24 jul 2010

Teoría y práctica del internexto: escenas adicionales


NOTA. Publico aquí algunos párrafos expurgados o escenas adicionales del artículo “Teoría y práctica del internexto (a propósito de Vicente Luis Mora, Alba Cromm)”, aparecido en el último número de El Súmmum. Quien llegue a esto sin pasar por allí no entenderá muy bien de qué va la cosa. Digamos que acato ahora una promesa del último párrafo de ese artículo, en el cual, burla burlando, postulo que un texto (o internexto) teóricamente abierto más allá de sus límites convencionales exige, en consecuencia, una crítica igualmente capaz de romper las barreras tradicionales de formato, tono, y modo discursivo; y a ello me dispongo. (Seguro que siguen sin saber de qué va la cosa…)

Teoría y práctica del internexto: escenas adicionales.

Título alternativo.


Lost in Pangea. Notas precipitadas sobre el internexto.


Escenas # 1-2, un comienzo descartado.


Algo terrible sacude las conciencias cuando, sin previo aviso, y a medio camino de Damasco, tropezamos repentinamente y –con perdón- nos caemos de la burra. En mi caso, la piedra en el camino se llama Vicente Luis Mora, poeta, investigador literario, crítico y novelista que desde diversas publicaciones “tradicionales” –ahora explico las comillas- y su pujante blog “diario de lecturas”, entre otros foros, ha seguido en los últimos años una línea de pensamiento que, desde la precipitación del recién llegado –tal es mi papel, confeso desde ya-, posee visos de honda y ruda cicatriz, por cuanto su intención explícita no parece otra que separar de uno y otro lado dos concepciones de la tarea narrativa que, para entendernos, tildaré de “tradicional”, por el lado de los de aquí, y “nueva novela” por el lado de los de allá.


Con la adopción de tales términos (novela tradicional vs nueva novela), hecho de mi exclusiva responsabilidad, es obvio que estoy tratando de reinsertar el debate teórico y práctico del que Mora sería la punta de lanza en un esquema clásico de confrontamiento estético. La maniobra es, por mi parte, menos irónica que ansiolítica: visto así, queda el consuelo de considerar el advenimiento de Pangea o del internexto como un nuevo episodio o incluso un spin-off -por decirlo en términos acaso más pertinentes- del fascinante relato serial que ha protagonizado el género narrativo en, pongamos, los últimos cien años. Últimos cien años en que, como el bueno de Locke (me refiero al Locke de Lost, por supuesto), de temporada en temporada hemos visto a la novela morir una y otra vez para resucitar poco después en forma de sucesivos avatares ora vanguardistas, ora neorrealistas, ora existencialistas, ora objetivistas, ora posmodernistas, ora bestselleristas… y estoy hablando de memoria. Me anticipo al último párrafo: la vocación de todo relato serial, Lost incluida, es perseverar ad infinitum/ad nauseam mediante el agotamiento de toda combinatoria (excursos posibles: Borges y “El jardín de senderos que se bifurcan”; González Requena y la “lógica cancerígena” del culebrón, en El discurso televisivo). Desde este punto de vista, el spin-off no es mera maniobra comercial: es definición ontológica, imperativo categórico. Bienvenida, pues, esta nueva temporada de la historia de la novela.


Escena # 3, traducción libre de unos párrafos de Vicente Luis Mora.

En mi traducción libre, el internexto es la escritura de la era digital, una escritura cuyo escenario es la pantalla del ordenador, su lógica la de la multitarea, su esqueleto el hipertexto (o el texto en 3D, por seguir poniéndonos al día), su gramática el html… una escritura cuya superficie acrisola imagen y palabra, tipografía e infografía, en suma, texto e internet.


Escena # 4, un desafortunado juego de palabras.


La ponencia de Vicente Luis Mora concluye con un análisis in corpore vili (Eco, Los límites de la interpretación) en el cual el autor analiza su propia novela, Alba Cromm, desde tales presupuestos teóricos. Más allá de la fascinante frialdad que semejante gesto exige, no hay nada que objetar al hecho de que el crítico incorpore en su corpus su propio cuerpo (¿del delito?).


Escena # 5, desarrollo onírico-ficcional de breve angustia epistemológica.


