, primera de la nueva saga. Una semana más tarde mi padre fallecía de cáncer de pulmón. Por suerte o por desgracia, para entonces llevaba un mes ingresado en el hospital: no llegó a verlas. Pero desde entonces no he dejado de cavilar qué juegos habría inventado para mí, si yo siguiera siendo un crío, o para su nieto, si alguna vez hubiera tenido tal cosa. Y se me ocurre, por ejemplo, que habría desarrollado el juego de las palabras perdidas, ésas que hay que reconstruir a partir de las consonantes presentes en cada matrícula (pues las vocales, así como la CH, la LL, la Ñ y la Q por diversas razones, están proscritas del nuevo sistema). De modo que si uno se tropieza, por ejemplo, con 4536-DCG, debe formular decálogo, si ve 3228-FPD cabe sugerir felpudo, o si se topa 4971-HRS pues heridas, u horroroso. También se puede jugar a la inversa, ya puestos, y entonces un bonito epitafio para mi padre sería 2000-DPZ (por el año y Descanse en paz, obviamente).
En cierto modo, lo anterior explica que nunca me haya decidido a comprar coche. Tengo el carné, claro, y lo aprobé ―un año después de lo de mi padre― al volante de un Seat Ibiza 6700-BHM (Bohemio, casi barahúnda). Pero jamás me he sentido capaz de adquirir un vehículo con su correspondiente matrícula, acaso por una suerte de temor supersticioso a la fijación. Prefiero esperar autobuses, o llamar taxis, y así, cada vez que debo hacer un desplazamiento largo, disfruto de una nueva variación de ese curioso arte orquestado a medias por el azar y la DGT (¿degustación? ¿daguerrotipo?) cuya llegada entretengo, hasta entonces, en revisar la oferta dispar de los coches aparcados en la calle o los que pasan silenciosamente.
Y a veces, mientras espero en la parada de autobús o en el portal, cuando la luz titubeante de la mañana va rompiendo por detrás de los edificios en sombra, ruego para mis adentros que el destino me sea propicio al menos una sola vez en la vida, y traiga ante mí ―en forma de taxi, vehículo privado o autobús municipal― uno de esos fantasmales, legendarios pókers de ases que mi padre me dio su palabra de haber visto nada menos que dos veces, cuando trabajaba de comercial de ferretería y se pasaba el día en un vetusto Renault 9 de tres puertas cuya matrícula siempre ha condensado, para mí, el aroma de todo un tiempo, toda una época ya lejana en la que fui, simplemente, feliz.
Eso ruego: llegar a ver un legendario, fantasmal 0000. Y reír, entonces, de alegría. Sigo esperando.
Cierra la puerta
—Cierra la puerta, que hay corriente.
Aquella casa, abierta a norte y sur, era como un gran pasillo para el viento. Si se abría una ventana aquí, y otra allá, el aire cruzaba impune de un extremo a otro revolviéndolo todo a su paso, dejándonos acatarrados, despeinando nuestras cabezas.
—Cierra la puerta, que hay corriente.
Mi padre siempre andaba detrás de mí con aquel ruego. Yo abría mucho mi ventana, por el calor o el humo. Mi madre, en la otra punta de la casa, abría la de la cocina por culpa del olor del pescado al freírse, o para secar mejor la ropa húmeda. Y a mi padre lo cazábamos siempre en medio, desprevenido. Era entonces cuando se asomaba a mi cuarto, donde yo estudiaba, leía o sólo fumaba, y me soltaba aquello de:
—Cierra la puerta, que hay…
Nunca lo hacía él, es curioso. Sólo daba el aviso, luego desaparecía por el pasillo otra vez y yo tenía que levantarme, dejar de hacer lo que fuera y cerrar la puerta por la que él acababa de aparecer; siempre me fastidiaba mucho.
Ahora el sonido de esa frase es uno de los pocos recuerdos sólidos que me quedan de mi padre; ni una sola frase memorable, una sentencia célebre, una máxima sabia, una aserción filosófica, que era lo que yo buscaba por aquel entonces entre tanto libro y tanto cigarrillo. Sólo aquel
—Cierra la puerta, que hay corriente.
Y me parece hermoso recordarle así, asomándose de repente al quicio de mi vida —siempre un poco hosco, gruñón, o cascarrabias— con aquel mandato cotidiano, al que nunca hice mucho caso (a veces prefería quedarme sentado, leyendo o pensando, y olvidaba pronto el aviso). Sólo me amarga ligeramente el hecho, comprobado, de que se muriera de neumonía.
