5 oct 2010

Dentellada, part II

Bueno, estamos en racha. Y no de suerte, precisamente.
Vaya, que las dentelladas se suceden. A mí no me alcanzan, de momento (madera), pero sí a gente que quiero. Ch., por quien ya andaba yo preocupado desde hacía tiempo (el suyo es un sector más que difícil, en estos tiempos), me confirma por teléfono que se va al paro. Suena animoso, seguro de sí, como siempre. Pero siempre le ha gustado disfrazar debilidades. A mí hubo un tiempo, quiero pensar, en que le costaba engañarme. Ojalá no lo haya logrado esta vez, y esa serenidad sea cierta. Tiene planes, tampoco de los fáciles. Se merece suerte, pero la gran dama blanca anda esquiva últimamente. A ver si se tropiezan.
Y luego, J. va y nos suelta una bomba hoy, al mediodía, de esas que dejan al interlocutor más avispado en flagrante fuera de juego. Qué decir, qué retoño de consuelo o esperanza se puede sacar uno de la manga en tales circunstancias. Se intenta, se hace lo que se puede. Cuando a lo mejor lo mejor hubiera sido callarse y dar el abrazo de compadre que el pudor ("¡insensatos!", diría Castel) me hurtó.
Mientras tanto, leo libros que parecen escritos en otro planeta, y para gente de otro planeta. Oigo hablar de los piquetes de la huelga como las abuelas del hombre del saco y, en cambio, ni un telediario honra el sufrimiento de los trabajadores "presionados" -toma eufemismo- para acudir sin rechistar al tajo (si hiciera estadística de los casos que conozco en mi pequeño universo socio-familiar, tela). Afuera llueve.
Y sigo siendo feliz.

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