Lo más duro de la lectura del ensayo de Vicente Luis Mora [La luz nueva] es que uno acaba interrogándose si no adolecerá de ese terrible mal que el crítico detecta, certifica y despacha de un severo plumazo: la episteme decimonónica. Veámoslo en clave de sueño:


Sueño que visito a Vicente Luis Mora, a la sazón vestido de bata blanca, sentado tras un escritorio blanco, y con un curioso estetoscopio colgándole del cuello. Le tiendo con gesto humilde mi manuscrito: él lo toma con ademán rutinario, lo deja sobre la mesa, le aplica el instrumental pertinente y, tras una brevísima pausa, suspira y se echa atrás en la silla. Yo, incapaz de contener el pánico, pregunto:
-¿Es grave, doctor?
Él me mira de reojo. Luego proclama:
-Mucho. Su obra sufre de epistemes decimonónicas.
La imagen de unas supurantes pústulas epistemológicas horadando el sistema nervioso de mi manuscrito me sacude como una bofetada. Casi siento el dolor de cada página, pero al menos ahora –me digo, tras semanas de inquietud- entiendo los retortijones y estertores que advertí durante su escritura y primeras y segundas correcciones. Así que era eso.
-Dios mío –susurro, sin caer en la cuenta de esta sintomática invocación pre-postmodernista-. ¿Y qué puedo hacer? –mi mirada es suplicante. Me doy cuenta de que, a un lado del escritorio, aguarda un talonario de recetas, y por un momento vislumbro cierta esperanza farmacológica: un severo tratamiento a base de inhibidores, una quimioterapia completa, un revolucionario método contra la esclerosis narrativa.
-Lo siento –responde él, con educada distancia crítica-. Es un mal congénito. Y crónico.
-Lo comprendo. Ya me lo temía: la cosa tenía muy mala pinta.
-Muy mal aspecto, sí.
Salgo de la consulta con la cerviz doblada por un invisible peso existencial. De todos modos, por debajo del desconsuelo advierto cómo una tibia sensación de gratitud me invade el ánimo. “Es un buen doctor”, me digo. “Ha hecho bien su trabajo”.


Escena # 6, tentativa de microrrelato superficialmente internextual.

Aprovechando un momento de distracción, empecé a sobrevolar lentamente las carpetas, los iconos de acceso directo y algunos documentos sueltos en dirección a la otra punta del escritorio. Él se había girado en busca de algo, hasta casi desaparecer del encuadre, y por tanto no se percató de mi iniciativa. Un segundo después llegué a mi destino, justo encima de la barra de inicio: la papelera de reciclaje.
Con un vistazo de reojo (es un decir, claro), comprobé que seguía distraído, y sin perder más tiempo me posé sobre el icono e hice doble click. La ventana tardó un rato en desplegarse, se ve que la RAM anda un poco achacosa últimamente. Y no me extraña. Cuando al fin concluyó la molesta operación (me molesta, sí, convertirme en un circulito que da vueltas sobre sí mismo a cada compás de espera), me encontré ante un vasto y ruinoso panorama: montañas de megas apilados de cualquier manera, archivos de todos los tamaños y extensiones imaginables, incluso dos o tres virus maniatados que me contemplaban con mal disimulada rabia. “¿cómo voy a dar con lo que busco?”, me pregunté, agobiado. Me eché un poco a un lado, para tener mejor perspectiva de aquel laberinto (de aquel laberíntico vertedero, para ser exactos), y entonces descubrí un asomo de orden que articulaba, como la figura de una alfombra, el confuso tejido de residuos… sí, por fortuna el viejo orden alfabético aún imperaba en aquella región desolada del disco duro.
Me zambullí, entonces, en la exploración, sospechando que se me agotaba el tiempo, y no tardé en dar con una larga hilera de jpgs etiquetados con aquel nombre que tantas carpetas había presidido en su día. Allí estaba ella… Cuánto me hubiera gustado aterrizar en cualquiera de esos archivos y volver a ver su rostro. Sólo entonces me di cuenta de cómo la echaba de menos. Pero no había tiempo que perder. Dejándolos atrás, hurgué entre los infinitos puntodoc sin aclararme. Entonces tuve una idea: trazando una veloz diagonal, alcancé la barra superior y cambié el modo de vista a “detalle”: quizá las fechas de creación de los archivos me permitieran orientarme, pensé. Y así fue: en una esquina, intercalado inocentemente entre varias cartas comerciales, descubrí al fin la larga confesión en cuya redacción habíamos empleado buena parte de la madrugada anterior, cuando él se sentó bruscamente ante la pantalla –parecía un poco ebrio, la verdad-, y de un manotazo me puso a trabajar.
Sólo él y yo conocíamos el contenido de aquel extenso documento que luego, en un arrebato de despecho o cobardía, decidió eliminar del directorio donde lo había almacenado. Estaba y estoy habituado a sus debilidades, a sus cambios de humor. Pero esto sí que no podía consentirlo: sólo tenía que restaurar el texto, abrir el correo electrónico y enviárselo. Ella sabría entonces qué hacer, ella sabría ayudarlo. A veces, cuando uno descubre qué misión le ha tocado en la vida, no puede contener una sonrisa de gratitud.
En esas estaba cuando, de pronto, una fuerza implacable me arrancó de allí y me arrastró violentamente hacia el aspa situado en la esquina superior derecha; “oh, no”, me dije, pero la cosa aún se agravó: a medio camino el impulso rectificó, cambió de dirección y, con un enérgico clic, me obligó a presionar ese funesto comando, “vaciar la papelera de reciclaje”.
Todo se esfumó en un segundo. La RAM, por lo general caprichosa y renqueante, actuó esta vez con insoportable diligencia. A duras penas contuve una lágrima ante la imagen de aquella vasta y ruinosa región que acababa de ser barrida de un plumazo de la faz del disco duro.
Cuando me quise dar cuenta, estábamos buscando porno en Google, y supe que todo había terminado sin que yo pudiera hacer nada más al respecto. Es lo que tiene ser una simple flecha. Perra vida…