Siempre me ha gustado leer las matrículas de los coches. De pequeño, cuando íbamos a la playa o salíamos de viaje, mi padre y yo solíamos jugar al juego de reconocer la provincia de origen de cada coche que nos cruzábamos en la carretera por las siglas de la matrícula: de modo que yo no dudaba en gritar “Gerona” ante la aparición de una GI, “Málaga” ante MA (no Madrid, como podría pensar algún incauto), y apenas dudaba ante los huesos más duros de roer (VI, que era Álava, CS, que era Castellón…). Incluso me conocía aquellas que nunca había logrado ver en el mundo real y de cuya existencia sólo tenía noticia gracias a mi padre, que las había estudiado, según él, para sacarse el carné (por ejemplo IB de Islas Baleares, CE de Ceuta, GC de Las Palmas de Gran Canaria…). Sí, lo reconozco: en aquella época yo respondía sin dificultad al prototipo de niño listillo que podría haber protagonizado un mágico cuarto de hora en algún programa televisivo de caza talentos, y de hecho a veces me imaginaba ante un atril dotado de pulsadores electrónicos y contadores de puntos respondiendo acertadamente que HU correspondía a Huesca y no a Huelva, o que la única S disponible en el universo matriculario no se correspondía con Sevilla, Salamanca, Soria o Segovia o ninguna otra provincia o ciudad que empezara por tal letra, sino que era el símbolo de (tachán…) Cantabria. Aplausos. Mil puntos más en el marcador. “¡Este niño es un genio!”.
Cuando hube dominado la lectura geográfica, mi padre me introdujo brevemente en la lectura matemática de las placas. Empezamos recopilando lo que él denominaba los “pókers” o matrículas de un solo número (por ejemplo O-5555-AB), los cuales, según una leyenda urbana que mi padre me transmitió a su vez con total seriedad ―hasta el punto de que a día de hoy aún ignoro si es cierto o falso―, al parecer eran reservados y comprados por la gente rica para figurar en coches especiales, como los que a veces se veían en las películas o series americanas. El póker más fabuloso, cuya existencia alcanzó para mí la estatura legendaria de un dragón o una hidra, era el fantasmal 0000, que mi padre afirmaba haber visto al menos dos veces en la misma localidad ―un pueblucho de Castilla, creo― en sus tiempos de viajante de ferretería. Luego pasamos a recolectar capicúas, combinaciones que se dejaban ver con mayor facilidad que los pókers, aunque nosotros coleccionábamos aquellos cuyos guarismos los dotaban de una elegancia especial, por ejemplo los de números exclusivamente pares o impares (4224, 5995), los muy distanciados (recuerdo bien un Fiat Ritmo que aparcaba en el barrio que lucía un hermosos 9119), los consecutivos (2332,3223…), etc.
Una derivación evidente de estas técnicas numéricas consistió en el reconocimiento de fragmentos de números de teléfono, ya que, de aquella ―parece que ha pasado una eternidad―, todo el mundo tenía en la cabeza varias decenas de combinaciones (números de amigos, familiares, etc.), en vez de confiarlos ―como ahora― a la titubeante memoria del teléfono móvil. La aparición del 3782, fragmento de nuestro propio número, solía hacernos especialmente felices: “¡casa!”, gritábamos al unísono. Y a seguir.
Con el tiempo abandonamos las matemáticas y retomamos las ciencias sociales por el lado ya no de la geografía, sino de la historia. Y, así, en medio de cualquier desplazamiento, mi padre podía gritar de pronto “¡1975!”, y entonces yo tenía que responder lo más rápidamente posible tres cuestiones de creciente dificultad: a), siglo al que correspondería tal cifra caso de tratarse de un año; b) cuántos años habían transcurrido desde entonces; y c), tercera y más ardua (ésta tenía premio especial), un suceso histórico que hubiera acontecido en dicho año:
―¡Siglo XX, once años, muerte del general Franco! ―respondía yo, por ejemplo, con el soniquete un niño cantor de loterías, y pensando e improvisando sobre la marcha (lo de Franco resultaba fácil porque 1975 era el año de nacimiento de mi hermano, y me habían hablado de esa coincidencia ―noviembre incluido― varias veces).
