O me estoy volviendo un cascarrabias precoz (que todo puede ser), o he perdido definitivamente todo resto y rastro de sentido estético-crítico (algo que siempre temí y sospeché), o bien me he convertido sin saberlo en uno de esos deleznables personajillos a los que nublan el juicio, a partes iguales, la envidia exógena y la frustración autógena… o la novela llamada a renovar el canon de la narrativa vasca, la novela hábil, profunda y universal de la que hablan las guardas, la novela que ha acaparado últimamente diversos premios nacionales, esa novela de cuyo nombre bla bla bla (hoy vamos a jugar los acertijos) contiene páginas de una puerilidad insoportable, en la medida en que atenta tanto al sentido común como al sentido del pudor. Me ahorraré juicios sobre su sintaxis de telegrama, o su sintágmática llena de expresiones indigestas (“cada pérdida es un anillo oscuro en nuestro interior”; “mi voz interior me revelaba que ese cuadro era importante”; “en más de una ocasión me he preguntado que habría hecho yo en la situación de…no sabría decirlo, para ello hay que haber vivido ese mismo momento”; “unos ojos […] como si soportaran el peso del mundo”, etc.). Tampoco seré yo quien arremeta contra la poética de lo íntimo, la memoria privada, la belleza –diría un compatriota suyo- de la intrahistoria. Arremeto contra el hecho de que un texto, por muy conmovedor que se pretenda, trate a su lector de idiota. Y eso es, de hecho, lo que siento leyendo supuestas reflexiones metanarrativas tan sonrojantes como irritantes cuya cita me ahorro.
Protestaba el otro día Miguel Barrero contra el papanatismo implícito en el hecho de que en este país se editen y se lean muchos más libros traducidos y extranjeros que autóctonos, y no le quitaré razón, que la tiene. Repasando de memoria los libros comprados y leídos (acciones que no siempre se implican) este trimestre, tengo que darle la razón. Pero no sé si convendrá conmigo en que, a veces, a poco que uno hurgue en los supuestos hits de la narrativa peninsular contemporánea, se puede quedar con un buen palmo de narices.
Así, por mencionar alguno de estos últimos tropezones, citaré una novela pangeica llamada a renovar los límites convencionales del texto narrativo; citaré la segunda entrega de una trilogía pospoética (ya conclusa, llego tarde) llamada a poner patas arriba, aunque aún ignoro por qué, el futuro del género (y conste que, de tantos prejuicios como tenía al respecto, me ha gustado bastante más de lo esperado…); ya he citado este otro hallazgo llamado a revolucionar la técnica metanarrativa (por cierto, ahora que lo pienso, una está escrita en euskera y las otras dos en el dialecto de la pos-posmodernidad: vaya, las tres me quedan tan lejos como la narrativa nórdica de misterio). Añado a última hora una monosilábica ópera prima tan absorbente e inquietante en su trama como, al tiempo, poco convincente en la construcción de diálogos y personajes, y empiezo a pensar si, después de todo, su sorprendente o alegórico final no será, sencillamente, un final tramposo. El libro nacional que más me ha gustado últimamente es, de hecho, una recopilación de cuentos de un tipo de más de sesenta años, así que está claro: me he quedado atrapado, como lector al menos, en una episteme pasada de moda. (No quiero ni pensar entonces en lo que escribo; decimonónico sería un piropo, a estas alturas.)
Obviamente, hay mucha más tela que cortar de la que cito, mis argumentos en este sentido se caen por su propio peso. Y también ha habido bodrios considerables en el apartado “grandes autores extranjeros”: la última nouvelle -primera que leo, de nuevo última- de una enfant terrible belga no merece ni reseña; las penúltimas de uno de los más grandes y más queridos tampoco había por dónde cogerlas. En fin: no pretendo sentar cátedra, sólo dejar constancia de mi anecdótica perplejidad. Pero de veras que, a veces, uno ya no entiende el mundo en el que vive. Y eso da miedo. O eso o me estoy volviendo un cascarrabias insoportable, claro.
