Esta tarde a los Marienbad nos espera un triste cometido. Dentro de un rato nos veremos a la hora habitual pero no para ensayar, sino para desmontar el local, recoger lo que podamos, guardarlo donde sea hasta nueva orden. Todavía no sé cómo influirá esto en el futuro inmediato de la banda (justo ahora que lo habíamos acondicionado como un mini estudio casero en el que pensábamos grabar nuestro tercer disco), pero, a decir verdad, eso es lo de menos ahora.
Lo de más es que el empresario que alquiló esa nave industrial y nos hizo un hueco en ella para ensayar no puede seguir pagándola porque su negocio está al borde del precipicio. La crisis, ese monstruo abstracto que lleva dos años extenuando el imaginario colectivo y la realidad cotidiana de tantos, ha decidido echarle el diente al fin. Por eso, lo que le pase a Marienbad es lo de menos. Lo de más es que un tipo tan currante, esforzado y optimista como él, tenga que ver ahora cómo se desmorona un proyecto en el que ha invertido infinitas horas y, supongo –es tan caballeroso que nunca nos hace partícipe de sus vicisitudes laborales- no pocas dosis de ilusión y preocupación. Por no entrar en prosaísmos tales como créditos, nóminas, rentas.
Del estado de shock en que me dejó su llamada del otro día pasé a algo parecido a la rabia. Hoy es frustración, y un agudo sentimiento de injusticia, lo que me embarga. Porque si nadie se merece chascos así, él mucho menos. Siempre admiré la valentía con la que decidió ponerse en marcha. He admirado, todos estos años, su tesón, su resistencia (va para ¿una década? sin horarios ni calendarios), su amable conformismo. “Es lo que hay”, parecía decir con su característica manera de encoger los hombros cuando yo le preguntaba. Y a seguir.
Saldrá adelante, obviamente. En nadie confiaría más para reinventarse a sí mismo. Pero me jode que esté pasando este trago. Porque lo quiero, claro, por qué si no. Y porque se merece que lo quieran.
Ánimo.
Lo de más es que el empresario que alquiló esa nave industrial y nos hizo un hueco en ella para ensayar no puede seguir pagándola porque su negocio está al borde del precipicio. La crisis, ese monstruo abstracto que lleva dos años extenuando el imaginario colectivo y la realidad cotidiana de tantos, ha decidido echarle el diente al fin. Por eso, lo que le pase a Marienbad es lo de menos. Lo de más es que un tipo tan currante, esforzado y optimista como él, tenga que ver ahora cómo se desmorona un proyecto en el que ha invertido infinitas horas y, supongo –es tan caballeroso que nunca nos hace partícipe de sus vicisitudes laborales- no pocas dosis de ilusión y preocupación. Por no entrar en prosaísmos tales como créditos, nóminas, rentas.
Del estado de shock en que me dejó su llamada del otro día pasé a algo parecido a la rabia. Hoy es frustración, y un agudo sentimiento de injusticia, lo que me embarga. Porque si nadie se merece chascos así, él mucho menos. Siempre admiré la valentía con la que decidió ponerse en marcha. He admirado, todos estos años, su tesón, su resistencia (va para ¿una década? sin horarios ni calendarios), su amable conformismo. “Es lo que hay”, parecía decir con su característica manera de encoger los hombros cuando yo le preguntaba. Y a seguir.
Saldrá adelante, obviamente. En nadie confiaría más para reinventarse a sí mismo. Pero me jode que esté pasando este trago. Porque lo quiero, claro, por qué si no. Y porque se merece que lo quieran.
Ánimo.
1 comentario:
ánimo y a seguir adelante.
Publicar un comentario