En mi fuero interno, siempre he relacionado como hechos perfectamente interconectados el fallecimiento de mi padre y la sustitución de las viejas matrículas con indicativo provincial por las actuales, en las que sólo consta una impersonal combinación de cuatro cifras y tres letras sin ninguna potencia evocadora. Leo en Internet, no sin cierta nostalgia, que el 17 de septiembre de 2000 se concedieron las últimas placas del antiguo sistema, en concreto la hermosa B-4819-XG y la eufónica M-6814-ZX; al día siguiente, 18 de septiembre, se inscribió la fantasmal 0000-BBB, primera de la nueva saga. Una semana más tarde mi padre fallecía de cáncer de pulmón. Por suerte o por desgracia, para entonces llevaba un mes ingresado en el hospital: no llegó a verlas. Pero desde entonces no he dejado de cavilar qué juegos habría inventado para mí, si yo siguiera siendo un crío, o para su nieto, si alguna vez hubiera tenido tal cosa. Y se me ocurre, por ejemplo, que habría desarrollado el juego de las palabras perdidas, ésas que hay que reconstruir a partir de las consonantes presentes en cada matrícula (pues las vocales, así como la CH, la LL, la Ñ y la Q por diversas razones, están proscritas del nuevo sistema). De modo que si uno se tropieza, por ejemplo, con 4536-DCG, debe formular decálogo, si ve 3228-FPD cabe sugerir felpudo, o si se topa 4971-HRS pues heridas, u horroroso. También se puede jugar a la inversa, ya puestos, y entonces un bonito epitafio para mi padre sería 2000-DPZ (por el año y Descanse en paz, obviamente).
En cierto modo, lo anterior explica que nunca me haya decidido a comprar coche. Tengo el carné, claro, y lo aprobé ―un año después de lo de mi padre― al volante de un Seat Ibiza 6700-BHM (Bohemio, casi barahúnda). Pero jamás me he sentido capaz de adquirir un vehículo con su correspondiente matrícula, acaso por una suerte de temor supersticioso a la fijación. Prefiero esperar autobuses, o llamar taxis, y así, cada vez que debo hacer un desplazamiento largo, disfruto de una nueva variación de ese curioso arte orquestado a medias por el azar y la DGT (¿degustación? ¿daguerrotipo?) cuya llegada entretengo, hasta entonces, en revisar la oferta dispar de los coches aparcados en la calle o los que pasan silenciosamente.
Y a veces, mientras espero en la parada de autobús o en el portal, cuando la luz titubeante de la mañana va rompiendo por detrás de los edificios en sombra, ruego para mis adentros que el destino me sea propicio al menos una sola vez en la vida, y traiga ante mí ―en forma de taxi, vehículo privado o autobús municipal― uno de esos fantasmales, legendarios pókers de ases que mi padre me dio su palabra de haber visto nada menos que dos veces, cuando trabajaba de comercial de ferretería y se pasaba el día en un vetusto Renault 9 de tres puertas cuya matrícula siempre ha condensado, para mí, el aroma de todo un tiempo, toda una época ya lejana en la que fui, simplemente, feliz.
Eso ruego: llegar a ver un legendario, fantasmal 0000. Y reír, entonces, de alegría. Sigo esperando.
Cierra la puerta
—Cierra la puerta, que hay corriente.
Aquella casa, abierta a norte y sur, era como un gran pasillo para el viento. Si se abría una ventana aquí, y otra allá, el aire cruzaba impune de un extremo a otro revolviéndolo todo a su paso, dejándonos acatarrados, despeinando nuestras cabezas.
—Cierra la puerta, que hay corriente.
Mi padre siempre andaba detrás de mí con aquel ruego. Yo abría mucho mi ventana, por el calor o el humo. Mi madre, en la otra punta de la casa, abría la de la cocina por culpa del olor del pescado al freírse, o para secar mejor la ropa húmeda. Y a mi padre lo cazábamos siempre en medio, desprevenido. Era entonces cuando se asomaba a mi cuarto, donde yo estudiaba, leía o sólo fumaba, y me soltaba aquello de:
—Cierra la puerta, que hay…
Nunca lo hacía él, es curioso. Sólo daba el aviso, luego desaparecía por el pasillo otra vez y yo tenía que levantarme, dejar de hacer lo que fuera y cerrar la puerta por la que él acababa de aparecer; siempre me fastidiaba mucho.
Ahora el sonido de esa frase es uno de los pocos recuerdos sólidos que me quedan de mi padre; ni una sola frase memorable, una sentencia célebre, una máxima sabia, una aserción filosófica, que era lo que yo buscaba por aquel entonces entre tanto libro y tanto cigarrillo. Sólo aquel
—Cierra la puerta, que hay corriente.
Y me parece hermoso recordarle así, asomándose de repente al quicio de mi vida —siempre un poco hosco, gruñón, o cascarrabias— con aquel mandato cotidiano, al que nunca hice mucho caso (a veces prefería quedarme sentado, leyendo o pensando, y olvidaba pronto el aviso). Sólo me amarga ligeramente el hecho, comprobado, de que se muriera de neumonía.
3 comentarios:
Un hermosísimo homenaje.
Un abrazo.
no se porque´pero yo me fijo sobre todo en las matrículas en las que se repiten 3 números pero intercalados por algún otro intruso tipo: 4424 ó 8688
Gracias, Jefe, me alegro que te preste por lo que te toca...
Eva, confieso que, en realidad, nunca les he prestado demasiada atención a las matrículas!
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