Protestaba el otro día Miguel Barrero contra el papanatismo implícito en el hecho de que en este país se editen y se lean muchos más libros traducidos y extranjeros que autóctonos, y no le quitaré razón, que la tiene. Repasando de memoria los libros comprados y leídos (acciones que no siempre se implican) este trimestre, tengo que darle la razón. Pero no sé si convendrá conmigo en que, a veces, a poco que uno hurgue en los supuestos hits de la narrativa peninsular contemporánea, se puede quedar con un buen palmo de narices.
Así, por mencionar alguno de estos últimos tropezones, citaré una novela pangeica llamada a renovar los límites convencionales del texto narrativo; citaré la segunda entrega de una trilogía pospoética (ya conclusa, llego tarde) llamada a poner patas arriba, aunque aún ignoro por qué, el futuro del género (y conste que, de tantos prejuicios como tenía al respecto, me ha gustado bastante más de lo esperado…); ya he citado este otro hallazgo llamado a revolucionar la técnica metanarrativa (por cierto, ahora que lo pienso, una está escrita en euskera y las otras dos en el dialecto de la pos-posmodernidad: vaya, las tres me quedan tan lejos como la narrativa nórdica de misterio). Añado a última hora una monosilábica ópera prima tan absorbente e inquietante en su trama como, al tiempo, poco convincente en la construcción de diálogos y personajes, y empiezo a pensar si, después de todo, su sorprendente o alegórico final no será, sencillamente, un final tramposo. El libro nacional que más me ha gustado últimamente es, de hecho, una recopilación de cuentos de un tipo de más de sesenta años, así que está claro: me he quedado atrapado, como lector al menos, en una episteme pasada de moda. (No quiero ni pensar entonces en lo que escribo; decimonónico sería un piropo, a estas alturas.)
Obviamente, hay mucha más tela que cortar de la que cito, mis argumentos en este sentido se caen por su propio peso. Y también ha habido bodrios considerables en el apartado “grandes autores extranjeros”: la última nouvelle -primera que leo, de nuevo última- de una enfant terrible belga no merece ni reseña; las penúltimas de uno de los más grandes y más queridos tampoco había por dónde cogerlas. En fin: no pretendo sentar cátedra, sólo dejar constancia de mi anecdótica perplejidad. Pero de veras que, a veces, uno ya no entiende el mundo en el que vive. Y eso da miedo. O eso o me estoy volviendo un cascarrabias insoportable, claro.
(Disculpen las molestias: será este puñetero fin de curso, que más parece una reedición cutre del otoño que otra cosa.)
2 comentarios:
Sí, claro, Ismael. Evidentemente, la calidad no tiene nada que ver con la procedencia de los autores. A lo que me refiero es a que lo normal es que se preste más atención (o, cuando menos, una atención más inmediata) a aquello que viene de fuera que a lo que tenemos dentro, independientemente de que esto al final resulte bueno o no. Francamente, he leído presuntos "descubrimientos" que venían del otro lado del Atlántico o del mismo continente europeo que me resultaron mucho menos interesantes que otros debutantes que vivían por aquí cerca y a los que la prensa apenas reseñó. Todo el mundo está a la última de lo que hacen Matthew Pearl o Franzen, que bien está, pero... ¿cuántos se han leído lo último de Diego Doncel o de Milo J. Krmpotic?
En cuanto a tu artículo sobre "Alba Cromm", que acabo de leer, me ha parecido espléndido. No he leído la novela, pero creo que estaría de acuerdo contigo en bastantes cosas.
Al final el problema mayor posiblemente reside en algo que apuntas: el flagrante desequilibrio que se da por lo general entre lo anunciado como "descubrimiento" (venga de donde venga) y lo apenas reseñado; de ahí surgen, al menos, los chascos que yo reseñaba...
Me alegra lo de "Alba k". Cuando vaya a salir, has de avisarme para publicar aquí las escenas adicionales, que no era farol.
Publicar un comentario