2 comentarios:

Tiffany dijo...

He leido tu artículo en Summun: solo recomendarte que no gastes mucha tinta. El tal V.L. Mora pensó que se iban a colapsar las librerias con su novela en Seix-barral y más bien ha sido al contrario. Aburre.
Me comenta un colega que estuvo participando en un proceso de selección para el Instituto Cervantes en Albuquerque, New Mexico, y que el tal Mora coló por delante a una rubia explosiva americana que habia sacado un cinco en la prueba de español. Eso sí, estaba muy buena. Una rubia que no sabe español para un puesto de promoción de la lengua y cultura española. Bravo. Y este Mora es el que va de digno doncel cargando contra la crítica, porque le han puesto fino en unos cuantos sitios (ABCD letras, etc). eso sí, ganando un pastón en un puesto nombrado a dedo por la Cafarel por no hacer ni el huevo o estar todo el día en internet. Ya te digo..Yo voto porque, para empezar, se busque un curro y se pague su conexión a la pantpágina o a la gilipollez galáctica que se le ocurra a este pobrecito. Y no que el internet se lo paguemos todos los españolitos. Pero me temo que el Mora es carne de cañon. Puro narcisismo. Mora ama a Mora sobre todas las cosas.

Ismael Piñera Tarque dijo...

Hola, Tiffany, y gracias por tu aportación, a la que respondo algo tarde (cosas de las vacaciones).

Reconozco que si gasté tinta y tiempo con este asunto fue porque en verdad me interesaba profundizar en supuestas "nuevas" tendencias narrativas de las que,hasta entonces, tenía nociones muy incompletas y fragmentarias. Como conté en El Súmmum, no salí muy bien parado de la expedición: sólo encontré ambiciosos presupuestos teóricos (nada que objetar) que para nada se veían refrendados por la práctica artística (mucho que objetar). Una decepción.


En cuanto a la anécdota que refieres, recuerdo haberla leído ya en el blog de José Luis Piquero, en el cual una entrada suya a propósito de Mora dio para una larga y sabrosa cadena de comentarios, réplicas y valoraciones del personaje y su obra.

Personalmente me vas a disculpar que no le dé más vueltas porque el chisme (en general y en particular) me interesa bien poco. Manías mías. Me limito exclusivamente, y lo prefiero, al asunto literario, y allá cada cual con su vida.


Un saludo.